Cuentos. (Seagull). 2

SEAGULL DESCUBRE EL SOL Y EL

CIRCULAR Y GRAN SENTIDO.

Se enrosca la cumbre de las olas. Y el viento rodea los altos vegetales de la playa.

Aquellos altos vegetales eran -por cientos- airosas palmeras.

– La última línea del sol es redonda, y también lo es, con su peculiar estilo de bóveda interminable, la sombra del lejano horizonte.

Este descubrimiento -el de su creencia acerca de la vida circular- ocupó su mente largo tiempo.

– Si la vida es circular -meditaba- quizás nunca tiene fin. La muerte, entonces, sería una triste pausa en el retorno.

Seagull notó también que a los adultos les agradaba ser admirados.

– Eso es por el sentimiento de su fuerza. Cuando yo sea adulto gustaré del mismo placer.

Ahondó aún más Seagull en su teoría:

– También es circular la historia mínima que nos envuelve. Porque, sin duda, ellos (se refería a los adultos) otearon desde sus primeros hogares la fuerza de mis abuelos. Y mis hijos – Seagull se emocionó con esta palabra distante- volverán, en sus primeros días, a mi actual sentir.

Sintió hambre Seagull. Y, olvidando por el momento sus meditaciones, lanzó un airado grito de protesta.

Los atardeceres -desde el tiempo de la caída solar hasta el punto de mínima luz- tampoco carecían de interés.

Seagull observaba la lenta densidad del occidente, y le pareció adivinar un sutilísimo matiz.

– El poniente, que es el lecho del sol, nunca cree tener convenientemente alfombrado el lugar donde el astro descansa. (No le parecía a Seagull que nada divino pudiera sentir cansancio).

Porque entre todas las especies, el sol ocupa el primero de los lugares. Digo en importancia. Y, ¿qué otra cosa, sino dios, puede ser la primera de las cosas?. Difería Seagull.

– Se resiste, entonces, (y para ello sostiene con toda su enorme fuerza la decadente luz) a que el sol baje. Por ello siempre queda largo tiempo detenido y débil -en lo que cabe-; de ese modo, la belleza que encierra puede mirarse de frente.

Y concluía, un tanto desorientado:

– También al sol le gusta que lo admiren.

Era el tiempo en que, resguardados en su habítáculo, los padres enseñaban a distinguir los nombres de las cosas. Como apenas eran visibles varias estrellas, (era muy importante conocerlas bien), uno de aquellos amaneceres fue dedicado a esos astros. Decían los padres:

– Sea cual sea vuestro destino, los astros lo conocen.

Pero jamás aseveraron otra cosa parecida: que aquel destino suyo había quedado prefijado por las estrellas. Seagull inquiría:

– ¿Podemos nosotros modificar nuestro destino?.

Los padres se miraron (con una inteligencia compartida largamente). Con un suspiro, ella respondió:

– Sólo Dios puede modificar el destino.

Seagull calló. Había comprendido, una vez más, que los adultos -y sus padres eran, a su juicio, los mejores- culpan al infinito de todo lo que no conocen.

Seagull resolvió averiguar, por sí mismo, su capacidad para modificar el destino.

– El mío y el de los demás.

Esto le iba a acarrear grandes vigilias. Pero Seagull había nacido con una férrea voluntad. Y no era soberbia aquello de Seagull.

– Sólo busco conocer la verdad, para deshacer lo oscuro y lo inestable.

Y le parecía que el asunto de su destino era una cuestión importante. Pero, hasta el momento, oscura e inestable.

– Lo peor de su oscuridad y de su inestabilidad resulta, precisamente, lo firme y diáfano de nuestra impotencia.

(Aún no deseaba Seagull referirse, de modo exclusivo y personal a su propia incapacidad). (Por eso Seagull decía “nuestra”. Aunque sí era independiente Seagull).

Llegada la noche, el firmamento se cubría por entero de puntos luminosos. (Los nublados desagradaban a Seagull). Le admiraba la variabilidad de sus tamaños.

– Es por la distancia. Los más pequeños son los más alejados.

Aquí Seagull detuvo su pensamiento. ¿Era interminable y circular aquella distancia?. Además, ¿acaso serían todos los puntos de luz iguales?. Como suponía que la primera de las preguntas debería contestarla por sí mismo -las tesis de Seagull no eran siempre bien acogidas-, abordó al adulto con la otra.

– ¿Y si el astro más lejano es más grande que el más próximo?. (Seagull cambió con habilidad su inicial pregunta).

– Sucede -respondió complaciente el maestro- que la cuestión resulta ociosa. Pues para nosotros es indiferente la distancia que jamás podría atravesarse.

Seagull quedó conturbado.

– Esa distancia, -repuso- ¿es también indiferente para la vida?.

– Todo lo imposible, Seagull, es inútil para la vida. Porque la vida no es sino la concreción absoluta de cualesquiera posibilidades.

Seagull guardó silencio. Pero en su interior la turbación persistía con no menos fuerza.

“La cuestión es, -se dijo- determinar qué clase de entidades (había resuelto llamar así a las cosas) son en verdad imposibles”.

– Los astros, sin embargo, -continuó el adulto- son nuestro principal consejero. Por sus necesarios caminos han venido transcurriendo los mil siglos de cada especie. También de la nuestra.

– Quizás por eso -comprendió Seagull- a mí me desagradan las noches ocultas por las nubes.

Dijo el paciente abuelo:

– Eres demasiado joven. Más adelante, -y espero que sea muy pronto, puesto que eres inteligente- aprenderás que todo lo que sucede (es decir, todo lo posible), es, asimismo, necesario. El nublado también es parte de la vida, que se envuelve a sí misma con un inacabable sentido.

– ¿Es circular la vida? -Preguntó con valentía Seagull.

No dudó el abuelo en su respuesta:

– En cierto modo, lo es. Pero en cierto modo, no lo es. Debes también constatar, pequeño amigo, que no es lo decisivo el nombre, sino el espíritu del nombre. Por ello, podrás, sin gran esfuerzo, conocer el nombre de las cosas. Mucho más difícil, sin embargo, te resultará conocer su espíritu. Y cuando lo hayas conseguido -yo deseo que así sea-, observarás la gran diferencia existente entre ambos.

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