Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 71

SAN PABLO (cont.).

La procesión del Cristo no había resultado tan monótona coma otros años. Había caído un chaparrón que obligó a los teloneros a refugiar la estatua, una imagen del XVII, bajo las ramas del pino carrasco rey, el grande, que dominaba el recodo de la ermita. Una vaca brava se empeñó en corretear por el cercado de Evaristo, donde se rezaba el Credo, y el cura siguió recitándolo en latín cuando la expulsó del improvisado coso la pareja de civiles, que aprovechó para escaquearse. Alex sesteaba en su carrito, y Anita en brazos de Alfonso. Había salido el sol, y soplaba una brisa aromatizada de hierbaluisa y romero. De repente pasó algo.

-¡Mirad, mirad!

El Cristo había descolgado un brazo, como el de La Vega jurando que Diego prometió lo suyo a Inés, pero sin decir palabra. La madera policromada chirrió, es verdad, pero sin romperse, y el brazo pareció articularse, como una prótesis germana de última generación.

La mano parecía señalar lánguidamente un punto en el suelo. Anita saltó de los brazos de Alfonso y se detuvo justo en el sitio. La gente seguía ya el templete móvil del milagro, sin percatarse del significado de aquel gesto. Anita permanecía como un poste, con los ojos cerrados.

-¿Qué pasa, mi niña?

-Es aquí… La puerta… ¿No lo notáis?

Se acercaron todos. Alex salió del carrito. Alice les miraba, con un ligero estremecimiento y los ojos húmedos, que se secó lentamente. Los cuatro, de la mano, en un círculo invisible trazado por la mano del Cristo, sonreían, mientras la fuerza se transformaba en placidez en cada uno de sus rostros. Alice les esperó, para abrazarles.

-¡Eto! –Alex sonreía, y sus dientitos de conejo guapo se asomaban como guardianes del seto. Pili, que había aparecido de repente, le zarandeó cariñosamente.

-¡Menudo seto estás tu hecho, ganapán, golfillo, gatito siamés!

Los hermanos se miraron, o quizás no dejaron de hacerlo en todo el tiempo. ¿A qué venía eso ahora? En el lugar se desprendía una especie de neblina, que flotaba traslúcido como el cendal de un fantasma. Mamá salió al quite.

-¡Vamos, niños! ¡A merendar!

-¡Amos, chicos!, confirmó Alejandro desde los brazos de Pili. Anita se rezagó. Por la colina bajaba una figura delgada y ágil, cuya vestimenta le hacía inconfundible.

-¡El cura!

Apretaron el paso, porque Don Matías era un plasta. Pero el enteco cincuentón les dio alcance enseguida. Usaba gafas antiguas, de concha, pegadas en el puente con una especie de esparadrapo, y mantenía firme la mirada, de ojos pequeños. La barba entrecana le avejentaba, pero no tenía ni una sola arruga. Tenía la voz aflautada, desagradable, de manera que su mensaje llegaba chirriante y descompuesto al pueblo. A papá le caía bien, e iba a escucharle porque se divertía mucho con su retórica.

-Las verdades del barquero, eso es. La gente se mosquea, pero es como un niño hablando a otros niños.

Mamá le rehuía, por miedo a que en cualquier momento se metiera con ella. Justo lo que le hubiera gustado a papá, que andaba buscando gresca verbal, como los sofistas.

El cura arreó un pescozoncillo cariñoso a Anita, que se frotó la coronilla como si le hubiera caído encima un asteroide.

-¡Ala, ala, a casita, que llueve! –Don Matías se rió la gracia, porque la tarde estaba más seca que la garganta de un subsecretario leyendo su carta de cese. Luego miró a mami-. ¡Vaya recua bonita lleva usted, señora!.

Mamá no dijo nada. Si hubiera estado papi a lo mejor le habría dicho al cura que no llamara acémila a la madre de la recua, mientras los pollinillos admiraban los contoneos del vestido talar, tan en desuso como ceder el asiento en el Metro.

Anita miró hacia el lugar de la niebla, como si quisiera protegerlo. El cura se detuvo un instante y señaló con el dedo un punto en el vacío.

-Me han dejado una cosa para vosotros. Pasad luego por casa, con mamá, por favor.

Apresuró el paso, y pronto dobló el recodo de la fuente, sin volverse ya ni para decir adiós con la mano.

-¿Pero qué dice este tío? –Alfonso parecía haberse despertado y escuchar por la tele que el Madrid había fichado a Kaká.

-No es un tío, es un ministro de la Iglesia, por muy destartalado que vaya…

-No es destartalado; en todo caso será desaliñado, o algo así.

-Pues desaliñado tampoco. Será estrafalario, por ejemplo.

-Si es estrafalario serán todos ellos, con ese ropaje…

Mamá se detuvo en seco. Alex la miraba boquiabierto.

-¡Queréis callaros de una vez! ¡Pues vaya discusión más tonta!

Laura y Alfonso se miraron y enseguida comenzaron a reír a carcajadas.

-¡Menuda autoridad! –Alfonso la abrazaba por la cintura, y casi la mantenía en vilo- ¡Así se habla, mami!

La disputa quedó zanjada, pero Anita seguía cavilando, con una expresión inquieta en sus ojos, que a aquella hora eran de un azul dorado.

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Una respuesta to “Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 71”

  1. rldcz Says:

    te gustan los cuentos cortos? te recomiendo http://www.cuentosemanal.wordpress.com

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