Cuentos. (El nido).

EL NIDO

Lo había visto en medio de un torrentuelo nervioso, las ramas verdes abrazando el sol y un poco triste, como si fuese a atardecer aprisa, como cuando llueve encima de las palomas y de los perros. Yo iba con mi vestido de lunares y mis zapatillas rojas y brillantes, contando las piedras y los pasos, espantando lagartijas y tirando chinas de miedo a los tordillos asustados y redondos, como limpios ratones voladores. Entonces comenzaba a aprender del viento y del paisaje todas las secretas voces infinitas que guarda el mundo, y mis ojos se abrían de par en par hacia lo alto, buscando un punto cada vez más lejano donde posarme. Al fin lo había encontrado. allí, cerca del hueco que dejó una estrella vieja, ya desprendida del cielo, que al caer se transformó en manantial de flores. Me lo mostró un jilguero de pico mentiroso, con los colores jugando a mariposa que se escapa riendo hacia otro rayo de sol, y una gota de arco-iris que guardaba desde la tarde antes en mi pelo, por si acaso era verdad que siguiéndolo encontraría un saco lleno de muñecas y un montón de chocolate. Lo vi sólo un instante, acolchado de plumas blancas y revestido con el calor de la vida, supe entonces que al fin lo había encontrado. Por eso miré al sol de frente y respiré un montón de paisaje al mismo tiempo. Luego fui dejando mis zapatillas rojas al pie del árbol y el vestido de lunares sobre el césped, cerca del hormiguero.

Me despertaron las hojas de pino que llamaban con precisión alborotada a mi ventana. Salía el sol, y a medida que la mancha de luz tomaba figura contorneada, yo iba avanzando en mi nueva consistencia, las fuerzas en mis ojos y sentí una oleada de fuego junto al corazón. Al principio tal vez me asusté, no lo recuerdo, con aquellos pájaros de hiedra que volaban en mis ojos y parecían buscar nidos de musgo y plumas por mis brazos. Pero cuando tendí mis manos hacia el sol que amanecía un viento inolvidable movió los resortes de mi alma, que se fue volando sobre el color inmenso del día, en busca del arco-iris.

Comencé a reír en una infancia de picos blandos, de jilguero o colibrí y mi alegría encontraba semillas de fuego helado entre las hojas pálidas del verano, y mi voz de cascada estallaba de pronto en el silencio, prendida al mensaje del sueño y el misterio abierto al corazón. Un rizo de plata subió desde el mar y se colgó de una estrella primeriza: el carro de luces que prestaba a la tarde un ramillete de nardos. Yo volé hasta más arriba del viento, allí donde los deseos se transforman en una fuente de seda, y me quedé dormida, soñando en mis brazos de pluma y envuelta en cascabeles dorados.

El tiempo se hizo una cadena inmensa de soledad cuando cayó al suelo aquel cuerpecito de espuma palpitante, pidiendo desde su agonía tempranísima un poco de la madurez que rebosaba el viejo estallido de la vida, suficiente para que la pluma convirtiese en aire sus pobres alas recientes. Pero yo sólo pude darle tristeza desalentada, y la presentida imagen del cielo de los pájaros, que formó mi vacío cuando las hormigas se lo llevaban, lentas y ciegas, hacia sus pozos anudados con hilos del diablo. Cuando abrí los ojos, el sol me miraba desde una rama verde y traviesa, en lo alto del gorro adormilado.

Ahora el tiempo se había partido como una fruta repleta de semillas. Yo volvía al mismo arroyo de musgos y de nieve que entonces -con el vestido rojo de lunares y la voz de pájaro- me sirvió de escala mágica, para subir tan alto que las palabras parecían estrellas y los jilgueros nunca caían desde su murallita de algodón caliente, y las hormigas no tenían dientes de león mitológico. Una gota limpia de lluvia se apretó entre mis alas, y yo cerré la puerta del nido.

Me acogió el calor triste del otoño. La palidez de nuestra cama de centeno reseco, y el brillo acuosos del último sol. La cabeza envuelta en mi mismo cuello de tres colores, volví a estar junto a mis recientes hermanos. Y la noche se cerró dentro de los ojos, antes aún que viniese del ponente la mano húmeda del primer viento oscuro.

Son las horas en que sólo la magia despierta, y se envuelve la cara con algodones pintados. Yo la conozco porque vive en los troncos de los viejos olivos, y llama con frecuencia a la puerta de los castaños y los cipreses. Una noche -yo era muy pequeña-, sentí las alas arder como una fiebre de limón maduro, y entonces supe que tenía miedo de sus ojos, porque la magia tiene vacías las enormes cuencas de su recortado esqueleto con piel.

Nos pedía un tributo, porque consideraba el nuestro un hogar, y tenía razón. Sólo que para cobrarlo se vestía de azul, y yo le habría otra puerta, unas veces con mi vestido de lunares, y otras con los ojos asustados y los cuadernos del colegio a medio terminar. Entonces fue cuando papá abrió en el Banco eso que sirve para que los demás te digan que cada vez tienes menos dinero. Pero para nosotros el dinero no tiene valor. Nos bastan los despojos de la comida, la basura, los residuos de las cosechas, los insectos y las fuentes. Por eso, que yo recuerde, nosotros no pagamos a la magia, sino en especie, porque nos enseña a conocer el curso de las estrellas y los colores del firmamento en las noches de los largos viajes a través del mar, y esta es una de las razones por las que las heridas son más cortas y menos profundas en el cuerpo de plumas.

Pero olvidé, en mi cansancio dormido, que aún mis alas no podrían sostener el cuerpo grande de mi herencia recién comida, y que mi edad de pájaro era esa edad sin nombre del niño perdido y llorando. Por eso, al acercarme en busca del aire debí tener más cuidado con la puerta.

Y caí. El interminable camino del silencio, las hojas de abedul, las primeras humedades del rocío, los tres prismas del vuelco. Aquí ahora el cielo estrellado, allí entonces, el cada vez más cercano césped afilado, la vertical del árbol que llamaba hogar, y los brazos inexistentes de quien quizás durmiese. Grité, pero de inmediato recordé que los pájaros no cantan por la noche, y tuve que llorar calladamente, igual que las flores, con un murmullo aún más pálido que la primavera de las mieses, sólo desde el entronque de mi ligero corazón.

Antes de despertar con el dolor ingrato del golpe, lo hice entre las junglas limpias de mi cama. Y pregunté a nadie. “¿Por qué querían comerme las hormigas?”. Esperé la respuesta tanto tiempo, que estuve a punto de dormirme. Por fin llegó; yo, ya tenía de nuevo los ojos muy cerrados.

Y la respuesta al principio, y al centro, y al final de la historia, es un cuerpecito de golondrina aún caliente, con los pelados miembros del cachorro, o del bebé, o de eso, del recentísimo pájaro, desprendido por el viento, o por un palo demasiado largo, o por el destino, hasta el suelo de cemento limpio y sobre la sillita de mimbre asustado, mi vestido nuevo, con grandes lunares amarillos y azules y blancos, y las únicas zapatillas del cuento. Y trazando unos caminos de muerte lineal, las hormigas mínimas arrastrando el cuerpecito pelado que abrió sin querer la puerta del nido.

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