Manual para padres. (Carta del bebé).

Querido papá:

Como ya sabes que los niños decimos siempre la verdad hasta que los mayores nos enseñáis a mentir para ejercitarnos en el difícil arte de la vida, debes aceptar lo que sigue sin pestañear; si te molesta, te aguantas, y, si te gusta, mejor. Naturalmente, soy aún demasiado joven -dos meses justos- para mentir, así que olvida la reticencia y no desvaríes: lo que digo son verdades de tamaño natural.

En primer lugar, el hecho simple y llano de tener una hermana cuatro años mayor, es signo inequívoco de tu falta de delicadeza para conmigo; pese a mi más potente fiereza de varón, son, querido padre, demasiados años los que mi linda hermanita me lleva de adelanto, de suerte que me va a resultar difícil, o quizás imposible, superar este escollo; ella siempre me dará capones con la barbilla durante nuestras respectivas infancias, y el hecho – en el que piensas al leer estas líneas – de que más tarde, como hombre que soy, creceré y pensaré más que ella, no me consuela. Ese débil argumento quiebra su aparente fuerza ante el hecho inequívoco de que cuando ese momento llegue ya no se producirán las maravillosas situaciones de disputa del chocolate, arrebato de muñecos y fuga subsecuente, tirón de pelos impune, bocadillo más grande, dominio en la elección y desarrollo de actividades lúdicas, lo que vosotros denomináis con esa peculiar autosuficiencia producto de la ignorancia, juegos y cosas de niños … El hecho, sobre el que he meditado, de mear más lejos, gritar más fuerte y comer más deprisa, no creo que sea, no siquiera en conjunto, suficiente para combatir la preeminencia establecida y, sin duda, dispuesta a mantenerse, de mi preciosa hermana pues tiene ésta demasiado carácter incluso para dejarse avasallar por sus iguales en edad, sean o no de sexo opuesto. Créeme si te digo, con más irritación que benevolencia ante la cara de estupor que pones ahora, que cuanto más pienso en ello, mayor es mi cabreo.

Pero no desearía trastocar el orden cronológico de mis reivindicaciones, como decís vosotros para complicaros la vida cuando queréis decir quejas o demandas, o sea, que pedís alguna cosa. No es que desee causarte un problema más, máxime cuando, siquiera en parte, comprendo tu situación rodeado de mujeres en casa, y con la única válvula de escape psicológica que te supone mi presencia. Debes agradecer por ello mi venida al mundo más aún de lo que haces ahora. Especialmente cuando te dedicas a hacer carantoñas y cucamonas a tu hija, mi hermana, que ha tenido cuatro años para ella sola, y a la que encima llamas, incluso en mi presencia, “ mi niña “ y “ mi tesoro “, además de otros calificativos que no me atrevo a reproducir tanto porque me producen santa indignación como por su específica blandenguería y padracismo. (Para que no te quedes con la duda, diré unos pocos, los menos comprometidos: “gatita”, “currucheta”, “barrigas guapas”, “culito lindo”, “chispita”, “lo que yo más quiero” … ).

Has tenido, además, la osadía de asignarle ángeles de la Guarda -Botitas y Redondín- cosa que no has hecho conmigo (sin duda porque no puedes quitarte de en medio tus compromisos nocturnos hacia mí con una referencia a que “ya te acompañan Redondín y Botitas” , como haces con ella ). Y le inventas cuentos como los de “Gordinflón y Tocinillos“, “El valle del algodón”, “El niño que se convirtió en sol”, “Albar, Mu y Galapar” … Mientras que a mí me cuentas de qué capacidad es el biberón, y tu facilidad de comunicación prácticamente se reduce a repetir: “AJO, AJO” y “GUAPO, PAPA”, con la insólita pretensión de que yo, un niño inteligente sin duda, pierda el tiempo repitiendo semejantes chorraditas.

Por ello, no debes extrañarte de que sonría poco, y ría abiertamente menos aún. ¿Cómo voy a sonreír si me llevas al salón después de pedirlo insistentemente a voz en grito durante muchísimo tiempo, justo cuando ponen el telediario ? ¿ Acaso no has caído, querido papi, en que a mí me gustan las cosas buenas y bellas, como los colores, la leche de mejor calidad, la luz, que yo veo como tú no puedes recordar, entre un celaje de fantasía en relieve, la música suave, el murmullo de una rama mecida por el viento, el agua fresca, el baño tibio, la crema en el culito, los pañales suaves, y los programas de dibujos de la tele, caramba, que son los únicos que pueden verse sin preocupación ?.

Comprendo tu buena voluntad, y debo reconocer que algo de lo dicho haces. Pocas cosas, cierto es, y aún éstas bastante mal; reconoce que eres un deficiente manual. Cuando me cambias los dodotis, o los pañales, siempre me dices “¿¡Qué le pasa a este niño?! Y me consuelas porque protesto, estornudando y suelo gritar también oprimiendo sin tasa mis mofletes, cosa que me incordia profundamente. (Tanto que ansío tener una doble hilera de filósofos incisivos para castigar tu impertinencia con semejante conducta; un hábil y rápido movimiento de cara, y te pillaré los dedos con los que machacas mis carrillos entre las tenacitas de mis dientes; y ello impunemente, es la ventaja de ser un bebé en mi casa: que no te pegan nunca). Pues bien … ¿ Qué me pasa ? … Me pasa que me mueves de un lado a otro, arriba y abajo, como si estuvieses haciendo una tortilla, de forma que se me altera todo el cuerpo; además tardas tanto que voy a coger un resfriado permanente, y, a mayor abundamiento, aprietas muchísimo la gasa, la tela, el plástico, lo que sea, oprimiendo la barriga sin tasa. Por favor, acude a la escuela de matronas, o abstente, en lo sucesivo, de cambiarme; al menos, pon más cuidado, y te daré una nueva oportunidad.

Otra cuestión que altera profundamente mi equilibrio psicofísico es la manía ancestral, seguida fielmente por ti, de mantenerme casi indefinidamente en una cuna mínima, prácticamente en la misma posición, en multitud de ocasiones privado del chupete, cubierto por espesísimas telas que impiden el pataleo, o lo dificultan, desterrado en la semipenumbra constante de una habitación, con idéntico paisaje ante mi vista … Es decir, abandonado como una maceta, a la que periódicamente se riega – se alimenta – y se mueve un poquito, o se aderezan sus hojas o sus flores. En semejantes circunstancias, ¿ No te parece justificado plenamente que proteste con energía, sin ambages, habitualmente ? Si, por el contrario, tú me sacaras de la cuna con mucha mayor frecuencia de la necesaria para darme el biberón, y me pasearás por las habitaciones mostrándome libros, cuadros, plantas, objetos, personas y otros animales, yo estaría mucho más satisfecho, tal vez descansaría mejor y asimilaría con mayor plenitud mis alimentos.

No quisiera agotar tu ya menguada paciencia con estas declaraciones, si bien considero que debes aceptar su validez y adoptar las pertinentes medidas de inmediato. Un par de cosas añadiré antes de terminar. Acerca de las comidas, que pretendes reglamentar rígidamente en cuanto a horarios, contenido y cantidad, te sugiero instales junto a mi cuna un fichador, me proveas de las correspondientes fichas y me exijas el cumplimiento estricto de las condiciones impuestas que señalo, deduciéndome tantos centímetros de biberón como minutos me anticipe o atrase respecto al horario impuesto adhesivamente por ti … ¿ Te ríes ? No lo hagas, pues no tiene gracia en absoluto. Debes saber que si te pido la comida antes, es porque tengo hambre; y si no la quiero es porque no tengo ganas … ¿ Que ya lo sabías ? ¡ Ah, gran hombre y gran cerebro ! … En ese caso. ¿por qué actúas como si no lo supieras ? Tal vez porque no te importe un comino … ¿ Sabes qué te digo ? Pues que si quieres disciplinar a alguien, disciplínate tú, que comes exactamente la cantidad que deseas y cuando quieres – supuesto que tengas dinero, claro, que es otra cuestión en la que no entro por razones de solidaridad, o de disciplina a alguien mayor – y no a mí, que soy un enano y no puedo defenderme.

El horario, finalmente, que defines como “la cruz nocturna de este hijo” no es sino la manifestación más fiel de mi concordia; por eso, para estar de acuerdo en todo, te despierto, pues si yo estuviera hambriento, o asustado con las sombras desconocidas del silencio nocturno, o las huellas veladas de los sonidos quedos de la oscuridad, o en suma, sin dormir, ¿qué muestra de afecto y de amor más palpable puedes pedirme que esta manifestación de mi confianza hacia ti, quien, sin duda, conocedor de mis problemas, te aprestarías a resolverlos raudo y veloz ?.

Lástima que, como es habitual, no te enteres de mis intenciones, y te dediques sólo a bambolear mi cuna y a mascullar imprecaciones irrepetibles entre dientes. con lo cual, una vez más, me muestras tu escasa inteligencia, pues los dos permanecemos en vigilia … Pero yo duermo durante el día cuando quiero.

Hasta la próxima, tu idolatrado hijo.

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