No-vela. (El potentado).

Capítulo 6

Los socios.

Ruphert Kazig dirigió el yate lentamente hacia la bocana del puerto. Le gustaba sentir entre sus manos la pequeña rueda de piel que gobernaba los potentes motores Volvo de 500 HP. En alta mar había recordado una antigua lectura, que ahora revivía con precisión, mientras divisaba la línea de amarres.

“Ese toro solitario / que corre entre los olivos

no sé lo que va buscando.

De repente se ha parado / para sentirse más solo;

más solo en medio del campo”.

Por un instante hubiera dado cuanto tenía, bien o mal adquirido, a cambio de aquella soledad que se hacía fuerte. Un sistema holográfico interno generaba imágenes singulares en su mente: se veía bufando el aire inmenso de la pradera, interminable como su libertad. ¡Libertad! Para conquistarla había luchado toda su vida. Se repetía: sólo para eso. Para sentirla muy dentro, en la misma raíz de eso que llamamos alma. El soplo del espíritu, la dudosa ambición de infinitud, el anhelo ¿imposible? de ser dioses.

Ruphert Kazig esbozo algo discernible como una sonrisa. Pocas cosas eran ya imposibles en estos albores del milenio, cuando hasta la conquista del universo se mostraba ya casi al alcance de la mano. Sólo la muerte resistía… ¿Por cuánto tiempo?

Dejó las últimas maniobras del atraque para la tripulación. Descendiendo al muelle, alargó su vista hacia la silueta del “Nabuco”. No le gustaban los yates ostentosos de algunos de sus amigos. ¿Amigos? Aliados más bien. Sintió que en aquel entorno no eran individuos, sino intereses… Y esa misma sensación le acompañó al estrechar la mano de los tres hombres que le aguardaban en sendos reservados del Nautic Club, a horas distintas y sin conocerse entre sí.

No resultó difícil. Cuando los bancos le denegaron el primer millón solicitado en préstamo, reflexionó hasta dar con la causa: había pedido poco. Más tarde, el crédito, con las mismas garantías, fue de cien millones. Fue la primera lección útil en su azarosa vida de despachos financieros. “Donde se cultiva el dinero, como lechugas sintéticas, sólo atienden a los grandes. El resto es un simple espejismo”. Cuando llegó el vencimiento del préstamo, pidió y obtuvo otro mayor con el que pagó el primero. Este sistema de amortización le fue bien hasta llegar a los mil. Luego todo fue aún más sencillo.

Los tres acompañantes reunían una considerable suma de dinero negro, producto de operaciones especulativas y beneficios no declarados. “Ese cabrón de Cordell  el ministro de economía   quiere quedárselo todo, y repartirlo entre sus amiguetes”. Era la consigna para establecer una peculiar epiqueya legal. Defraudar a Hacienda no tenía nada que ver  casi era al contrario   con la moralidad, la ética o los principios de cooperación social y solidaridad.

También aquello resultó fácil para Kazig: establecer pactos nugatorios con estos chorizos privilegiados tiene cien años de perdón. Además, sólo estaba ofreciendo beneficios.

Para el gallego Max Fernández, enriquecido oscuramente  se suponía que como contrabandista de artículos ‘blandos’, no drogas, no armas   colocar mil quinientos millones al treinta por ciento suponía un auténtico respiro. El armario donde guardaba la pasta en su caserón de la aldea comenzaba a tener boquetes por donde, a ojos cegatos, escapaban los duros por millones.

El catalán, J.J. Poch, fue más remiso, al comienzo. Su ancestro puritano  ‘las trampas, honradas como quien dice’  y el talante conservador  ‘¿y qué riesgo hay?’  quedaron sepultadas bajo el pago mensual de cuatro puntos, liquidaciones en Suiza y participación, para lavado del dinero, en una sociedad con sede en la Isla de Man, perceptora de dividendos y amañadora de impuestos. Dos mil.

La conversación con Cipri Vástago fue más relajada. Cipri era el último   menos grande   de una estirpe señera en el país: políticos, científicos y hombres de letras, arruinados en su mayoría, pero cuyo apellido había abierto puertas a lo largo de generaciones y regímenes. Y de eso precisamente se trataba. Cipri, a través de sus relaciones con altos cargos de la Administración, perfectamente situado entre los oligarcas del partido en el poder, desarrollaría una tarea indagatoria y mediadora en las aportaciones de capital. ¡Cuántos fondos especiales podrían descansar en el regazo de este tinglado! El primero iba a ser su amigo Dorado, antiguo alcalde de Balaonda, que había recibido indemnizaciones millonarias por su fidelidad al régimen sociata; a él se adherirían otros chupópteros que pasaron del vespino al chófer y de pedirle al suegro a comprar fincas de recreo y penhouses de mil metros en La Castellana. Muchos le debían favores… caros. La operación era redonda: rentabilizar capital negro, colocarlo fuera y ganar más… ¡Un chollo! Cipri tenía ya unos tres mí en juego. Cinco puntos, incluyendo su comisión, cerraron el pacto.

-Y dime, -Ruphert  Vástago recompuso su figura en el espejo del reservado, tras colocar el sobre con unos millones de anticipo en el bolsillo interior de su americana-  – ¿Te queda algo a ti?

Kazig había esperado otra pregunta: Tiempo, sobre todo. La seguridad les importaba poco a ambos. ¿Quien exige garantías en un negocio así? “Señor Juez, he entregado mil millones, obtenidos de la trata de blancas, a este caballero, a cambio de un interés del cuarenta por ciento al año. Me prometió blanquearlo a través de una sociedad fantasma constituida en Gibraltar. Ahora, sin embargo, dice que ni me lo devuelve, ni lo coloca fuera, ni nada de nada. ¿Qué hacemos?”.

Algo o nada. ¿Qué importa? Quiero que esto te favorezca a ti. ¡Ya es hora de que saques un buen pellizco, amigo!  Le palmeó la espalda, sonriente.

A Cipri no le parecía mal, desde luego. Claro que estaba seguro de que al golfo de Ruphert le caerían dos o tres puntos más. Pero eso no le preocupaba: era parte del juego. ¡Y necesario! Sin chupar no hay interés.

-Quiero que conozcas a Rujalta – añadió. ¡-Te gustará!  -pensaba: es tan ladino como tú. Sólo que él se vende únicamente por dinero, y tú aceptarías también algo de poder, ¿verdad?

-¡Espero que no!  respondió Cipri con una sonrisa maliciosa de político. ¿Sabes, Ruphert?  se inclinó hacia su aliado. Hablaba señalándose a sí mismo con el índice  . ¡Yo no hago esto porque me guste! Tampoco me agradan esas gentes, como tu Ismal. Actúo así porque llevo dentro un demonio que me obliga a ello, a poseer más y más dinero para tirarlo, como hago con las mujeres y con las conciencias. En el fondo, muy claramente, lo hago porque estoy harto de esta hipócrita sociedad que adula a tipos como nosotros. ¡Para joderla aún más!

El otro dio una vuelta mecánica a su vaso, sin mirarle.

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