Cartas. (A un político).

A UN POLÍTICO

Muy político suyo:

La verdad es que no pensaba encabezar esta carta dirigiéndome a Vd. con un tan distinto tratamiento; pero me disgustaría algo así como “querido amigo” -lo rechazo porque yo no le quiero a Vd., y tampoco somos amigos- ; “Estimado Señor” -que no acepto pues, si bien algo le estimo, aunque no demasiado, ignoro si es Vd. un señor o una señora, ya que no le conozco- ; por ese motivo eludo el consabido “muy señor mío” y otros similares. Lo cierto es que, siendo Vd. muy, pero que muy político -como se deduciría, si no hubiera más motivos, de las cuantiosas y variadas mentiras que dice sin el menor rubor- y considerándolo por fuerza algo no mío sino enteramente suyo, considero enteramente apropiado ese encabezamiento.

Vd., como vanidoso que es, no se habrá percatado, sin embargo, de que esta carta no tiene cabeza. Pies puede que sí, de modo que en lugar de aquella palabra debería hablarse de “empiedamiento”. Porque, ¿no dicen Vds. los políticos profesionales, que siempre hay que estar con los pies en el suelo, y se reafirman en eso de “pisar fuerte”, o “andar con los pies sobre la tierra”. La cabeza la reservan Vds., paradójicamente, para solazar las miradas de los súbitos cuando se cruzan en los paisajes urbanos con los carteles repletos de efigies prometedoras. Sería más apropiado, y así debieran entenderlo sus equipos publicitarios, reproducir otras zonas anatómicas y personales, como los bolsillos, las manos, el vientre.. Es decir, aquello en lo que Vds. realmente piensan cuando hablan de cualquier cosa.

Yo creo que la coherencia exigiría que todos los sujetos con supuesta vocación de líder honesto y virtuoso -todos los políticos desaforados perseguidores del poder, que se autodefinen como seres cuasi puros- cuyo objetivo único es procurar la felicidad y el bienestar, se mostraran en las campañas electorales desnudos como fueron paridos, sin maquillar, y con un blanco mirlo en sus plantas. De igual modo, los carnets de afiliación a sus partidos deberían ir provistos de los datos indispensables -números de teléfono, direcciones, lugares de cita a deshora o desmano- que pudieran ser utilizados por los votantes y adictos para localizar, quiebra la imagen ofrecida y deseada por éstos, al resultar prácticamente inviable el contacto personal con sus electores. Esa es una de las razones por la que me permito escribirle, ya que el Aparato de los partidos, que parece creado con el fin de separar al político de su amado pueblo, jamás atiende esa justa solicitud cuando se le reclama. El líder firma por delegación, nunca está o está ocupado. ¿No es esto algo imperdonable? La embargaría, sin duda el corazón solitario del político, de Vd., si conociera cuantas llamadas quedan sin respuesta sólo por la cerrazón cabrestil de los adláteres, que so capa de protección le privan de ese añorado contacto con la gente.

Así, pues, debe Vd. eliminar su staff, esa organización propia de burócratas que se alimentan a la sombra magnánima del líder. Desaparecidas las barreras que le separan de su pueblo, alcanzará Vd. el más inefable y, según dice Vd. mismo, el más deseado galardón: el amor de sus votantes.

Si actúa de otro modo, sepa que quizá no sea Vd. más que un juguete en manos de los grupos de presión, del marketing, del oro; un manipulado figurín, al que sostienen las frágiles cuerdas del Guiñol semiclandestino. ¿No se pone Vd. triste al pensarlo?

¡Vamos, alégrese, hombre! Al fin y al cabo, ese es el sistema. Y los sistemas deben aceptarse. Pruebe, por ejemplo, a hacer proselitismo sin dinero, sin prensa, sin radio, sin T.V… ¡Qué desastre! Es casi como editar un libro sin las bendiciones de las firmas consagradas o como escribir una carta que incumpla los cánones del género epistolar. Y se trata de ganar, de triunfar, y no de pensar y hacer como se cree adecuado. La eficacia todo lo justifica, y acaba acreditándolo.

Lo que no entiendo, pese a todo, es por qué a veces tiene Vd. ese ceño tan raro, ese cambiante gesto, esas ojeras, ese temblor de garganta, esa pupila cansada, ese aleteo de nariz… ¿Será porque ha soñado Vd. también con el paisaje sin límite, porque ha cambiado de puntillas lejos de la ambición, porque alguien le dijo un día “no quieras tener demasiado pues perderás la paz y, seguramente la libertad”?

Si es así, no debe Vd. hacer mucho caso. Es la envidia. Los mezquinos que dicen no desear o no añorar los despachos oficiales, incluso cuando alegan, en tono idealista trasnochado, que jamás podrá construirse un despacho más amplio que la tierra, ni más pequeño que el universo, pues las dimensiones, y las distancias, y los conceptos, se alteran de acuerdo con la perspectiva, y con el hombre y con la vida.

No, no haga caso. Siga adelante. Recuerde siempre a Maquiavelo, a Voltaire, a Talleyrand, a los maestros de la falacia y de la intriga; pero cuidado, jamás debe citarlos, ni entre amigos. Nombre autores que se reputen intachables o que se ignoren. Preferiblemente, muertos. Tenga precaución con la Iglesia y las Ejércitos, que nunca se sabe… Y no olvide posar del perfil bueno.

¡Valor, amigo!. La dura carga que su vocación comporta pasará. Nada dura demasiado. Pero, entretanto, cumpla con tenacidad y energía su objetivo. No, naturalmente, el que promete, sino el otro.

Recuerdos a lo amigos secretos, a los financiadores, a los tapados, a los dueños del resorte… ¡Qué no daría yo por conocerlos!

Pero eso, a mí, me está vedado.

Post scriptum: Ya puestos en faena, dígame, en confianza, ¿a Vd. le gusta, de verdad, de verdad, la política? Yo creo que la fascinación del poder se parece a la que siente una mariposa cuando se aproxima al fuego que la destruirá; o la del ojo que ve aproximarse la volandera e inflexible caca del vencejo; o al gato que parece hipnotizado por los faros… O sea, que el poder no es que corrompa, sino que jode a tope. Se necesita, claro, ver las cosas desde otras perspectivas, pero así es: nos han convencido de la imposibilidad, de la inexistencia de otras dimensiones, y vamos como anélidos confusos mascando tierra por los siglos de los siglos Amén.

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