Cuentos. (La limpia historia de Seagull). 5

SEAGULL ATRAPADO POR EL AMOR

NO LUCHA POR VERSE LIBRE.

– ¿Qué desconocida ternura -meditó Seagull- se hallaba oculta, como invisible y fértil semilla, dentro de mi alma?.

Porque le parecía a Seagull que aquello que estallaba en su corazón no era sino el inconfundible amor, que, hasta entonces había residido en la tibia morada de la espera.

Sin dudarlo, Seagull voló junto a la reciente compañera. “Sin duda, -pensaba- ella me espera, puesto que así lo confirma su estancia circular”.

En efecto, el vuelo de ella resultaba paralelo y estable, como lo es el rito de iniciación.

Observó Seagull al aproximarse cómo aumentaba su alegría. La compañera que le deparaba el destino era hermosísima (así le parecía a Seagull), y dotada del especial encanto de la sencillez. Los naturales adornos de su cuerpo y la sutil expresión de las húmedas pupilas prendaron aún más a Seagull. Sin embargo, quedó suspenso una fracción de segundo:

– ¿Cómo me dirigiré a ella, cuando la distancia entre ambos se haya borrado?. ¿Qué debo hacer y qué palabras emplearé, de modo que mi corazón traduzca su sentimiento?.

No halló respuesta Seagull antes de que finalizase el corto espacio que les separaba. Notaba Seagull paralizados los músculos y aletargado su ingenio. Y no llegaba a explicarse este fenómeno, que comenzó a malhumorarle.

– La naturaleza se contradice. Concede agilidad en los tiempos libres y atenaza la fortaleza en presencia del peligro. Lo mismo me sucede ahora a mí, cuando necesito, al menos, la energía considerada ociosa. ¡Discurra por otros senderos el ingenio que para nada sirve!.

Como en todas las ocasiones de irritación, Seagull era consciente de lo injusto (por parciales y subjetivizados) de sus razonamientos.

– Más que razonamientos -concluía- se trata de inferencias.

Quiso Seagull referirse a lo siguiente: en la placidez del descanso (entendido por tal toda porción de tiempo en que cuerpo o espíritu no se encontrasen realizando esfuerzos, sea de construcción -como los provenientes de una dificultad íntima- o de defensa -como los provocados por el ataque de un enemigo-), es fácil encauzar (por las equilibradas sendas de lo justo) la pasión y el temperamento. Incluso el más naturalmente inclinado a la contradicción ve facilitada su tarea (de oposiciones sistemáticas) por lo sencillo de los obstáculos.

– Es cierto que la diferencia entre consecuencia y conclusión se asemeja a la existente entre los resultados que sobre un mismo tema obtienen distintas estructuras mentales. Incluso (es posible que suceda así), una misma entidad de pensamiento puede variar su estructura, obteniendo, por tanto, diferentes conclusiones sobre el mismo tema. (Aunque no en idénticas circunstancias).

Sin duda (observaba Seagull que iba demasiado lejos; más allá, tal vez, de su órbita instintiva y potencial), la realidad es oscilante y ello viene demostrado por la perspectiva circular del universo.

– ¿Y si -pensaba Seagull- mi amada (mi pretendida y selecta compañera) no encuentra satisfactoria mi presencia, y llega, incluso a despreciarme?.

Porque no confiaba Seagull de forma inviolable en sus cualidades. “Es propio -decía- de la juventud la vanidad. No quiere ello decir, sin embargo, que esto sea necesario. Por tanto, debo esforzarme en eliminar de mi pensamiento la absurda totalidad excluyente”.

Tenía, en efecto, Seagull (pese a sus escasos tiempos) la experiencia de que la radicalidad implica -con demasiada y casi sistemática frecuencia- el error.

– Esto elimina la perspectiva (quería referirse a la aceptación del ajeno pensar). Y, con ello, la ausencia de equilibrio en la conclusión.

Se inclinaba Seagull más a la conclusión que a la consecuencia.

– Estoy -se repetía- más cerca de la apetencia de madurez. Lejos, no obstante, de la madurez misma.

Pues para Seagull, la madurez era el principio de la respuesta. De ahí que intuyese el largo y esperado caminar.

– Es incluso probable (no debido a la ley de las repeticiones fundamentales, que denominan estadística, sino a la esencia de la misma vida) que sea la madurez una parte esencial (que implique y elimine otras) de la seguridad.

Llegó por fin, entre mar y espacio, al lado de su grácil compañera.

Ésta, al percibir su aproximación, realizó un movimiento que Seagull se le antojó femenino y atrayente. Fue que, tomado por escudo el mismo aire, enfiló velozmente el través de los próximos rompientes.

Desapareciendo tras la masa de roca, provocó aún más el deseo de Seagull. “El juego -se dijo- viene a ser un rito, y a él nos debemos ajustar, como a la liturgia de las estaciones”.

Dirigió, pues, su vuelo, hacia aquel lugar. Flotando en las nerviosas crestas (a veces ornadas por la blanca espuma), aguardaba ella.

La timidez de Seagull había desaparecido. Como un fuerte atleta, hundió el cuerpo a su lado, para surgir inmediatamente con alimento, que le ofreció cortésmente.

Allí mismo, y en aquel preciso instante, comprendió Seagull que comenzaba una nueva vida.

“Sin embargo -pensó Seagull- yo debo continuar en mi infatigable tránsito, a la búsqueda de la circular respuesta. ¡Qué difícil resulta, en ocasiones, permanecer en el camino de la superación!”.

Porque no olvidaría Seagull (con honrosa e infatigable constancia) que el sello del destino le había configurado como itinerante frugal y escéptico.

Tal vez por ello era Seagull de ideas férreas y veloces.

Apartó a Seagull de sus consideraciones la voz amable de su compañera.

– Seagull, -dijo- te he esperado muchas horas.

Se admiró Seagull por dos distintos motivos. El primero (satisfactorio y casi adulador, como el otro), era la desconocida explicación de su nombre. ¿Cómo había podido enterarse?. Esto extrañaba a Seagull.

Además, ¿quién podría esperarle a él, máxime sin conocerle?. Aunque, al parecer (y por el hecho de pronunciar su nombre), ella le había visto con anterioridad.

– ¿Cómo sabes mi nombre?. Preguntó. (Estaba Seagull contento y halagado).

– Tu nombre, Seagull, vino a mí con el aire. (Era dulce la voz de ella). Fue un no lejano día, y llegó acompañado de tus quejas, entre la espuma mortal.

Recordaba Seagull haber pronunciado, en efecto, su nombre, aquella tarde entristecida por la muerte de los pequeños compañeros. Era costumbre invocar -como él lo hizo- a los mayores, citando el nombre de quien rogaba. Así como anuncian las flotantes construcciones del hombre su denominación a través de los metálicos tubos, incomprensiblemente llamados sirenas.

Le había explicado un adulto:

– Eso es porque la voz de ciertas sirenas enloquece a los navegantes. De ahí que llamen sirena a las voces marinas de las naves.

No había visto nunca sirenas Seagull. Tampoco le interesaban demasiado.

Las híbridas especies (que no poseen ni la totalidad de los defectos ni el cúmulo de las cualidades) tampoco pueden ser dueñas del único equilibrio.

Deducía Seagull que las sirenas emplearon (o empleaban en remotos parajes) su atractivo (por otra parte inexplicable, como ellas mismas) en buscar la perdición de los hombres navegantes.

– No comprendo, entonces, cómo llaman así a aquello que revela su presencia en medio del mar. (Se refería Seagull una vez más, a la extraña paradoja -despectiva y ausente- del hombre).

“Es una singular especie, en la que está ausente el recuerdo de su origen marino. Pero, sin duda, deberá volver al lugar de donde procede su vida”. (Conocía Seagull que la naturaleza -como posibilidad de vida- fue, en un absoluto principio, el mar).

Repuso Seagull a su compañera:

– Mal momento aquel para hacer llegar mi nombre a tus oídos. Pero, ¿cómo no me respondiste?.

– Yo apenas podía respirar -repuso ella-, cuanto menos lanzar al aire mi voz, o pedir auxilio. La fuerte tormenta y la marca de venenosa espuma (que atenazaba los músculos e hizo perecer a todos los que no habían muerto ahogados), a excepción de los que, como tú y yo nos vimos favorecidos por el destino.

– Por el destino, por nuestra voluntad, -repuso Seagull-.

– También, Seagull, por nuestra voluntad. Pero ésta se halla, también, en brazos del destino

– No debe suceder así. Pues, en tal caso, de nada serviría la elección.

– No se elige, sin embargo, el destino -habló ella un tanto picada- sino la posibilidad de un camino diferente.

– Pienso yo -repuso cortésmente Seagull- que la posibilidad de elegir un distinto sendero es, en cierto modo, modificar un supuesto e inexistente (y único) destino.

– Así sería -replicó ella- si el destino pudiera entenderse inmerso en la torpe vanidad de nuestra elección. Pero sucede que aquello libremente -o forzadamente- elegido por ti, Seagull, es, precisamente, lo que ha escrito desde la eternidad tu propio destino.

No le pareció a Seagull enteramente circular aquella tesis (que explica su compañera sin apasionamiento y con entereza, extremos gratos para Seagull). No obstante, y por delicada galantería, no quiso continuar con el tema, juzgando con acierto que más adelante podrían aclarar sus respectivos pensamientos. Así, pues, continuó Seagull:

– Favorecidos o no por el destino, el caso es que logramos escapar de aquella cruel muerte. ¿Te encontrabas tú, en aquellos instantes, acompañada de tus hermanos?.

Entristecida por primera vez, desde el comienzo de su charla, repuso ella:

– No estaba sola, sino con mis padres, preocupados en aquel momento sólo en rescatarnos de la furia del húmedo viento. Recuerdo que mi padre (un grande y cariñoso amigo), hablaba, gritando por encima del furioso ruido del mar:

– “¡Debemos llevar a los pequeños tras aquellas rocas. Así, al menos, las piedras protegerán sus cuerpos del agua embravecida!”.

Le explicó a Seagull cómo intentaron, empujando con la cabeza, y valiéndose de toda su habilidad, conducirles a lugar seguro. Pero sus cuerpos, aunque pequeños, resultaban pesados y difíciles de manejar. Lloraban ambos (los padres) de rabia y de furiosa impotencia. Cuando las fuerzas -tras arrastrarles unos metros- les abandonaron, permanecieron junto a ellos, protegiéndoles con sus cuerpos.

– De ahí, -dijo Seagull- que ahora estés viva. Tus padres pudieron abrigarte contra el mar, a ti y a tus hermanos.

– Así es, en cierto modo. (Reflejaba en su voz la emoción). Pues sucedió que, tras soportar los primeros embates de las olas, una de ellas, potentísima, los arrastró sin que pudiera volver a encontrarles.

Consideró Seagull como su obligación aclarar que pueden los adultos mantenerse horas y horas sobre el agua, sin que su integridad sufra deterioro alguno.

– Es una de las cualidades con que adornó a nuestra especie la naturaleza. Me han contado -añadía Seagull- que las estrellas como RA. protegen con su atracción (que, en cierto modo contrarresta la impulsión hacia las profundidades) a nuestras familias.

Deseaba con esto tranquilizar a su compañera Seagull. Percibió, en efecto, la soledad de su expresión cuando afirmaba que no había vuelto a ver a los suyos.

– También perdí de vista a mis hermanos. Más tarde, al tiempo que escuchaba tu voz y tus quejas, Seagull, logré, con gran esfuerzo, liberarme de la pegajosa espuma.

Recordaba con precisión Seagull aquel viscoso elemento, que en ningún modo provenía de la tormenta. Así lo expuso a su compañera, que replicó:

– En cierta forma, si provenía de la tempestad. Pues he sabido que ésta quebrantó una de las construcciones flotantes del hombre, cargada en su vientre de líquido veneno. Al unirse con el agua, fue empujado hasta las playas, y allí formó con nuestros cuerpos la más infecta mortaja.

Continuó, sin embargo, diciendo, con temblor (o estremecimiento, al pensar de Seagull):

– No fue, sin embargo, voluntad de los hombres esto. Digo enviar la muerte a nuestros hermanos. Pues muchos de ellos perecieron también la misma tarde.

– Mas no por las mismas causas -repuso airado Seagull-. Defiendes tú, con infantil sentimiento, una especie que unió a la furia de la naturaleza el despiadado rigor de su veneno… Y, de este modo, lo que no destruyó (lo que no pudo destruir, porque no estaba escrito por el destino) el proceso de la vida, lo destruyó la industria humana.

No conocía Seagull el significado que al término “industria” daban los hombres. Pensaba él en el concepto que determina el hacer de la destreza. Por ello cuando, más tarde, supo de él, determinó rodear esta consecuencia de un sentido circular.

Pero repuso al instante su compañera, a las palabras de Seagull:

– No puedes juzgar a los hombres, Seagull, con la sola perspectiva de aquella tarde.

Se mantenía, limpio y alto, el sol. Invitaba la ocasión a más gratos temas, y pensó Seagull que se había comportado como un necio e inexperto pelícano.

“Va a pensar de mí que soy un insensato y un vanidoso”.

Eludiendo, pues, continuar la anterior conversación, rogó Seagull a su compañera le narrase de dónde procedía y cómo llegó hasta aquel lugar, en el que se cruzaron sus caminos. (Esto, por admirar Seagull la fortaleza de ánimo de ella, que venció la dificultosa espuma. Pareció, además, de buena educación, preguntar por su familia. Era curioso Seagull).

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