Cuentos. (La limpia historia de Seagull). 4

SEAGULL DUDA Y SE ENCAMINA EN

EL TRÁNSITO DE LA RESPUESTA.

Se detendría Seagull considerando si esta inclinación a lo sutil no eliminaría de su existencia la percepción hermosísima de lo cotidiano.

– Ya sé -repetía- (porque me lo dice el corazón), que también es hermoso el gesto diario de los hechos. Como es siempre bello el insuperable atardecer en la línea circular del infinito.

Le preocupaba, sin embargo, a Seagull lo siguiente: si no sería aquella una escondida razón para eludir un cierto protagonismo, del que se consideraba responsable.

– Los adultos llaman a estos avatares mecanismos de defensa. Pero, no intento yo defenderme, sino afrontar las dificultades.

Como era Seagull tenaz, (así en lo físico como en lo espiritual), persistió en él la pregunta (cuya solución anhelaba, sobre todo, congruente). “En cierto modo, -decía- la respuesta puede encerrar todo el inmenso contenido del universo. En cierto modo, el universo se encierra en la causalidad poética de Dios”.

Aunque la duda -a veces aguijonante- persiguió a Seagull largas noches, pudo hallar al fin una respuesta.

– Los avatares, Seagull, no son sino las diez encarnaciones de Vishnú… ¿Buscas, acaso, la explicación de las reencarnaciones?. ¿O, más bien, rechazas la explicación de aquello que, ante nuestros cerrados ojos, no puede tenerla?. Sólo el infinito, Seagull, conoce todas las preguntas y puede formular todas las respuestas.

Comprendió Seagull que su circular dicha se encontraría (al menos con mayores probabilidades) en el seno de la imperfección.

Esto, desde luego, entristeció a Seagull.

Fue, precisamente, esta circunstancia, la que delimitó un importante periodo de su vida.

– La primera decepción tiene un sabor más profundamente amargo. Máxime cuando coincide con el error de lo abstracto.

Discurría Seagull que el error en lo concreto (aquello cotidiano o pasajero) era, en sus consecuencias, muy distinto al error en lo general (en el concepto de la vida).

– Sin embargo, es la decepción -o cualquiera de sus simbolismos- la más constante fuente de la experiencia.

Al fin Seagull quedaba adscrito a la experiencia como reconocimiento. Porque muy a su margen sucedía el transcurso habitual de su existir.

– Mi definición -glosaba Seagull- es: amar lo desconocido.

No era abisal esta inclinación. Los actos de Seagull poseían -con la constancia de los normal- el abrazo de la razón. Contribuía a esto (la estructura anti-alucinada de Seagull) su confirmación a los días (y los esfuerzos) como maestros y consejeros.

– Se aprende a desdeñar (quizás no siempre) lo absurdo, pero no se aprende tan fácilmente a distinguir la valentía de lo que, sin ser absurdo, lo parece.

Por otra parte, ya es claro que no pecaba Seagull de prejuicios. Lo que deseaba aclarar Seagull, ante sí mismo, versaba precisamente sobre esto.

– La naturaleza es todo. También el espíritu es parte de la naturaleza. Y, sin embargo, es el espíritu quien escoge la norma del sin sentido.

Porque sin pretenderlo (quizás por ignorancia), Seagull practicaba una forma de panteísmo.

– La totalidad circular de la naturaleza y Dios se identifican. Pero lo oculta Dios, salvo en ocasiones.

Explicaba así Seagull la existencia del mal. No parecía a todos demasiado convincente la tesis de Seagull. Le respondían unos:

– Si la naturaleza (que tú llamas todo) y Dios, se identifican, no es sino porque tú quieres decirlo así. Si, por el contrario, negases (como debe hacerse) totalidad -infinitud- a la naturaleza, nadie te escucharía cuando afirmases que es una sola cosa con Dios.

A esto Seagull replicaba:

– No sólo con Dios. También con algunos seres, (aquéllos que alcanzan, a su vez, la perfección circular, que es la última escala de lo sublime imperfecto), y, en cierto modo con todos.

– Sin duda estás loco, Seagull -le replicaban-, cuando te atreves a discutir lo evidente. ¿Acaso no sabes que ciertos hechos no precisan una demostración?. Y éste que discutimos es uno de ellos.

Alguno, con maliciosa sorna, repuso:

– Entre los seres que, según piensas, Seagull, llegan a formar parte del infinito, ¿se encuentran, acaso, también los hombres?.

No era Seagull experto en dicho tema. Aparte de cierto número de referencias marginales que sobre esta especie llamada superior (y Seagull así la consideraba en algunos aspectos) había recibido, tenía poco agradable que comentar.

– Ellos crearon aquella venenosa espuma -se dijo mentalmente- que, junto con la furia de los elementos, hizo perecer a muchos compañeros.

Su observación -la de los hombres- en alta mar y por las arenas despertó la curiosidad de Seagull. Pero sólo al recibir aquella pregunta se sintió verdaderamente atraído por la respuesta a una gran interrogante:

– ¿Tendrán los humanos la solución de la gran y circular interrogante?.

Quería expresar Seagull, de esta forma, su persistencia en la confianza del universo. Y, como colofón a estas meditaciones, repuso:

– Pronto, amigo, te hablaré sobre ésta y otras no formuladas preguntas. Mientras tanto, nada puedo decir.

Y alzando su majestuoso vuelo -que a Seagull, entonces, le pareció su primero y definitivo (no quería llamarlo último ni quería expresarlo si no es con la confianza de las soluciones), marchó, ante la atónita mirada de los compañeros, y como tocado por la fuerza invencible del destino, a la búsqueda del hombre.

No imaginaba Seagull hallarlo tan pronto.

Le habían dicho:

– Es el hombre criatura distante y acomplejada. Los antiguos refieren que, perdidas (por inexcusables imperativos de los siglos, que ellos denominan Eras) sus facultades físicas, pueden considerarse impedidos.

Sin embargo, no han olvidado (por desdicha para los más de ellos) el desarrollo de las facultades mentales. Uno de los primeros pasos que, en esta nueva de sus etapas, ha dado (no quería el interlocutor denominarlo “Avance”), es la separación de la naturaleza.

– Así, pues, -meditaba Seagull- mal se encaminan y se resolverán aún peor sus preguntas. (Y, ahora, las mías).

Pero Seagull intentaba agotar todos sus recursos.

– Aunque… ¿No se deberá ello (el alejamiento aparente de la naturaleza) a que han conseguido la respuesta que supere el primero de los incompletos círculos?… Si es así, es decir, si han hallado la identificación, o su camino, no precisan asemejarse a nosotros, que aún no lo hemos encontrado.

Alegró (más que satisfizo) este pensamiento a Seagull, máxime cuando le reportaba nuevas y distintas energías.

– Debe apreciarse en su valor positivo aquello que, aun de pobre sentido o escaso valor, procura enorme confianza o real perspectiva.

Era apasionado Seagull. Pero rodeado su temperamento de gran corazón. Y no despreciable talento. A veces era astuto Seagull.

– También enseña la naturaleza la elección del más conveniente sendero.

Si bien, en ningún caso -que su recuerdo admitiese y su corazón aprobara- fue taimado o perverso. Sí, él lo reconocía, hábil y necesariamente selectivo.

– Es la principal de las viejas y nobles ramas del árbol de la vida.

Tan importante era en sus decisiones la selección que jamás hubiese podido actuar sin el sometimiento a un rígido autocontrol de las elecciones. Sin identificación consciente con lo maniqueo, Ormuz y Arimán perduraban desde siglos en el alma de su especie. Así lo refirió una tarde:

– Nuestro temor está producido por el mal. Y nuestra dicha, viene engendrada por el bien. Entre ambos, se encuentra la dulce mirada de los primeros y los últimos sueños.

También servía esta diferenciación ética para espolear la mente de Seagull acerca de su imaginación de la otra vida, (considerada más real y existente que la tangible).

– Será la identificación de todos los círculos del bien. Así, se engendró una sola vida, eterna (por tanto creada únicamente en el sentido de actualización cuando llegue el día), de la que puede afirmarse: todos participaremos sin distinción y totalmente; porque no habrá otros, sino uno en la totalidad.

Era ésta una de las más complejas construcciones de Seagull, por lo que le trajo problemas.

– Lo sencillo -replicaba un adulto- encierra la más fresca verdad. Lo complejo, sin embargo, dibuja nubes retorcidas pero vacías.

Dolía este reproche a Seagull. No por la humillación (un adulto es siempre más sabio, y, por tanto, más acertado en sus juicios), sino porque él consideraba que no había nada de complejo en sus palabras.

– Es complicado el mar, si para pronunciar su nombre se pretende contar sus arenas o depositar sus aguas en la mano. Pero no lo es, si, por el contrario, se abarca, con una sola palabra, su inmensidad.

A esto, el adulto le respondió:

– El mar, Seagull, será siempre complicado. Pero para evitar nuestra inútil locura de infinito, elegimos pequeñas y tímidas palabras.

“Sucede así, también, cuando pretendemos oponernos al fuerte viento: colocamos nuestro cuerpo de forma que presente la menor resistencia, pues conocemos que nada puede nuestra fuerza contra la suya. Y esta postura, es, precisamente, la de apariencia menos complicada y potente”.

Explicaba Seagull:

– No pretendo yo encontrar una explicación para aquello que no pueda precisarla… Jamás, sabio maestro, he dudado de la sabiduría de nuestro instinto (y a él te refieres cuando nombras ciertos hechos realizados por nosotros). Antes bien, siempre ha sido (la naturaleza) para mí el más admirable de los milagros evidentes.

– No comprendo, Seagull, cómo dices milagro evidente. Puesto que la evidencia se encuentra en lo más rutinario y vulgar; digo en la manifestación de lo normal, al contrario de la poderosa voluntad sobrenatural.

No esperó Seagull a que el adulto terminase su réplica sin alzar el vuelo. Y ya desde la altura, habló:

– Lo que deseo es, precisamente, encontrar la grande y circular respuesta que haga evidente el último de los milagros.

Mientras enfilaba, ante la quietud sosegada del adulto, hacia las pobladas costas (Seagull consideró que las primeras fuentes de veneración debían hallarse en las construcciones humanas), volvía sobre esto Seagull:

“Tal vez la mayor evidencia resulte ser la falta de interés (motivada por la falta de necesidad) en conocer las respuestas. Puede ésta ser, como las grandes mareas y la última espuma de la playa, un pequeño fruto del gran costado. O, quizás, no sea la naturaleza, sino una especie animal, la depositaria de las llaves del destino”.

Pues, en el fondo de su pensamiento, consideraba Seagull como “milagro evidente” la transmisión por Dios a una especie elegida de los secretos circulares.

– Los hombres, sin duda, conocen la dimensión del existir.

Alegró este pensamiento a Seagull. Una parte de su corazón, no obstante, permanecía desolado.

– Los humanos, torpes de sentidos físicos, no podrán comunicarse conmigo… En ocasiones, volando sobre las doradas arenas de la playa, he lanzado mis palabras -veloces y nítidas- de forma que resultaba imposible no escucharlas. Pero no había desprecio en su corazón (para desdeñar mi amistad), sino una capa de transparente piedra que les impedía escuchar. Y eso va a hacer difícil mi viaje.

En un pequeño islote, castigado por el atardecer, se detuvo Seagull, aguijoneado por el hambre. Nunca pensó Seagull que comer fuese un milagro evidente, sino una necesidad instintiva. Por eso, Seagull comía con apetito (y sin voracidad), sin indagar una respuesta (ni formularse previas interrogantes).

Le agradaba a Seagull hacer de la necesidad virtud (era un joven atleta); y arte de lo vulgar.

– Aunque -se decía- no sé a ciencia cierta qué es el arte… Lo sabré cuando la respuesta me indique si Dios y la naturaleza se imitan o se reflejan. O, de otra parte, si entre ellos hay un transformar o un deformar, como sucede en las atormentadas quelidras.

Desde lo alto, Seagull localizaba el alimento. Lanzándose en picado, con la elegancia de un rayo bondadoso, a los pastos profundos y azules. No consideraba Seagull, en efecto, muy diferentes, el mar y las hierbas.

– Sí son distintos, pero circularmente tan solo. (Jamás, -decía Seagull- permanecen inalterables las montañas de espuma). Por el contrario, la tierra firme presenta una continuidad admirable. Nada cambia, si no es el color y la amplitud de la mirada, en la superficie terrestre.

El final de su viaje (digo el de Seagull desde la altura hacia el banco de peces) no resultaba siempre mortal. A Seagull, en todo caso, el plancton le sabía amargo.

– Es un alimento que sólo puede agradar a especies indolentes. Como las ballenas.

Tendría Seagull ocasión de variar su concepto acerca de las ballenas. No porque hubiese de transformarlo en violento (suponiendo que indolencia y pacifismo vayan unidos), sino por el testimonio cruel de una lejana caza en las heladas regiones del Norte.

El hemisferio Boreal siempre había fascinado a Seagull.

Los hombres llaman a este fenómeno -le explicaba un adulto maestro- atracción magnética. Suponen ellos (y en esto son sabios y ponderados) que las extremas latitudes poseen el carácter de insobornable imán. Han inventado, para orientarse, una aguja cuyo espíritu busca siempre la dirección boreal.

No se admiró de esto Seagull. Antes bien respondió con juvenil suficiencia (extremo que hizo sonreír al adulto):

– No es preciso construir de metal un espíritu que se dirija al Norte. Nosotros tenemos las estrellas; y, sobre todo, a RA.

No siempre, Seagull (replicó el paciente adulto) tenemos a las estrellas ante nosotros. Y aunque, a pesar de ello, la naturaleza nos ha dotado de ese espíritu atraído, nos sentimos más seguros cuando RA. acompaña nuestros viajes. Pero también los hombres conocen a RA.

Quedó en suspenso Seagull… ¿Sería cierto el interés de los hombres por RA.?.

– Pero, los hombres no pueden caminar desplazando su cuerpo por el libre espacio. ¿Precisan, pues, para algo (que sea distinto de la admiración, el conocimiento de RA?.

– Te he hablado, impaciente joven, -replicaba su interlocutor- acerca de la sabiduría del hombre… ¿Crees acaso que tú, por ser un componente de una especie alada, tienes el privilegio de estar más cerca de Dios? Ni siquiera puede afirmarse sin ligereza que te halles más cerca de RA. La distancia es tan enorme, que sólo un interminable viajero podría aproximarse al más cercano de sus rayos en un interminable tiempo.

Le parecía a Seagull (que no escuchaba siempre con la debida atención a sus mayores), estar escuchando una definición plenamente circular: encerrada en la antítesis de su mismo periodo infinito.

– Es RA. parte de Dios, al parecer. (Seagull nunca -o casi nunca- dejaba de preguntar lo que deseaba. Era Seagull, con gran frecuencia, impertinente).

Sin embargo , le respondió -quizás bajo la influencia del inefable tema- con mayor reposo y paz, el viejo:

– Todos, Seagull, somos parte de Dios. Y cada parte de nosotros mismos es, a su vez, parte de Dios. Porque Dios es todo, y nosotros formamos -como elementos de la vida- las partículas (aún mínimas) de esa totalidad.

– ¿También el hombre -indagó Seagull- es parte de Dios, o acaso deja de ser porción del todo aquel que así lo desea?.

(Pues pensaba Seagull que el hombre -como especie circularmente distinta, productora de muerte y alejada del común lenguaje- no deseaba ser parte de Dios).

– Por eso construye torres de piedra como montañas y casas transparentes que beben el mar sin descanso. Porque no precisan a Dios y pretenden sustituirle.

Y concluía ideando que nadie que precise buscar un espíritu de orín (mágico y dirigido al Norte) debe ser considerado superior.

Lo superior, -decía-, es aquello (ser o abstracción) que pueda prescindir (sin notar su falta) de algo imprescindible para todos los demás. O que pueda realizar (sin esfuerzo, o con menos) aquello que los demás no realizan si no es con gran trabajo y dificultades.

– Y el hombre, al parecer, tiene más necesidad que nosotros; no puede prescindir de lo que nosotros prescindimos; y debe acudir a elementos ajenos a él para dilucidar lo que para nosotros es evidente y sencillo como la luz de RA.

No acababa Seagull de explicarse, ante estas consideraciones, su atracción hacia el humano.

– Parece una influencia magnética, como la que ellos estudian.

Volvía Seagull sobre este punto, al plantearse la honestidad de su futuro. (Al pretender seguir, en todo momento, el más recto sendero, en la búsqueda de la circular y gran respuesta).

– Tu atracción hacia el hombre (le explicaban los mayores) proviene de un espejismo transmitido desde hace miles de años. Pues has de saber que la mente de Dios dispuso que fuese el hombre el rey de la creación.

Reía con ganas Seagull. ¡Qué jocosa se le antojaba la aseveración del anciano!. ¿Cómo puede ser rey de la creación el más torpe y débil de sus seres?.

Pues Seagull conocía (creía conocer, al menos) que la fuerza del hombre procedía de sus mágicas construcciones. Aliado con la fuerzas de la muerte, el humano disponía de hábiles artesanos y expertos operarios. En esto -concedía Seagull- sí son superiores”.

No le había convencido, sin embargo, la explicación que justificaba su paradójica e irresistible atracción. Sobre todo por cuanto consideraba más difícil cada vez que la grande, única y circular respuesta residiese en el seno de aquella especie destructiva.

– Quizás recuerde con demasiada claridad aún mi cercana muerte entre venenosa espuma química.

Las obsesiones no agradaban a Seagull. Repetía con clara frecuencia que si algún mal del espíritu resultaba peligroso (para el general equilibrio y la particular búsqueda de la verdad), era, precisamente, la obsesión.

– Tanto el miedo como la temeridad son reprobables. Pero aún más lo son cuando ocupan la única vía transitable del perenne camino.

Se le ocurría a Seagull que si aquella cuasi-obsesión del tema humano procedía (tuvo sus raíces) en el temor y la repulsa, ni iba a resultar fácil modificar su pensamiento. Y esto le envolvía aún más en el sentimiento de la paradoja.

Le distrajo, a un segundo del chapuzón (al final de su descenso aéreo), una agradable y oculta voz.

Tornó Seagull a la superficie. Planeando (sentado sobre las olas), miró alrededor, en busca de la figura dueña de aquel canto. Nada vio Seagull, pero escuchó de nuevo, tras los rompientes solitarios, cómo alguien reía. Y, quedamente, fue Seagull acercándose.

A pocos metros se hallaba cuando una airosa flecha de terciopelo (que a Seagull se le antojó un ángel) surcó el breve espacio que les separaba. En medio del cielo, permaneció dibujando amplios círculos.

Algo nació de pronto en el pecho de Seagull.

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