Cuentos.(La limpia historia de Seagull). 3

SEAGULL ES VÍCTIMA DE LO DESCONOCIDO,

QUE MÁS ADELANTE IDENTIFICARÁ CON EL PELIGRO.

Seagull conoció un día el sabor triste del miedo. “Es una experiencia necesaria”, le habían dicho.

Fue por causa de la tormenta. En la amplísima llanura de blanca arena habitaban miles de pequeños hermanos. (Seagull gustaba el sentimiento de que toda la especie estaba unida por inseparables lazos de hermandad). Apenas nacidos, dependían, como él mismo, de una providencia reflejada en los adultos.

El viento comenzó a soplar con fuerza. Seagull percibió -en su comunicación íntima con la naturaleza- que algo iba a suceder. Los gritos de muchos pequeños lastimaban el aire, que, por rápidos momentos, enfurecía su poderoso aliento.

– Si el viento empuja las alas -dijo Seagull-, se cubrirá la playa de dolor.

Las olas, en efecto, amenazaba con penetrar en los descubiertos planteles de la reciente generación. Los más fuertes, avisados por sus padres, escapaban lentamente hacia el interior, intentando añadir una distancia entre el mar embravecido y sus cuerpos. Pero habían sido pocos los días transcurridos desde su despertar, y muchos apenas daban unos pasos, caían envueltos en espumosa arena. Después Seagull les perdía de vista, arrastrados por el viento.

– La muerte es el dolor -decía Seagull-. Pero es más doloroso aún sentir la muerte de los nuestros.

Volvería Seagull sobre estas consideraciones más adelante. Ahora, sin embargo, sufría. Y su amargura tenía como único consuelo la decepción. Por vez primera, Seagull echó de menos la soledad.

– Quien está solo, -argumentaba- no puede lamentar el dolor ajeno. Quien está solo, (si el dolor existe), es feliz.

Conocía Seagull que estos pensamientos surgían de su corazón, con la inevitable ausencia del verdadero sentido.

– Pero si la verdad no reside en el corazón -insistía- ¿cómo podrá evitarse lo inestable y lo oscuro?. ¡Qué difícil resulta elegir un destino perfecto, si es el corazón quien selecciona!.

Los caminos aparecían (para Seagull) más circulares que nunca. Pero esta vez no tuvo fuerzas para preguntar. Por otro lado, los adultos no le hubieran aclarado gran cosa. El herido sentimiento de Seagull les achacaba la culpa de aquel desastre.

– Deberían haber seleccionado mejor el lugar. Y, en todo caso, ¿qué hacen ahora sino lamentarse y gemir?.

Llevado por una fuerza loca, Seagull se asomó al borde del agujero. Distraídos, sus hermanos no reparaban en él. Los padres, cercanos pero ausentes, fijaban su atención en la playa casi cubierta por las aguas. En la vertical profundidad se estrellaban los tenebrosos oleajes. Golpeando contra la roca, le pareció a Seagull que el mundo se estremecía. Sintió, durante unos irreparables segundos, la gélida atracción del mar.

De pronto, se vio arrojado en el vacío. Golpeaban su cuerpo, en la caída, piedrecillas afiladas e hirientes. Pudo escuchar, mezclado con sus gritos, la llamada de sus hermanos, y, al oír su nombre, Seagull ya no lamentaba su falta de soledad.

– Lo que me molesta, -se decía- es no haber seleccionado por mí mismo. En verdad, el destino es lo más circular del mundo.

Se alegró de no sentir miedo por su propio destino. Seagull no conocía si iba a morir o no. Sabía (creía saberlo) que los demás -los pequeños de las playas- estaban cerca de la muerte. Y de ahí su dolor.

Mas, al no sentir el mismo -o incluso más hondo- sentimiento de pesar inefable, en este trance de su posible fin, Seagull se preguntaba:

– O sólo duele la muerte de los seres distintos (y próximos), (no así la propia), o, en caso contrario, es que yo no voy a morir. (Por imposible que parezca).

Para Seagull los seres llamados próximos eran los más amados, inevitablemente. (Por exigencia del instinto, o del destino). (Seagull supo más tarde distinguir también las circunstancias y las situaciones).

Hasta cierto punto Seagull consideraba un honor participar de la ventura de sus compañeros. Sólo hasta cierto punto, pues le preocupaba bastante su dignidad.

– Me estarán llamando durante horas, y yo no podré responder. Mis padres van a pensar -y mis hermanos- que me he escapado de casa.

A Seagull le remordía la conciencia, porque había pensado hacerlo en cuanto pudiera. (Era tan independiente que no supuso que todos hacían lo mismo. Pero es que Seagull era tan meticuloso como su madre).

Llegó por fin, entre estas consideraciones, el fin de aquel fortuito descenso. El aspecto que ofrecían las aguas hizo temblar a Seagull. El había visto cómo los adultos podían dormir sobre las olas, incluso por la noche. Y esto lo pensó al ver la oscuridad del oleaje. No se le ocurrió a Seagull cerrar los ojos.

En los primeros segundos sólo notaba, navegando sobre las crestas enfurecidas, aquel trastornar del agua bajo su cuerpo. Pero en uno de aquellos revueltos, quedó sumergido totalmente, y comenzó a rodar por los senderos de los peces.

Todo era vertiginoso en aquella hora, menos los pensamientos de Seagull. Había quedado en suspenso la capacidad de reacción que siempre creyó poseer. (y que, a su juicio, no iba a abandonarle jamás). Luego se enteraría Seagull que había perdido la lucidez de la conciencia.

– Es agradable perder el sentido -diría más tarde-, siempre que después se recupere.

Porque nada dejaba de complacer a Seagull, (o casi nada), que pudiera enseñarle cómo encontrar -a través de la misma realidad- los caminos firmes y luminosos de la sabiduría. (Fue éste uno de los nombres con que identificaría Seagull la circular atracción del destino).

Permanecía el hondo zumbido dentro de su cabeza, cuando Seagull, abiertos los ojos, se descubrió en extraña postura, rodeado de pestilente y densa espuma, sobre la quieta arena.

Calculó Seagull el tiempo transcurrido. “Unos segundos tan solo”. Declinaba, sin embargo, la tarde. “El tiempo -se dijo Seagull- se hace más corto en los silencios de la inconsciencia”.

Los últimos rayos de luz, posándose en la playa, le hicieron descubrir varios bultos inmóviles, junto a su cuerpo.

– Son los pequeños, ahogados. Tienen los ojos abiertos.

Pensó Seagull si la muerte abriría también sus ojos. Y esto lo pensó al sentirse inmovilizado. La espuma, que envolvía su cuello y el vientre- parecía estar construida de piedra.

– Es extraño, -meditó Seagull-, pues los adultos dicen que la espuma desaparece con el choque del viento.

Aún débil (había tragado gran cantidad de agua salada, y posiblemente tenía dislocado algún hueso) intentó ponerse en pie. Sus esfuerzos -que le atormentaban por un doble y pesaroso motivo, al percibir que era el único, entre todos, que se hallaba con vida- fracasaron, y Seagull desesperaba.

– El hedor de la espuma, semejante a las negras nubes de los motores (recordaba siempre Seagull este especial olor), no me deja respirar, pero tampoco puedo moverme y huir…

En esto, con su dolor y sus fatigas, andaba Seagull, cuando sintió, bajo sus plantas, un cosquilleo fortalecedor. Y lo era especialmente al provenir de una dura corteza. Apoyó el resto de su energía en aquella afortunada coraza, y se lanzó adelante.

¡Qué sentimiento de liberación experimento Seagull, al comprobar cómo su cuerpo quedaba libre!. ¡Cómo recordaría, más tarde, aquellos momentos, bendiciendo la presencia de la caracola!. Porque, según pudo averiguar, fue una de estas conformaciones de vida y piedra (Seagull afirmaba que de forma consciente, para ayudarle al sentir su angustia) la que, sirviéndole de inesperada base, liberó su apresado cuerpo.

– Alguna razón -insistía- debe de haber para que las caracolas habiten en la arena. Yo, al menos, conozco una muy particular.

Se refería Seagull a la que identificaba con su vida. Y nunca varió su pensamiento en este punto.

– Los motivos de las cosas, -afirmaba- no tienen por qué ser, en todos los asuntos, terriblemente lógicos.

No podía menos Seagull que censurar como terrible la negación de un hecho -aun ilógico- que significó tanto para él. Pero llegaba aún más lejos.

– Si bien, -decía- mi propia existencia ha captado una de esas llamadas casualidades, eso es un lunar en el sol…

Pues le parecía que encontrar el sentido -sin llamarlo de este modo- de lo inexplicable, era uno de los más preciados regalos de la mente.

– Aunque esclarecer -o intentarlo- lo que se rodea con la tamizada luz de lo poético, sería un imperdonable error.

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