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CARTA DE DIÓGENES A ALEJANDRO.

30 mayo 2010

DE DIÓGENES A ALEJANDRO

Mi pobre rey:

Recuerdo vagamente tu rostro, velado por surcos diminutos, en el contraste plácido del sol que nos sirvió de espejo. Tú mirabas ante él los abalorio y las joyas; yo únicamente su dorado fuego. Nunca comprendiste por qué sonreía, ni te paraste a meditar que tu miserable riqueza era la causa de mi jolgorio.

Sin embargo, algo quedó confusamente prendido en las manos que no alcanzabas a estrechar; y esa turbada medida de los sueños reprodujo durante unas noches semivigilantes tu pupila de halcón herido en mi recuerdo. Por eso te escribo, ahora que ya no esperas mi presencia, ni añoras tu soledad; cuando nada podrá evitar la pérdida de nuestra comunicación, diáfana y sutil como las nubes delgadas.

Porque entre nosotros existió un inefable lazo, que sólo pudieron conocer los dioses y que tú y yo compartimos con las rumorosas alondras: la distancia que pudo separarnos, a ti te alejaba la felicidad, a mí me aproximaba a la ambición. Aquella tarde, tras tu despedida silenciosa, con solo el crispado aleteo de tus mantos y el estallido rutilante de tus armas estorbando ese quedo desdén con que los tiranos soléis mostrar vuestro estupor, caminé largo rato entre los pinos y los arbustos de un rincón solitario de la colina. Duermo allí con frecuencia, y es en ciertos aspectos un lugar de reunión con los hados. Mi mente, que reúne tantas perversiones como la tuya, si bien tan opuestas, navega a cielo abierto por rutas inexplorada, llena del ansia de libertad que justifica la pobreza. Aquella tarde, digo, yo acudí a mi rincón, atraído por la fuerza que tú ignorabas haber dejado flotando en mis dudosas certezas. Y aprendí, puedes creerlo, la iniciática verdad de los desafíos.

Porque ese no había sido, rey, tu propósito único; te llevó a mi tonel la curiosidad, pero también tu propia dialéctica interior, íntima como el escozor de la garganta, tan unida a ti como el mismo aliento. Y en nuestro encuentro, ambos fuimos paladines de la idea contraria a aquella que parecíamos defender. Tú, porque nunca rescataste del cautiverio al esclavo que yo representaba; y yo mismo, porque la desazón me atrajo hasta las ventanas iluminadas por el fuego de tus secretas orgías.

Reconocerás, pues, que esta carta se envía sólo por cuanto eres el único destinatario posible de mi pensamiento, que es el tuyo, y que yo recojo como un espigador lo hace con el grano. La única cosa común entre nosotros dos pudo ser el mutuo despecho, pero quien así piense, yerra; y se equivoca tanto como quizá lo hicimos tú y yo ante la insólita mirada del astro cuya luz, recuérdalo, me hurtabas sin pretenderlo. En aquel instante no fui capaz de percibir lo que más tarde, enfrentado a mi vacío de escorpión, punzado por los aguijones del imposible veneno, pude ver con toda nitidez.

Alejandro magno, el Grande, sí, tenía la misma sombra de Diógenes, el can, el ladrador perro, sin luces con que alumbrar su propia alma. Tú y yo buscábamos la misma cosa; nos buscábamos a nosotros mismos, al hombre que jamás encontraremos.

Porque al filo de los tiempos inmortales, en la desvelada claridad de los crepúsculos, nuestras sombras quedaron confundidas, se hicieron solo una; yo protesté por ello, y así te lo dije. Tu callabas. También lo habías notado. Por eso no hubo entre nosotros un “adiós”, ni un “hasta luego”, ni un “te dejo”… Las crónicas ineptas lo imaginan. Nosotros conocemos la verdad.

Tú y yo, simples y opuestos, éramos, somos y seremos, la misma y contradictoria esencia de la especie. El mismo, el único hombre sobre la tierra.

Desde el espejo del común paisaje, te saludo

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No-velas. (El potentado) 24-25

28 mayo 2010

Capítulo 24

El error

En los últimos meses, una huida hacia delante-la estrategia de los desesperados- estuvo a punto de salvarle. Planeó con frialdad antológica una supuesta conexión suizo-alemana, que concedería un crédito en divisas por diez mil millones a una empresa con diez millones de capital.

-Ya lo han hecho otros antes. Me he informado bien… Algunos bancos han quebrado por eso, o casi. Por ejemplo, Miguel del Clavel, el gerente del M.I.O. en Europa; y el Presidente de la Banca Pirena, de Barcelona.

Su asesor falsificó balances y memorias. No hubo problemas. Tampoco por los cohechos administrativos.

-Su pasaporte estará en tres días, señor Rujalta.

Pero llegó el informe de Interpol y con ello el revulsivo general.

El comisario Díaz arrojó el palillo al cenicero.

-Es por no fumar, ¿sabe? Me entretengo con algo en la boca… -medio sonrió, bajo el bigote ralo- ¡Otros se muerden las uñas, y es peor!

Con las últimas palabras, introdujo el grueso fajo de billetes en el maletín de cuero que su interlocutor le tendía. En él reposaban cientos de compañeros azulados…

-Sabe –el comisario Díaz se incorporó, situando el portafolios en una caja fuerte adosada a la pared, oculta por un retrato gastado- es difícil encontrar hoy gente sana… Sus amigos, por ejemplo. Ya ve; no puede confiarse en nadie… me ofrecieron dinero –meneó la papada en una risa gutural, sarcástica- por retirarle a usted el pasaporte… Y más por meterle en chirona. –Volteó la cerradura de seguridad de la Caja. Guardó la llave en un bolsillo del chaleco-. Pero yo creo en usted, señor Rujalta, sí señor. Y no lo hago por la pasta, desde luego, aunque me viene bien, claro… Son muchos años trabajando como un cabrón por un miserable sueldo, mientras los chorizos y la mitad de los jueces se forran, amparados por esos políticos de mierda, que usan nuestros impuestos para engordar sus cuentas y la de sus barraganas.

A Rujalta no le cabía duda alguna respecto a la moralidad del comisario. Por eso había preparado una compensación satisfactoria desde el momento en que recibió la citación.

-Algún acreedor nervioso –sentenció su abogado-. No te preocupes. Afortunadamente, el sistema judicial español no funciona. Podemos tirar con recursos y demoras el tiempo que haga falta.

Pero a Ismal le parecía poco.

-¡No basta con eso! –Había recuperado su iracundia natural. O, como opinaba Cipri, “su ser atrabiliario”-. ¡Quiero que desaparezcan sus papeles!

Algunos leguleyos hacían carrera manejando los billetes de los estafadores consagrados, quienes no pedían “cuentas detalladas”.

Ismal los elegía con especial intuición. Sabía que parte del dinero urgido para “sobornos y cohechos” se destinaba al bolsillo del intermediario, cuya falsa honorabilidad le obligaba a esta hipócrita conducta.

Aquella vez sin embargo la cosa era diferente.

La Interpol había remitido una orden de busca y captura internacional, por delitos de estafa y falsificación, y procedimientos por perjurio y soborno instados en varios países. Una Agencia de detectives había seguido su pista bajo los auspicios del gobierno turquio, por evasión de impuestos… y de la cárcel misma.

El juez decano de Madrid había tramitado la comisión rogatoria de su colega belga por fraude bancario.

El círculo se cerraba.

Sus cómplices se apiñaban o huían. Según sus temores o posibilidades.

Hasta que cometió el error de los cheques sin fondos. Un delito menor, pensaba él. Sus asesores, en esta ocasión, se equivocaron. Gerardo Bastián, abogado de Hierros Cántabros, S.A. conocía muy bien la sistemática procedimental. Por eso, tras presentar en el Juzgado de Guardia la querella, se fue derecho a la Comisaría.

  • Quiero poner una denuncia por expedición de cheques sin fondos.

Los funcionarios miraban asombrados las cifras.

  • Creo que puede tratarse de un estafador internacional… El caso puede resultar de órdago.

-Un caso sonado –el inspector suplente, recién salido de la Academia, se veía en titulares de prensa: “Brillante servicio de…”, “Inspector de policía desenmascara red de…”.

El abogado asintió.

-Además, se prepara para huir al extranjero.

Era lo que faltaba. Poco después, una pareja de guardias, con instrucciones precisas, acompañaba al inspector. Las esposas de metal tintineaban en sus bolsillos.

Seis horas más tarde, las esposas aún tintineaban en los bolsillos. Sin embargo, la chaqueta aparecía más abultada. Un fajo de billetes de quinientos dólares se apretaba cerca del corazón del servidor de la ley y el orden.

-¡Créame, señor comisario! ¡Jamás, jamás –apuntaba con su índice enhiesto y en el potente cuello las arterias estallaban- he fallado a nadie! Esto –los cheques sin fondos, los pagarés incumplidos que evidenciaban el vacío de la pseudo empresa- no significa nada. ¡Han cobrado mucho, mucho! ¡Mas de lo que invirtieron!

El inspector se acomodó en el sillón de cuero gris.

-Luego… hubo inversión.

Rujalta sacó el tono de miura. Las ventanillas de su nariz en fuelle.

-¡Si alguien me ataca lo pagará caro, eso se lo juro a usted, señor Comisario!.

El otro no se inmutó. Las bravatas le impresionaban poco. “Ya lo están pagando caro” –pensó.

-Señor Rujalta, tengo orden de detenerle.

La voz sonó directa y seca.

-Salvo que… lleguemos a un rápido y eficaz acuerdo.

Capítulo 25

El experto

Piero Roca conectó el fax de su apartamento –despacho. La llamada de la oficina fantástica kuwaití le había disparado los resortes. Tal vez aquel asunto mereciera una atención especial. Es cierto que sonaba a ¿estafa? No exactamente. El tal Rujalta parecía obedecer consignas de terceros… o similar ignorancia en cuestiones demasiado elementales. ¿A caso tendría el síndrome del paranoico? Unas cuantas fotocopias de fórmulas estándar, unas Memorias artificiales, Balances falsos, olvidados por profesionales corruptos… ¿Para avergonzarse a sí mismo?

El fax tintineaba profusamente, tal vez interesado en las prisas del amo.

-¿Pero esto no sirve para nada!

Piero Roca telefoneó entonces a su contacto suizo. Tenía su gracia esto de los helvéticos –pensaba mientras marcaba en el dial- un engendro de burócratas y usureros, silenciosamente iluminadores del mundo financiero. Con el consenso de los defraudadores y los tramposos que pululan por doquier, generados por los sistemas falsamente socializadores de los gobiernos (liberales), y sus obsesiones recaudatorias.

– Domini? Allô, mon ami! Comment Ça va?

Una voz gutural farfulló salutaciones cosmopolitas al otro lado de la línea. Dimitri Misrub, experto en tratados de doble imposición, bonos basura, créditos en divisas, juegos de diferenciales de interés, avales financieros y sobornos escatológicos. La mitad de los empleados de L´Union des Finances Suissiens eran mediadores enriquecidos por Misrub.

El juego esquizoide de un puesto estable y mal pagado en las mesas de decisiones intermedias y las facilidades urgidas en los movimientos de firmas e inferencias, documentos que vuelan, sellos que nacen, apuntes fantasma, tan rentables como un año de supuesto duro bregar.

Quince minutos más tarde, los dos hombres habían convenido los términos del asunto. Curiosamente, no mencionaron los porcentajes de sus respectivas ganancias. Ello tenía su explicación: pensaban engañarse, al fin y al cabo, como buenos rufianes.

Desde siempre –el término es, como casi todo, convencional- los dueños de los resortes legales y económicos habían dispuesto sofisticados mecanismos a través de los cuales podían sortear las obligaciones del resto de los mortales y disfrutar de los privilegios del trinque. En todas las legislaciones, de común acuerdo, disponen instrumentos adecuados: huecos fiscales como ventanas en un búnker común. Decretos y circulares, disposiciones menores que fecundan leyes antinaturalmente, para beneficiarse de exenciones, subvenciones, créditos, etc.

Compras de emisiones oficiales de bonos, fabricadas a medida para enriquecer a los siete grandes y sus consejeros, apoyadas en la diplomacia del dinero, que labora en la sombra de los despachos de influencia. Portogar, Brezil y Ostris son países que juegan así con los financieros del Reino de Hispana, con el que conciertan tratados de exención fiscal. Así, los Bancos avalan ese crédito de compra de bonos, cuyos rendimientos están libres de impuestos, desgravándose por el coste teórico del aval y luciéndose con el interés real de los bonos. Expertos en ingeniería financiera -la mayor parte de ellos ponentes de los textos hacendísticos, catedráticos, inspectores del fisco, funcionarios de élite que labran su brillante futuro en la empresa privada tras unos años de servicio en la sombra al capital, desde sus puestos en la administración- construyen enredos triangulares para percibir comisiones y diferenciales de operaciones de los que sólo se ven los dividendos=embarques de crudo para refinerías ahítas de stock, reinversiones de plusvalías, compras de empresas técnicamente quebradas, reflotables tras acuerdos pactados, para vender a inversores institucionales –fondos de Pensiones, oficinas de países enriquecidos artificialmente, como la UKIO, etc. Enjuagues informativos –las cadenas de TV y radio, la Prensa, el control editorial- organizaciones de congresos, manipulaciones electorales, enjuagues con el I.P.C. y los precios, importaciones de bienes cuya producción aborigen es más barata, y un sin fin de interferencias en Cías. de toda laya. Parte de los directivos se beneficia íntegramente de las transacciones, bajo la apariencia de inversiones productivas, por las que cobren comisiones en dinero B. Amnistías fiscales periódicas y un rosario interminable de habilidosos contactos –funcionarios a doble sueldo, se unen a las manipulaciones en los pagos y retenciones de impuestos, contratos para obras y servicios, falsos cursos, siniestros provocados o inexistentes y reservas ficticias en seguros.

Pero lo más importante, sin duda, eran los juegos bancarios. De la Banca oficial principalmente. Navieros como Hichuel y Spiros obtuvieron su fortuna a través de créditos impagados y subastas de los barcos requisados a la centésima parte de su valor. Banqueros como Rostolch y Marqués, Zapatino y Rojocuni (los mafiosi aristocratici) lo hicieron –además de la usura heredada de las familias terratenientes centroeuropeas y las Compañías de seguros que financiaban sus falsos accidentes- a través de créditos estatales concedidos a la vigésima parte de su nominal, expropiaciones manipuladas, pagando en monedas teóricas y cobrando después por la totalidad en dólares, situados en su mayor parte fuera del país. Justificaban la operación con avales arbitrarios o mediante informes y certificados falaces. Parte de estos beneficios enriquecían a sus protectores, políticos perdularios y venales, situados en las más altas posiciones del Estado.

Capítulo 24

El error

En los últimos meses, una huida hacia delante-la estrategia de los desesperados- estuvo a punto de salvarle. Planeó con frialdad antológica una supuesta conexión suizo-alemana, que concedería un crédito en divisas por diez mil millones a una empresa con diez millones de capital.

-Ya lo han hecho otros antes. Me he informado bien… Algunos bancos han quebrado por eso, o casi. Por ejemplo, Miguel del Clavel, el gerente del M.I.O. en Europa; y el Presidente de la Banca Pirena, de Barcelona.

Su asesor falsificó balances y memorias. No hubo problemas. Tampoco por los cohechos administrativos.

-Su pasaporte estará en tres días, señor Rujalta.

Pero llegó el informe de Interpol y con ello el revulsivo general.

El comisario Díaz arrojó el palillo al cenicero.

-Es por no fumar, ¿sabe? Me entretengo con algo en la boca… -medio sonrió, bajo el bigote ralo- ¡Otros se muerden las uñas, y es peor!

Con las últimas palabras, introdujo el grueso fajo de billetes en el maletín de cuero que su interlocutor le tendía. En él reposaban cientos de compañeros azulados…

-Sabe –el comisario Díaz se incorporó, situando el portafolios en una caja fuerte adosada a la pared, oculta por un retrato gastado- es difícil encontrar hoy gente sana… Sus amigos, por ejemplo. Ya ve; no puede confiarse en nadie… me ofrecieron dinero –meneó la papada en una risa gutural, sarcástica- por retirarle a usted el pasaporte… Y más por meterle en chirona. –Volteó la cerradura de seguridad de la Caja. Guardó la llave en un bolsillo del chaleco-. Pero yo creo en usted, señor Rujalta, sí señor. Y no lo hago por la pasta, desde luego, aunque me viene bien, claro… Son muchos años trabajando como un cabrón por un miserable sueldo, mientras los chorizos y la mitad de los jueces se forran, amparados por esos políticos de mierda, que usan nuestros impuestos para engordar sus cuentas y la de sus barraganas.

A Rujalta no le cabía duda alguna respecto a la moralidad del comisario. Por eso había preparado una compensación satisfactoria desde el momento en que recibió la citación.

-Algún acreedor nervioso –sentenció su abogado-. No te preocupes. Afortunadamente, el sistema judicial español no funciona. Podemos tirar con recursos y demoras el tiempo que haga falta.

Pero a Ismal le parecía poco.

-¡No basta con eso! –Había recuperado su iracundia natural. O, como opinaba Cipri, “su ser atrabiliario”-. ¡Quiero que desaparezcan sus papeles!

Algunos leguleyos hacían carrera manejando los billetes de los estafadores consagrados, quienes no pedían “cuentas detalladas”.

Ismal los elegía con especial intuición. Sabía que parte del dinero urgido para “sobornos y cohechos” se destinaba al bolsillo del intermediario, cuya falsa honorabilidad le obligaba a esta hipócrita conducta.

Aquella vez sin embargo la cosa era diferente.

La Interpol había remitido una orden de busca y captura internacional, por delitos de estafa y falsificación, y procedimientos por perjurio y soborno instados en varios países. Una Agencia de detectives había seguido su pista bajo los auspicios del gobierno turquio, por evasión de impuestos… y de la cárcel misma.

El juez decano de Madrid había tramitado la comisión rogatoria de su colega belga por fraude bancario.

El círculo se cerraba.

Sus cómplices se apiñaban o huían. Según sus temores o posibilidades.

Hasta que cometió el error de los cheques sin fondos. Un delito menor, pensaba él. Sus asesores, en esta ocasión, se equivocaron. Gerardo Bastián, abogado de Hierros Cántabros, S.A. conocía muy bien la sistemática procedimental. Por eso, tras presentar en el Juzgado de Guardia la querella, se fue derecho a la Comisaría.

  • Quiero poner una denuncia por expedición de cheques sin fondos.

Los funcionarios miraban asombrados las cifras.

  • Creo que puede tratarse de un estafador internacional… El caso puede resultar de órdago.

-Un caso sonado –el inspector suplente, recién salido de la Academia, se veía en titulares de prensa: “Brillante servicio de…”, “Inspector de policía desenmascara red de…”.

El abogado asintió.

-Además, se prepara para huir al extranjero.

Era lo que faltaba. Poco después, una pareja de guardias, con instrucciones precisas, acompañaba al inspector. Las esposas de metal tintineaban en sus bolsillos.

Seis horas más tarde, las esposas aún tintineaban en los bolsillos. Sin embargo, la chaqueta aparecía más abultada. Un fajo de billetes de quinientos dólares se apretaba cerca del corazón del servidor de la ley y el orden.

-¡Créame, señor comisario! ¡Jamás, jamás –apuntaba con su índice enhiesto y en el potente cuello las arterias estallaban- he fallado a nadie! Esto –los cheques sin fondos, los pagarés incumplidos que evidenciaban el vacío de la pseudo empresa- no significa nada. ¡Han cobrado mucho, mucho! ¡Mas de lo que invirtieron!

El inspector se acomodó en el sillón de cuero gris.

-Luego… hubo inversión.

Rujalta sacó el tono de miura. Las ventanillas de su nariz en fuelle.

-¡Si alguien me ataca lo pagará caro, eso se lo juro a usted, señor Comisario!.

El otro no se inmutó. Las bravatas le impresionaban poco. “Ya lo están pagando caro” –pensó.

-Señor Rujalta, tengo orden de detenerle.

La voz sonó directa y seca.

-Salvo que… lleguemos a un rápido y eficaz acuerdo.

Capítulo 25

El experto

Piero Roca conectó el fax de su apartamento –despacho. La llamada de la oficina fantástica kuwaití le había disparado los resortes. Tal vez aquel asunto mereciera una atención especial. Es cierto que sonaba a ¿estafa? No exactamente. El tal Rujalta parecía obedecer consignas de terceros… o similar ignorancia en cuestiones demasiado elementales. ¿A caso tendría el síndrome del paranoico? Unas cuantas fotocopias de fórmulas estándar, unas Memorias artificiales, Balances falsos, olvidados por profesionales corruptos… ¿Para avergonzarse a sí mismo?

El fax tintineaba profusamente, tal vez interesado en las prisas del amo.

-¿Pero esto no sirve para nada!

Piero Roca telefoneó entonces a su contacto suizo. Tenía su gracia esto de los helvéticos –pensaba mientras marcaba en el dial- un engendro de burócratas y usureros, silenciosamente iluminadores del mundo financiero. Con el consenso de los defraudadores y los tramposos que pululan por doquier, generados por los sistemas falsamente socializadores de los gobiernos (liberales), y sus obsesiones recaudatorias.

– Domini? Allô, mon ami! Comment Ça va?

Una voz gutural farfulló salutaciones cosmopolitas al otro lado de la línea. Dimitri Misrub, experto en tratados de doble imposición, bonos basura, créditos en divisas, juegos de diferenciales de interés, avales financieros y sobornos escatológicos. La mitad de los empleados de L´Union des Finances Suissiens eran mediadores enriquecidos por Misrub.

El juego esquizoide de un puesto estable y mal pagado en las mesas de decisiones intermedias y las facilidades urgidas en los movimientos de firmas e inferencias, documentos que vuelan, sellos que nacen, apuntes fantasma, tan rentables como un año de supuesto duro bregar.

Quince minutos más tarde, los dos hombres habían convenido los términos del asunto. Curiosamente, no mencionaron los porcentajes de sus respectivas ganancias. Ello tenía su explicación: pensaban engañarse, al fin y al cabo, como buenos rufianes.

Desde siempre –el término es, como casi todo, convencional- los dueños de los resortes legales y económicos habían dispuesto sofisticados mecanismos a través de los cuales podían sortear las obligaciones del resto de los mortales y disfrutar de los privilegios del trinque. En todas las legislaciones, de común acuerdo, disponen instrumentos adecuados: huecos fiscales como ventanas en un búnker común. Decretos y circulares, disposiciones menores que fecundan leyes antinaturalmente, para beneficiarse de exenciones, subvenciones, créditos, etc.

Compras de emisiones oficiales de bonos, fabricadas a medida para enriquecer a los siete grandes y sus consejeros, apoyadas en la diplomacia del dinero, que labora en la sombra de los despachos de influencia. Portogar, Brezil y Ostris son países que juegan así con los financieros del Reino de Hispana, con el que conciertan tratados de exención fiscal. Así, los Bancos avalan ese crédito de compra de bonos, cuyos rendimientos están libres de impuestos, desgravándose por el coste teórico del aval y luciéndose con el interés real de los bonos. Expertos en ingeniería financiera -la mayor parte de ellos ponentes de los textos hacendísticos, catedráticos, inspectores del fisco, funcionarios de élite que labran su brillante futuro en la empresa privada tras unos años de servicio en la sombra al capital, desde sus puestos en la administración- construyen enredos triangulares para percibir comisiones y diferenciales de operaciones de los que sólo se ven los dividendos=embarques de crudo para refinerías ahítas de stock, reinversiones de plusvalías, compras de empresas técnicamente quebradas, reflotables tras acuerdos pactados, para vender a inversores institucionales –fondos de Pensiones, oficinas de países enriquecidos artificialmente, como la UKIO, etc. Enjuagues informativos –las cadenas de TV y radio, la Prensa, el control editorial- organizaciones de congresos, manipulaciones electorales, enjuagues con el I.P.C. y los precios, importaciones de bienes cuya producción aborigen es más barata, y un sin fin de interferencias en Cías. de toda laya. Parte de los directivos se beneficia íntegramente de las transacciones, bajo la apariencia de inversiones productivas, por las que cobren comisiones en dinero B. Amnistías fiscales periódicas y un rosario interminable de habilidosos contactos –funcionarios a doble sueldo, se unen a las manipulaciones en los pagos y retenciones de impuestos, contratos para obras y servicios, falsos cursos, siniestros provocados o inexistentes y reservas ficticias en seguros.

Pero lo más importante, sin duda, eran los juegos bancarios. De la Banca oficial principalmente. Navieros como Hichuel y Spiros obtuvieron su fortuna a través de créditos impagados y subastas de los barcos requisados a la centésima parte de su valor. Banqueros como Rostolch y Marqués, Zapatino y Rojocuni (los mafiosi aristocratici) lo hicieron –además de la usura heredada de las familias terratenientes centroeuropeas y las Compañías de seguros que financiaban sus falsos accidentes- a través de créditos estatales concedidos a la vigésima parte de su nominal, expropiaciones manipuladas, pagando en monedas teóricas y cobrando después por la totalidad en dólares, situados en su mayor parte fuera del país. Justificaban la operación con avales arbitrarios o mediante informes y certificados falaces. Parte de estos beneficios enriquecían a sus protectores, políticos perdularios y venales, situados en las más altas posiciones del Estado.

No-velas. (El potentado). (20-24).

27 mayo 2010

Capítulo 20

Té de whisky.

Cipri Bástago rezongó.

-Lo que antes se llamaba dionisíaco o apolíneo es hoy satánico o divino. Ya lo dice la Biblia: al profeta antes se llamaba vidente. Y así con todo.

Rodrigo asentía.

-Estoy de acuerdo, Cipri. Al final hemos descubierto -recalcó la palabra- lo que desde siempre se nos había anunciado: que somos una estirpe engendrada con malas artes por señores galácticos; tal vez ángeles, quizá demonios, de tal manera que nuestra vida se complica ad nauseam.

El otro sorbía un té de whisky -el licor servido en la infusión; era una receta de su anciana tía Victoria para ocultar su afición al morapio y bebidas bárbaras. Se animó.

-¿Y podía ser de otro modo? ¡Seréis dioses! Y lo buscamos en cosas extrañas cuando está ante nosotros. Cualquier acto bien ejecutado es divino.

Rodriguito sonrió.

-¡Hombre, cualquiera…!

-¿Y puede ser de otro modo? -apuntaló el político- Si eres de esa naturaleza, pues, inevitablemente…

Le cortó su amigo.

-¿De ‘esa’ naturaleza? ¿Y por qué no de ‘otra’? Satánica, por ejemplo. Y ello explicaría muchas cosas. El mal, la violencia, el fanatismo…

-Que el poder corrompa siempre -enfatizó el adverbio- Que sólo valga el dinero como instrumento de la acción…

Hubo un instante -lentamente digerido por el oscuro tiempo- de silencio.

A Rodri le salieron sus citas.

-Los poetas coinciden. Y son los únicos iluminados de verdad, ya sabes: intuyen la verdad sin razonarla. Y los Libros Sagrados… Es verdad que Oriente fue la cuna de este mensaje, pero sus mismos artífices lo hicieron asequible a Occidente.

-Además -terció Cipri- muchos en Oriente estaban sentados encima del mensaje que dices, sin percibirlo.

-Siempre ha sido así.

Otro silencio.

Cipri apuró su té maravilloso. El humo de los cigarros impedía que pasasen cerca los ángeles.

-Oye, por cierto… ¿Cuál es el mensaje?

Rodri le miró.

Entonces, al unísono, los dos amigos rompieron en carcajadas estruendosas. Los ojos anegados en lágrimas de incontenible risa.

Capítulo 21

Nostradamus

La guerra había resucitado crecientes cohortes de adivinos, arúspices, iluminados, videntes, intérpretes ‘auténticos’ de los profetas, parásitos de salón, e innúmeros seguidores de los electos.

Una vez más, cumpliendo su ciclo interminable, las herméticas palabras de Nostradamus y del Bagavad Gita, de Jeremías y de Saint-Germain, constituían la inagotable fuente de la que taumaturgos, alevines de embaucador, embaucadores profesionales, sociedades para el estudio de lo ignoto, amas de casa desocupadas, ejecutivos al bies, y pueblo gentil, bárbaro, fiel o promiscuo, obtenía un maná adaptable. Unos lo consumían como alimento espiritual, ya que carecían del otro: eran las masas fanatizadas, a las que el injusto sistema de occidente y oriente y norte y sur dominante, capitalista o comunista o liberal o planificador -que no es ese el caso, sino la forma y el modo en que el diablo coge las riendas del galopín para que no se desboque el potro o vuele a los sueños de Pegasus- habían machacado durante siglos. El escándalo de las sociedades otrora opulentas, falsamente ilustradas, o las economías centralistas, esclavas del nomenklator, raza de funcionarios y tecnócratas, era cuando menos, el odioso escándalo del pusilánime.

-Aunque ha sido igual, coño. Parece que las guerras se inventan sólo para probar armamento, pero, ¿y la gente que cree de verdad en algo por lo que lucha?

-Hay guerras sin revolución, pero pocas. Claro que hasta eso cambia. De todas maneras, sigo pensando lo mismo: es ese cabrón de Satanás, más o menos disfrazado o despistado.

-¿El mal y el bien? Pero ¿quién lo define? ¿Y quién custodia a los guardianes?

-La armonía, claro. Es el secreto del universo. ¿Acaso no has oído hablar de las leyes de la termodinámica y cosas así?

-¡Hombre, por oír hablar! Hasta he oído que el tiempo se encoge y estira como la tripa de un borrego.

-¡Mejor a la inversa, caramba! ¡Un poco de respeto hacia los grandes principios del cosmos! Decía que otros lo consumen como deleite de sus horas perdidas -las que reputan perdidas, que son todas, incluso las del sueño, si no pueden dedicarlas a los sublimes ejercicios de la redención universal.

-Oye, eso de que somos dioses, ¿no será un slogan para reconocer a los estúpidos? Como si nuestros amos hubieran dicho: ‘En ese zoológico del universo reconoceréis los rebaños de hombres porque los muy imbéciles se creen superiores…Y no preguntéis cómo; lo demuestran tanto que es imposible no reconocerles’.

-Me dejas de piedra.

-¡Relájate y disfruta, hombre! ¡Eso sí que es propio de los dioses inmortales!

-Pues tienes razón, caramba.

Capítulo 22

La Trama

I

Para Rujalta, la ocasión era idónea. El daría con sus propias manos de sacerdote apóstata el alimento que sus fieles pretendían como salvación. Un veneno letal que iba a constituir, sin embargo, al modo homeopático, su propia salvación.

El secretario volvió enseguida.

-Señor Rujalta. Su Excelencia le está esperando.

II

Kairos había pasado de constituir una fuerza opositora en la clandestinidad, apoyada en el terrorismo –o la liberación, según el otro lado del espejo roto- a una sólida estructura, parcialmente sufragada por la CIA. La organización americana no confiaba plenamente en las capacidades de la NATO, y siendo Turquía un enclave estratégico de extremo interés, vigilaba estrechamente su posición.

Durante siglos, los enfrentamientos con los vecinos kurdos, hoy anexionados en parte, Irak y Rusia, además de sus pugnas con el occidente imperialista, había generado un recelo político, alimentado en las permanentes disputas fronterizas y étnico religiosas, similares a las de la falaz Yugoslavia, otro polvorín latente. A ello se sumaba la amenaza del extravío otomano, los problemas internos y la idiosincrasia de un pueblo abigarrado y confuso, asentado en un peligroso duermevela histórico.

Las bases de los USA y la NATO registraban una actividad creciente en aquellos días de enero de 1.991. El año capicúa del siglo XX había comenzado con mal pie. Irak resistía, como un escorpión herido, el ataque de la pantera. Se ocultaba en las rendijas y aguardaba la noche, lamiendo sus costras llagadas. Aún quedaba algo de veneno en sus entrañas, y mucho de locura en su pequeña cabeza. De ambos –veneno y locura- los barmans de la guerra obtenían un cóctel explosivo.

El embajador saludó fríamente a Rujalta.

III

La información acerca de los enclaves secretos de misiles y bases de radar en el territorio turco, especialmente en la frontera tiraquí llegó puntualmente a Bagdad.

Pero también a la oposición del régimen pro-occidental de Turquía. El pequeño y retórico secretario de cínicos bigotes era un enlace activo de Kairos, la antigua resistencia y hoy fuerza política en la sombra.

Y ello es fácilmente explicable. Durante mucho tiempo –y quizás aún seguía siendo así- el régimen tiraquí mantuvo conexiones de amistad y apoyo a la oposición turca instando en lo posible su acceso al gobierno.

Parecía por tanto normal que aquella comunicación fueres transmitida también ahora. Con la cautela que el asunto y la guerra aconsejaban.

El secretario de dientes quebradizos pensó, con justeza, que se trataba de un inestimable favor… que podría capitalizar ganase quien fuere. Y tenía razón.

Capítulo 23

El viaje

El C.I.A. advirtió al Alto Mando Estratégico en Ankara de la filtración de los datos. El nombre del espía, sus rasgos físicos, situación y características de toda índole fueron inmediatamente traducidas al lenguaje del caso.

  • Este cerdo ha cometido el mayor error de su vida…

A partir de ese momento aquella vida había dejado de valer.

En su bunker del “Bussines Center”, Ismal Rujalta podía sentirse como un emperador romano defendido por la Guardia Pretoriana. Y en efecto, la misma seguridad que tuvieron Julio César, Tiberio o Calígula tuvo ahora el nuevo potentado. Desde meses atrás una cohorte de guardaespaldas le seguía por doquier. La familia, protegida y aislada, constituía su punto más débil. Pero al nuevo señor de las moscas le importaba más su propia seguridad. Lo justificaba –tal vez con razón- en que era a él a quien buscaban, y, en todo caso, su compañía iba a causar un perjuicio más que una defensa a quien fuese.

Sonó el timbre musical. El video refractó la imagen de una diosa eslava.

– Es la chica, jefe –una puta de lujo, pedida al experto del hotel.

El otro abrió.

La joven sonreía dulcemente, dirigiendo unos ojos de destellante azul a su derredor. Ninguno de los presentes se percató del momento en que la dulce rubia comenzó a disparar. Un segundo después, el apartamento parecía un campo de batalla. Ismal, refugiado en la habitación del fondo, atisbaba las salidas. La escalera de incendios estaba copada por un par de mozalbetes con bufanda. Los reconoció, instintivamente.

  • ¡Maldita sea! ¡Son ellos, sin duda!

Profirió en lengua nativa un acre surtido de blasfemias. Un cercano estrépito de cristales rotos le impulsó a saltar. De la terraza, en el segundo piso, partían hacia las viviendas contiguas unas ménsulas de cemento labrado. Sin mirar al vacío, recorrió los diez metros en un santiamén.

La puerta de acceso al interior estaba cerrada. Era de cristal blindado. Ismal lo golpeó hasta sentir sus huesos doloridos.

  • ¡Mierda!

Desde la acera le observaban. O intentaban hacerlo, como el ángulo de visión lo permitía.

Dos sujetos armados entraron en la terraza de su guarida. Cuchichearon entre sí. Supuso que acerca de si debían o no disparar.

Rujalta extrajo de su funda una Magnum. La amartilló con rapidez, y tragó saliva.

Entonces la puerta se abrió.

La muchacha tenía pinta de niña bien a quien papá sufraga las carísimas estancias en el extranjero. Era nórdica o americana, por sus facciones, y la expresión más irritada que asustada de sus ojos claros. Habló con acento foráneo indefinido, enérgicamente.

-¿Se puede saber qué demontres pasa aquí? ¡Qué hace usted en mi terraza!

Ismal guardó la pistola. Abrió la boca para contestar, pero no lo hizo. Recuperando la sangre fría, sorteó a la muchacha y corrió hacia la puerta del estudio.

Cuando la abrió, un fogonazo de oro estalló entre sus cejas. Luego vino la oscuridad, enseguida.

Al despertarse, tanteó con dificultades a su alrededor. Estaba todo negro, y el ambiente parecía denso. Le costaba respirar. Comprobó que apenas podía moverse. ¿Estaría herido? ¿Tal vez en la columna? Un rumor sordo le trascendía, como la monótona oración de un viejo Imán.

Percibió una sirena cercana, al tiempo que el balanceo regular. Como si estuviera en una plataforma móvil. También escuchó voces y canciones de patrias y amores perdidos. Se puso a canturrear, esperanzado.

De repente recordó. ¡El había estado en aquel lugar y bajo aquellas insólitas condiciones! Así lo sintió en el sueño premonitorio que años atrás, al comienzo de su “carrera”, comentaría con el astrojediz:

Como Jonás en el vientre de la ballena, por tres días con sus noches navegaré en el seno de un navío oscuro, hasta resurgir en un destino ignoto”

De momento, el hombre-mercancía era trasladado por Kairos a su país de origen, en un mercante de la “Turquish Marine and trust Co., 1.912. Personas y cosas con toda garantía o devolvemos el cincuenta por ciento de su coste”. Una ocasión idónea para adelgazar.

Le asaltaban imágenes confusas, disparatadas. Una lógica extravagante simulaba escenas, pintaba imágenes de cierta realidad lejana, en la que su protagonismo resultaba evidente. Avanzaba por una antigua carretera, entre montañas, desnudo. Las luces de un viejo camión alterando el silencio de la noche iluminaron un paisaje conocido.

Seguía inmóvil. Percibió en sus sienes un aletear de pájaros locos. Alguien gemía a su lado. Muy cerca. Encima de él, quizás. Le oprimía el pecho.

Ismal intentó abrir los ojos de nuevo. Entrevió una línea de luz, diminuta.

Tal vez se tratara de su propio iris. A veces, en la oscuridad, vemos luces dentro de los ojos. Son los fuegos del miedo, o el pensamiento alerta.

Aquella voz imprecisa, el rumor sordo continuo, le resultaba ya familiar. Como el choque de olas entre sí. Y el balanceo, Como el de la barca en el océano.

Aún drogado, Rujalta supo dónde se encontraba. Al menos en parte. Porque aún ignoraría durante las próximas lunas que su habitáculo ocasional era un contenedor de la Oil export ltd. Corporation, con sede en Ankara.

Casi un ataúd.

No-velas. (El potentado) (15-19).

26 mayo 2010

Capítulo 15

Los amigos

-¡Veinticuatro dólares por barril, precio máximo garantizado para los próximos cinco años! El jeque debe sufrir alucinaciones… Dime, Rodriguito, ¿cómo va a garantizarlo? Que yo sepa, nuestro amigo Asdam no se ha marchado de Quait…Y me parece que no piensa hacerlo, por ahora.

Rodrigo expelió una bocanada de humo azulado con un ligero golpe de tos. Dejaba de fumar varias veces al día.

-¿Hubieras imaginado tú una guerra a plazo fijo? ¡El 15 de enero 91! Yo creo que Buhs lo hace para cargarse nuestros fastos del 92.

Cipri Bástago se irritaba con frecuencia. No era extraño en alguien que consideraba al resto de la humanidad por debajo de su categoría.

-¡Vamos, capullo! Tengo que hablar con Domonte mañana. Y es la última carta que me queda -suspiró ruidosamente- ¡Nunca mejor dicho, por cierto!

Rodrigo sonrió. Se había acostumbrado a la ira de su amigo, aunque no la aceptaba sin reproche. Pero llegó a considerar que ese defecto le situaba en una posición ventajosa.

-Sunt enim delicta quibus ignovisse velimus. Epistola ad Pisones. ¡Todo está en los clásicos!

El otro movió la cabeza. Había olvidado el latín, incluso el tan repetido en los aforismos jurídicos. Y reprochaba en los demás su ignorancia. El boomerang de los soberbios.

-¿Qué coño dices?

Aprovechó Rodrigo su ventaja. Se infló como un pavo.

-Hay cosas que todos preferimos olvidar. Es como lo de que ‘quien esté libre de pecado…’. ¿Sabes? Ismal se alía con Asdam. Nosotros, a través de un banquero, con Quait. Y USA cobra de los dos, para financiar sus faroles en el Golfo y satisfacer a Israel. Somos un pequeño eslabón de la inmensa cadena; un grano de azúcar que endulzará la vida de nuestros nietos.

Los nietos le importaban poco a Bástago.

Capítulo 16

Los poderosos

¿Estaba acaso soñando? Un consorcio europeo vende en secreto armas avanzadas a Husneim. Y como conoce los sistemas de electrónica sofisticada de la NATO, vende también la tecnología para combatirlos. Un conspicuo miembro del clan real quaití vende su país a Irmak, a cambio del trono taudí, alegando razones históricas… ¿Cuántos generales USA -y occidentales- estarían en el secreto? Menos que los políticos. ¿Y cuál era su papel? ¡Las fronteras turcas! ¡Sí, él conocía a la perfección los sistemas de ataque y defensa instalados a lo largo de los años por británicos y estadounidenses! También los soviéticos… Pero, ¿por qué elegirle a él?

-¿Por qué tú, Ismal? ¡Hombre, no te quites importancia! -Zadim cambió su expresión. Parecía un animal a punto para el ataque- ¡Bastardo! ¡Si por mí fuera, estarías ya muerto! ¡Conocemos tus andanzas con el chivo loco, ese kosmeini del diablo! Antes de que Satanás se lo llevara nos lo hizo pasar mal con sus integristas fanáticos. Husneim… Ahora son nuestros amigos… ¡Amigos!

Al-Jarek acariciaba el cuello de la baronesa con una pluma de oca.

-¡Vamos, coronel! Deja las palabras…aunque no sean tan hermosas. Nuestro invitado se impacienta.

La mujer parecía drogada. Era, ciertamente, bellísima. Rujalta se excitó. Que le sucediera en aquel momento parecía una insólita locura.

-Bien… Nuestros contactos en España, después de las explicaciones debidas por la aparente reacción antiirmakí -ese carnaval de las fragatas cargadas de niños- mencionaron ciertos negocios, en los que estás incumpliendo tu parte del trato.

Ismal se derrumbó. El jeque sonreía. ¡Aquellos hombres tenían poder hasta para conocer cuando le dolían las muelas!

-Tus hombres en Turquía -siguió Zadim- nos advirtieron. El golpe, aprovechando la situación de guerra en el Golgo- que tú te encargarías de acelerar hundiendo el Texas, ese barquito que te regala Al-Jarek-. ¡Demasiado para un hombre solo, muchacho! -Encendió un veguero cubano – ¡Debiste confiar en los profesionales!

-Los profesionales -intervino el jeque- nunca somos fanáticos. Lo comprendemos todo -enfatizó la palabra- muy bien.

-El caso es que un banquero asustado alarmó al presidente de una refinería, quien llamó al ministro de turno, éste a su asesor personal, y… ¡pero no te aburro más, amigo mío! C’est la vie! Terminemos… Tú conseguirás lo que deseas: Turquía es tuya… como aliado del gran Irmak, claro es. Sólo necesitarás engañar al torpe rey Tad y su cohorte de esclavos, algo que nos agrada, y un poco más a tu benefactor Al-Jarek. Este te lo hará perdonar, sin duda… ¿Cierto, jeque?

Abdallah asintió mientras se retiraba con la baronesa. Ismal comenzaba a recuperarse. Una energía peculiar, dadas las circunstancias.

-Y tu suspensión de pagos, resuelta -ironizó. Nadie va a reclamar nada. ¡Un beneficio de miles de millones, nada despreciable!

Ismal comenzó a señalar el mapa. Del punzón de oro se desprendían estrellas fosforescentes que en pocos minutos iluminaban lúgubremente la estancia. No pudo ver tras él, en la penumbra, la silueta del suizo, Ruphert Kazig, atravesar fugazmente el salón, saludando con un gesto acordado al coronel.

Capítulo 17

El yanky

Humberto Díaz, el hombre de Sultaco, la Gran Hermana, hurgaba en los bolsillos de su gabán, con el gesto inquieto de quien ha perdido las llaves del único coche sobre la Tierra. Sacó una caja diminuta, de la que extrajo cuidadosamente una porción de droga que aspiró con deleite. Por un instante sus facciones se contrajeron, y el antiguo número dos del clan ‘Bacola’, pendenciero y chuleador, se situó en un mundo ajeno, a merced del viento. Pronto volvió a su caminar desarreglado y nervioso. Habló a una farola quebrada.

-Este chino cree que puede hacerme esperar, como a una puta de verbena… Yo le diré quien es H.D.

Y ponía el gesto duro, a lo Bogart. Le había costado lo suyo llegar a ese pozo de mierda para ahora ‘arrepentirse’, la palabra odiosa que jamás aceptaría gente como él.

Su tío Jonás, cacique del viejo Orden, supo prever el futuro. “Mira, Humbertito; tú estudia inglés y déjate de monsergas, que los usacos y sus parientes son como nosotros, sólo que no hay quien los entienda. Si hablas como ellos, todo resulta, niño…”.

Le llamaron ‘el yanqui’. Pasó casi toda su vida en los estados norteamericanos de ‘la ruta’. Así nombraban los lugares de sus contactos para el embarque de material.

-Estos puritanos -decía Jonás- son de lo más fetén. Prohíben todo lo que quieren tomar. Así se

pone caro y difícil, y ellos, que siempre tienen que pelear y vencer a alguien, luchan por obtenerlo. Así tienen más mérito. Y todos contentos, niño…

H.D. era ‘el niño’ de Jonás. Cuando el viejo le mandó a Europa, también supo lo que hacía.

-Aquéllos te enseñarán más que los yanquis, pero sólo en cosas menudas, como negociar sin dinero, y engañar con papeles. Estos son más rudos, niño. Y Sultaco es buena… Una vaquita negra que suelta petróleo. Anda, a chupar teta, mamón.

Había necesitado a gente como Ismal, bandidos generosos y sin escrúpulos, dotados de gran capacidad para persuadir. Pero ahora llegaba el momento de terminar aquella unión.

Capítulo 18

El enojo

-Pero cómo es posible que me hagan esto! No era fingida la indignación de Cipri Bástago- ¡Después de todo lo que he hecho por esta banda de canallas!

Rodrigo movió la cabeza, como siempre. La preocupación que reflejaba su rostro, y lo apagado de la voz, evidenciaba la gravedad del momento, que compartía con su amigo.

-¿Sabes, Cipri? Es lo del gato, el perro y la víbora… Primero la codicia, luego la desvergüenza, finalmente la traición.

Los dos conocían aquel ritual romano. A quienes traicionaban a sus amos, tras azotarles, les encerraban en un saco, con un ejemplar de cada animal, que representaba las tres felonías. Luego tiraban el saco al mar.

Cipri Bástago mostraba un aspecto ruinoso. Macilento, devoraba pastillas, que compartía con tabaco y alcohol; era un reflejo evidente de la más vacía desesperanza, unida a la tensión y el odio.

-Atacaremos, Cipri. Esta cuadra de acémilas no se saldrá con la suya…

La jugada de Poch contra su antiguo aliado resultaba especialmente sucia. Ismal falla en los pagos; Poch se irrita y presiona a Cipri, dada su posición, previendo que el miedo al escándalo le impulsaría a mover cielo y tierra para conseguir que Rujalta pagase. Al no conseguirlo…

-Ha acudido a un asqueroso bufete -ya sabes, el de Mirón Aceituno, tan proclive a aceptar enredos sin más indagaciones que la oportuna provisión de fondos – presentándome como inductor de una estafa. ¡Figúrate! Si hay estafa, ¡yo soy el primer perjudicado! ¡Inductor…! ¡Panda de cabrones! ¡Qué sucia jugada, santo Dios! ¿Es que ya no hay nada limpio en este mundo? ¿Vale todo para conseguir lo que se quiere?

Rodrigo intentaba calmarle.

-¡Vamos, Cipri! Yo no veo las cosas tan mal… Estos hijos de Satanás -que deberán atenerse a las consecuencias de sus actos, desde luego – han jugado un órdago sin cartas… Y el medio elegido, que es fuerte, puede volverse contra ellos.

Cipri saltó.

-¡Voy a reclamar quinientos millones por daños morales! ¡Vamos a hundirles, Rodriguito!

Pero estas palabras no ocultaban su íntima zozobra. Una angustia que le invadía lenta e inexorablemente, apoderándose de sus fuerzas como una fiebre.

Días más tarde, ya sosegado tras el primer impacto que le derribó en un k.o. moral casi insalvable, llamó al despacho de Aceituno. Este no aparentó demasiado interés.

Bien -decía, con el acento impostado de los juristas de salón – el despacho ha recibido un asunto y lo tramita… Poco más tenemos que hablar, Sr. Bástago.

A Cipri le costó lo suyo contenerse.

-Mi llamada, señor letrado, no obedece a un temor personal, sino a una satisfacción de mi conciencia. Vd. está advertido. Sé que están utilizando mi posición en un chantaje moral a través del que pretenden hundir mi carrera.

El otro saltó.

-No se referirá usted a la entrevista con el señor Ministro…

Cipri sonrió antes de contestar. Aquel hombre era un cínico consumado.

-No me refiero a un solo aspecto de la cuestión. Hablo incluso de su torcido interés para aceptar un llamado ‘caso’ como éste.

El abogado consideró oportuno aludir a la ética profesional y a la libertad democrática. Tras unos cuantos tópicos sobre el asunto, Cipri cortó el diálogo.

-Hay un antiguo proverbio toscano: El águila no caza moscas, pero se traga las que se meten en su gaznate… Yo no les he provocado. Al contrario, sus clientes y usted están agrediendome sin motivo. Usted no se ha hecho cargo de un asunto profesional, sino de una venganza. La ley no debe ser el instrumento de la injusticia.

-Señor Bástago – interrumpió Mirón – ¿acaso es usted el intérprete auténtico de las normas? ¿Depende de usted la consideración sobre la idoneidad de un determinado procedimiento? Ignoraba que se le hubiera conferido la autoridad única y excluyente, como la del dictador. ¿Entiende usted así los asuntos de los demás, o sólo cuando le afectan personalmente?

Cipri Bástago colgó.

No-velas. (El potentado) (XI-XIV).

25 mayo 2010

Capítulo 11

La gran pirámide

Cipri Bástago conducía el pequeño deportivo como un poseso. Las caracolas ceñidas del garaje no finalizaban.

-¡Y me hace esto a mí! ¡Como si yo fuese un mendigo! ¡Me trata como a un lacayo!

Serraba con la mano su engominada cabellera de yuppie. Salieron a La Castellana. Un atasco mortecino les recibió.

-¡Gilipollas! ¡Pero cómo te cruzas así! ¡Mira por dónde andas!

Los dos hombres recibieron estoicamente el chaparrón. Por un momento, en sus mentes bulleron escenas magníficas: un altercado callejero, disputa con sangre, algún disparo…y el descanso.

-¡Qué barbaridad!  -Rodrigo sacudía la cabeza, desterrando una vaga furia, o más bien su reflejo-  . Sólo nos faltaba ahora pelearnos en medio de la calle.

El otro resopló.

-Lo que hacemos es peor. Y mucho más hortera… Las cabezas, sacudidas al unísono, parecían burlarse de sus dueños en el baile del ‘no’ . ¡Hacerse ricos de esta manera!

La pregunta de Rodrigo: “¿de qué manera?”, irritó a Bástago.

-Tu pareces también gilipollas, coño!

Se detuvieron frente a Rizzo’s, casi al tiempo que definían sus posiciones psicológicas. Rodri alegó aquello de que lo excesivo es insignificante.

Rujalta sonreía, al fondo de la sala. Le acompañaba su última adquisición, un ex abogado policía, ya veterano. Se levantó para recibir a la pareja.

-¡Queridos amigos! ¡Qué sorpresa tan agradable!  Y les condujo a la mesa.

Cipri Bástago optó por sacar partido del encuentro.

-Mira, Rujalta. Tenemos que hablar, claro y enseguida.

El aludido no perdió la sonrisa. Con gesto ladino, repuso:

-¿Hablar? ¿Y por qué no?  -Cambió bruscamente de tono. Su mirada se endureció mientras deglutía con rapidez un trozo de lomo-  . Pero, ¿de qué vamos a hablar? ¡Yo te lo diré! Hablaremos de tus asuntos, no de los míos. ¿Entiendes?

El camarero se alejó, con ese instinto de los cazadores. O de las presas. Se adivinaban los disparos.

Pero nada sucedió. Bástago no articuló palabra. Era demasiado evidente que aquel canalla le tenía bien cogido. La expresión certera sería ‘cogido por los huevos’; en efecto, podía destruirle. “La palabra del injusto es como el aliento de un cadáver”  Libro de los Proverbios, quizás.

Rodrigo Vivas alentaba una esperanza vana. Tenía el otro demasiada fuerza, y sabía emplearla. Pero era preciso atacar.

-Ismal – dijo-   por lo que a mí respecta, acepto tus condiciones. Liquidaremos nuestras aportaciones y sus beneficios inmediatamente.  -Jugaba con el tiempo y con las ideas, pero sabía que el otro guardaba sus ases en la manga-  .

-¡Bien, bien, Rodriguito! ¡Siempre tan inteligente y educado! ¿Sabes? Tendrás que ayudarme cuando vengan…mis contactos. ¡Podrás estudiar un buen contrato!

¡Aquello confirmaba sus temores! ¡Ismal había llegado a un acuerdo con los tiraquíes! Por eso rechazó el trato con Kwait a finales de julio, días antes de la invasión del emirato. ¡El, intermediario en la venta de armas de Komainy! El diablo se asocia con el diablo. Miscere consiliis stultitiam… No, incluso Erasmo era demasiado ingenuo.

Max Fernández y J.J. Poch llegaron a los postres. Cipri Bástago sudaba, la camisa desabrochada, ante su quinto Whisky.

-A treinta días. Son dos mil en total. ¿De acuerdo?

El potentado escondía los ojos en unos mofletes circunstancialmente malvas, cuando reía. Golpeó los hombros del político.

-¡Alégrate, hombre! Si todo sale bien, hasta tú mismo pagarás tu deuda conmigo… ¡señor importante!

La risa pareció franca, todos ya bebidos. Rodrigo insistió, en un aparte.

-Lo tuyo estará pronto; y no quiero ya más trato contigo, ¿entendido?  -Un gesto cortante-   ¡Se acabó!

Significaba la demora, la suspensión y posiblemente la quiebra.

-Pero, ¿por qué?

La pregunta acertada sería ¿para qué?

¿Huir con el dinero? ¿A dónde? En España todo parecía facilitar la consolidación de su imperio. Cualquier otro país representaría un riesgo mayor.

¿Por qué?

¿Para qué?

Rodri sintió las palabras lacerantes del mercader. En su antiguo aliado, Cipri Bástago veía el reflejo de su pasado compromiso…o del porvenir.

Y lo comprendió.

¡Ismal Rujalta quería el poder! ¡Y estaba dispuesto a traicionar cualquier pacto para conseguirlo!

Capítulo 12

La Mafia

“Vamos, pequeña, acércate. ¿No está tu papá en casa? ¡Bueno, bueno! ¿Qué tal el Cole? ¡Seguro que eres una magnífica estudiante! Sí, tienes cara de lista. ¡Vaya, vaya! Una linda fotografía. Tienes los mismos ojos que tu madre… ¿Tampoco está ella? ¡Ah! Viene enseguida. ¡Bien! Yo esperaré. ¿A que no te importa? ¿Que no puedo pasar? ¡Claro, hija! No te preocupes; lo comprendo. Mira, ¿te gusta? Es un juguete de mayor. ¡Cómo brilla! Y, sin embargo, mata. Ya ves. Los mayores tienen caprichos extraños: hacen joyas para la muerte. Bonito jardín… ¿El chófer? Aguardaremos la vuelta de tu amo, bastardo. ¡Eh, tú! ¡No seas iluso, muchacho! Tenemos todo el tiempo del mundo…No, quédate aquí; haznos compañía, pequeño. ¿Qué tal el trabajo? El jefe viaja poco últimamente, ¿verdad? A lo mejor le ha cogido miedo a los aviones, ¡ja, ja! ¿No te ríes? Podemos hacerte cosquillas en el gaznate, así. Míralo bien; nunca te afeitarás con un estilete florentino. Seguro que usas una ruidosa maquinilla eléctrica, como todo el mundo. Tienes el pellejo blando, amigo. Sangras fácilmente. Toma; límpiate. Anda, pasa al coche, y cuéntame algo divertido.

El otro vehículo pasó junto a la verja silenciosamente. No se detuvo. Rujalta, a través de los cristales tintados, observaba la escena. Sus mandíbulas chirriaban como un gozne maltrecho. El coche aceleró. Cuando doblaba por la avenida, escuchó un motor cercano. Salieron a la autopista. Les seguían. Rujalta conocía bien aquella zona. Podría despistarles fácilmente. Necesitaba tiempo.

¿Tiempo para qué?

Las sienes latían entre sus manos. Los ojos, como fuegos diminutos. Ordenó parar en el arcén. El vehículo perseguidor se detuvo tras ellos, muy cerca.

Nadie se movió.

Rujalta abrió lentamente la portezuela. Estaba hecho.

-¡Ismal, mi viejo amigo! ¿Creías que ya no volveríamos a vernos, verdad? ¡Qué gran error! Yo nunca olvido a mis amigos, ¡tú lo sabes bien!

El coronel Zadim lucía un mostacho típico árabe. Su gran estatura contrastaba notoriamente con el resto de la comitiva. Sólo el turco parecía formar pareja con él. No perdió la sonrisa cuando desplegó sobre la mesa un mapa de oriente medio. Los pozos de petróleo, los puertos de entrada y salida de crudo y mercancías, las zonas de interés estratégico, los depósitos de armas y combustibles, hasta la disposición de las minas y el despliegue de los ejércitos estaban pormenorizadamente señalados.

-Y ahora tú, Ismal  -le cogió por los hombros, mientras señalaba el plano con un punzón de oro macizo-   vas a poner aquí unas crucecitas… ¡Aquí!  señaló las fronteras de Turquía   ¡Vamos, amigo!

-El juego está sobre la mesa. ¡Qué mundo tan perro, ¿verdad?

Ismal volvió la cabeza. No pudo evitar el sobresalto.

-¡Al Jarek!

El jeque sonrió.

-La diplomacia es una bella dama, Rujalta. Ya ves… ¿No es mejor llegar a un acuerdo antes que pelear? Mi pueblo necesita la paz. La ama… ¿Por qué enredarnos en una guerra fratricida? Husneim tiene ya lo que necesita. Saldrá al mar… Y yo también. El trono taudí pertenece a mi familia, ¿sabes? Nos lo robaron estos advenedizos abbasíes. Ahora el califa Raschid recuperará su honor, sentado ante la puerta grande de La Meca, guardián de La Kaaba.

Zadim le interrumpió.

Bonito discurso, Abdallah… Pero ya conoces las ideas de Husneim. Los revolucionarios no se desgastan con hermosas palabras… ¡Actúan!

Golpeó con el punzón de oro la mesa. Una brizna de caoba hirió la mejilla de Ismal.

¡Vaya! ¡Cuanto lo siento!  Cursó unas órdenes en árabe. El ayudante sonrió  . Pero tengo una enfermera muy…especial para ti.

Ismal lo presentía. En su cabeza se forjaban con rapidez las piezas de un inmenso puzzle, en el que aún debían encajar las más importantes. ¡Estaba en el cráter de un volcán! Comprendió su pequeñez… El gran complot de las guerras, las armas unidas al petróleo… ¡Eran dioses!

La baronesa entró en el salón. En efecto, su marido representaba el más importante holding de fabricación de armamento. ¡Y conocía los secretos de la NATO! Ismal sintió girar el suelo, el mundo…

Capítulo 13

Jácara

En el bar pululaban los sujetos del lumpen, prostitutas de alta escuela, lujosos gigolós y quebradizos managers, a quienes sus protectores o sus empresas nutrían con excesivas comidas, bebidas permanentes y carísimos dormitorios. El hotel Cosmobuild, especializado en este tipo de insignificancias, gozaba de un rol privilegiado en el escenario de la estupidez humana. Yuppies, funcionarios de estirpe, negociantes millonarios, putitas caseras, hacendados lujuriosos y algún japonés, transitaban por sus espejismos. No era el lugar menos indicado para aquella insólita sesión. Rujalta había recibido en uno de sus despachos fantasma  -táctica de dispersión que suele dar buenos resultados: divide y vencerás, despista y encontrarás a otro-   a los más conspicuos miembros de su cohorte áulica. Por la expresión de los rostros cabía calificar como ‘ex cohorte’ la formada por el grupito demudado y sus adláteres. Aunque amigos de circunstancia, lo común del fastidio había despertado su interesada solidaridad. Por ello, entre letargo y convulsión, brotó un espontáneo consenso de pasillo.

-Nos vemos abajo en El Landó.

Ismal, sus banqueros y secretarias, desplegaban una actividad frenética. Idas y venidas, subidas y bajadas, recalificaban la hasta entonces complaciente estanqueidad de los interfectos.

Acostumbrado a verles sin hacer nada, quietos en su sitio, da la impresión de que algo pasa.

Max Fernández había nacido con un Winston en la mano. Su madre debió prenderlo al minuto, aprovechando un bostezo. El gallego conservaba ese aire infantil que confunde a los psicólogos fisiognomistas.

J.J. Poch sólo fumaba en ocasiones. Siempre de gorra. Cosechero afamado, era abstemio. Pero deglutía ingentes cantidades de buey asado con patatones.

-Es una religión, amigo Cipri  -parecía lamentarse, ante la fiereza del trasegar-   y en esto me enseñó mi madre que la seriedad ante todo.

Bástago ya aguardaba, en un rincón, acodado a la pared carmesí, tono cortinaje palaciego. En la penumbra admiraba sus largos dedos, símbolo  -como el resto de sus atributos-   de una valía excepcional: Esta era la permanente reflexión del funcionario ante el espejo cósmico que le rodeaba. Alguien llegó.

¿Qué tal, Cipri? Pareces escondido aquí, muchacho.

El otro se cabreó.

¡Yo no me escondo ni de Dios!   -Llamó al camarero, desviando la mirada-  . ¡Otro whisky!

Pronto la mesa estuvo muy concurrida. Llegaron los corresponsales del potentado, todos cabizbajos. Uno a uno decían lo mismo, quejándose.

Nos ha citado para el jueves… ¡Una semana!

Bástago tomó la batuta. Había percibido el momento de su desquite.

¡Un ultimátum! Lo que le pasa a este cabrón es que nadie le ha cogido bien por los huevos. – Miró alrededor -. Los que estamos aquí nos bastamos y sobramos para hundirle.

Aunque el fondo de la cuestión estaba claro, la forma no era exactamente la ideal, según algunos de los afectados. Luego lo comentó Max a J.J. Volvían al hotel, en el Mercedes del gallego.

-Ese Cipri es un tipo peligroso… Cuando se quedó hablando y bebiendo con Ortiz, me preocupaba.

Terció el catalán.

-No te apures. Estaban Rodrigo y ese Ruz, el de los supermercados. No les dejarán solos, urdiendo fantasmadas.

-Eso espero… Porque al menor indicio de peligro, se nos larga.

Recogió el silencio la última frase. Llegaron al garaje.

-Oye, Max. ¿No ese Marcos Domonte, el banquero?

Se detuvieron. Junto al aludido departían animadamente el duque del Río y la baronesa.

-Trío de ases. ¿Qué diablos sucede esta noche?

Un revuelo de gente. Flashes y murmullos crecientes. Los dos socios bajaron al hall. Rodeado de guardaespaldas podía más que verse, imaginarse, la figura de Abdallah Al Jarek. Junto a él, Saghoki y…

-¡Rupert Kazig!  -J.J. Poch se tambaleó- . Esto significa que…

Max Fernández asintió, convulsamente.

-Mientras la prensa anota declaraciones sobre política y economía internacional, nosotros formamos parte de la trama. Nuestro buen Rujalta compra y vende almas, pero me temo que la suya ha sido puesta a precio también.

En esto, el jeque y Kazig se dirigían a un salón reservado. No estaba allí Rujalta, pero sí algún otro anónimo representante del SIM. Ladinamente, el coronel Zadim perfeccionaba su plan.

-¿No ha venido el Cardenal?

La baronesa adoraba la púrpura. Un oscuro letrado se levantó.

-Su eminencia ha tenido que excusarse. El Santo Padre le ha requerido de improviso, y…

-¡Claro!  -Rió abiertamente Kazig-   San Pablo II aún no ha sido herido en el camino de Damasco… ¡Como tantos otros!

La broma macabra no impresionó demasiado. Unos minutos después se cerró la puerta. Domonte se levantó. La mesa, demasiado grande, le molestaba. Como en todos los megalómanos, las contradicciones dominaban su vida.

-Excelencia  -el jeque Jarek no pestañeaba. Tenía las manos entrelazadas, bajo la barbilla-   este juego es arriesgado en exceso. El máximo beneficio es superado por el peligro de perderlo todo.

-¿Todo, Marcos?   -Kazig encendió un cigarrillo-  . ¿Y qué es todo?

El banquero se encogió de hombros.

-Una pregunta ociosa, Ruphert. Tú y yo, por ejemplo. Nosotros somos ese todo. ¿Qué opina Zadim?

El jeque sonrió. Lucía un diente de oro.

-El coronel es hombre inteligente. Y fiel. No hay nada que temer.

La baronesa miró al jeque con sorna. ¡Fidelidad! Una palabra poco digna en sus labios. ¿De qué y a quién la prestaría Zadim?

El banquero se sentó.

-Sólo hay una salida. Las armas para Husneim están en marcha. Nuestro contacto Taudí ha informado a Buhs. El presidente quiere solucionarlo enviando más hombres. Será inútil. Todo está controlado. Perderá la batalla, ganando la guerra. Husneim abrirá después la puerta de Turquía… ¿Y ese Rujalta?

Capítulo 14

Regreso a los infiernos

Ismal abrochaba lentamente la camisa de seda. El suave tacto le excitaba, a la vista del cuerpo desnudo de la baronesa. Dormía con la placidez del adolescente, y su piel, ahora ofrecida en una tersa espalda, en nada envidiaba  – pensó el turco –  a muchas jovencitas.

El diablo, eso es lo que llevan dentro. Podrían acabar con cualquiera… ¿Cómo dicen los españoles? Sí: ‘más tira un par de tetas que dos carretas’ –sonrió-  . Me hubiera gustado quedarme… Es un extraño país. Cuando copia la eficacia de otros, la caga; pero si actúa con espontaneidad… Debe ser el sol. O el destino…aunque yo no entiendo qué es exactamente eso.

La mujer rebulló sobre las sábanas doradas. El Villagrande tenía aquellos detalles: ropa de cama del color del champán. En el pubis lucía una diminuta estrella de oro.

Caprichos de ninfómana. ‘En el centro de la vida está todo el universo’  -recordó las palabras de Al Jarek; alardeaba de poeta-  . ¿Por qué me la han dejado?  Tuvo un presentimiento. Sintió que se erizaban sus cabellos  . Parece la última voluntad de un condenado.

Las ventanas de su habitación dominaban un paisaje urbano conocido. La Gran Avenida, dos calles adyacentes… El corazón de la City.

Junto a la puerta principal, los chóferes fumaban y charlaban. Roque, algo más serio que los demás, daba lentos paseos, con las manos a la espalda. Creyó reconocer a alguien…un rostro lejano, perdido en las brumas de un tiempo hostil, pero repleto de vida. Ismal se asustó  -no, la palabra adecuada es, quizás, ‘oscureció’-  al afrontar aquellos recuerdos, difusos, sí, pero que asociaba con ideas y aconteceres. Y él, siendo otro, era su protagonista.

Aquel camión tan oportunamente situado en el camino hacia Ankara…La fuga del presidio. Y el giro espectacular de su vida. Un valor más allá de la razón, que le enfrentó a ese destino cuyo mismo concepto le asombraba… Y ahora…la historia, como en el círculo interminable de la vida, parecía repetirse. Había sido todo demasiado fácil… Incluso sentía una sorda protesta en su interior, como si de aquella situación cupiera derivar un cierto desprecio de los más grandes. ¿Más grandes? ¡El era lo importante! De repente le asaltó un cansancio hostil, generado en una fibra íntima de su ser. “Me estoy haciendo viejo” – pensó- . Al anudarse la corbata, el espejo le devolvía una mirada confusa, más arrugas imprecisas, una turbación indeseable… Cipri Bástago le había hablado de ‘la depresión de los triunfadores’. ¿Se trataba de algo así? Pero él tenía un truco, una especie de talismán. Su padre le dijo   -Ismal recordaba la escena y las palabras, pero no el rostro, aún joven, del oficial derrotado-   “mi única herencia es esta: sé lo más en cada momento; no te rindas. Y disfruta cada mañana del amanecer”. Unas dosis de suerte, combinada con la decisión, le habían hecho rico. Y ahora, en aquella lujosa habitación, dominador de la belleza carnal y usuario del poder, añoraba, por vez primera, el rumor sereno de los prados y el esquilón profundo del rebaño. Tumbarse en la hierba, sumergido en una música que tocara para él un baile de nubes… En esos instantes olvidaba la traición, y el desdén hacia los antiguos aliados. Sí; nunca debió llamarles amigos. Tampoco recordaba los insultos, que en muchos casos le habían fortalecido. ¿Cómo agredir en la distancia, y sobre todo el miedo, mejor que a través de la palabra? La ira desconcierta, y a veces atrae. Aquella mujer se le había rendido, como tantas otras, sólo porque él derrochaba poder y mostraba los afilados dientes del orgullo. La frente de Ismal se nubló… ¿Era admirado por algo que otros llamarían vicios, o cuando menos, defectos! Adivinaba la ironía silenciosa de Rodrigo: “Quien ruge como el tigre será un gatito que precisa del ruido para asustar”. ¡Un papelón que le irritaba, este de macarra hostil y triunfador, como los individuos de couché!

Cuentos. (Numir) (I)

25 mayo 2010

NUMIR, EL REY

En el ángulo superior del ojo, albergado de lágrimas y reservado al polvo, se asentaba la corte del Diminuto Señor. Los cortesanos, también mínimos en número, disponían de escasos momentos de asueto, siempre presos del protocolo, servidumbre palaciega que complace y preserva de la soledad a los consejeros áulicos. El Destino insólito de los tres lacayos supremos era, sin embargo, rutinario para ellos mismos; y ni siquiera el Diminuto Señor llegó a conocer más allá de la tradición reservada, su auténtico misterio. Porque ¿cómo denominar de manera más apropiada la vida y la historia de aquella singular nación de Ternas, cuyas actividades, cuyas pasiones, cuyos horizontes, cuyos futuros, cuyos dioses y ritmos de concordia y tolerancia y vanidades se escribían en el orgullo interior del ojo, tan sutil y abstraído que ni la pupila ni los pulsos conocieron de otras el estupor, e incluso el doloroso quebrar de las miserias, hasta el oculto valle -¿o era hombre, o sima?- que sus moradores pudieron llamar Nesim. De entre ellos, Numir, el Rey, mantenía el único y ancestral privilegio, contando los avatares y las sombras, que dibujaba en los círculos de tiempo. Así transcurrieron, sin límite en el origen los surcos de muchas eras, generaciones casi innumerables, constructores de luminarias perennes y de leyendas. Junto a la Verdad Transparente, una cascada de cristales que reflejaban miradas de constantes y mudables efigies, Numir reposaba e intuía. Desde sus rayos frontales, poco a poco, iba fluyendo la certeza y lo presentido, que su escaso pueblo asimilaba sin movimiento y sin pasiones.

Un día -casi todos eran grises, acerados en los contornos, distantes- Numir, mentor de su pueblo, sintió en sus entrañas que las fuerzas alrededor del convexo y regular globo se tensaban como las filas húmedas que constituían el entramado de vigas de su palacio húmedo. Chapoteó sin gusto en una lágrima blanquecina, y finalmente, algo aturdido y somnoliento, decidió el texto de su discurso, entrando en la fría relajación de la angustia previa a la comunicación.

Sentía, como en otras ocasiones, que odiaba recordar la angustia del vacío, más allá de una mezquina esperanza, a veces simplemente unida a la pervivencia, o a la complaciente vereda del placer. Tiempo atrás aprendió, y sus penas lo rememoraban sin desvío, la precisión de lo inexorable, y aceptó su destino, sin rebeldía, sin hostilidad, cualidades que añoraba y perseguía en la sombra de los sueños. Había procurado transmitir a su heredero, a su hijo Spid, siempre inmaduro y reticente, la singular herencia de la paradoja, el rechazo de lo rutinario. Pero, como rey, aceptaba la móvil esclerosis del protocolo, impregnado de costumbres, asesino de intimidades, como debía agitar el aire malsano de la GRAN CAVIDAD, o a las azufrosas vacuolas del techo HIDROFAUSTO. Su hijo, en cualquier caso, abominaba de la sumisión, aún extendiendo el concepto a la mínima disciplina, incluso la útil y gratificante y necesaria. No así, empero, el concepto y los corolarios de la magna tradición, estuviera o no vertida al lenguaje sabio de los símbolos. Numir presentía que no iba a estar su hijo Spid apoyado por los consejos invisibles de los antepasados, y que en un no lejano tiempo sería víctima del magnetismo del poder, una dimensión -o estructura, o sistema o implicación- permanente, extensible, ubicua, falaz. Incluso él, de forma tan periódica que llegó a denominar estos ciclos “los síndromes érgicos”, sentía la tortura de la fuerza, un imán atrayente tanto más cuanto se rememoraba su pérdida en las sombras del viento. Pero él era Numir, y sí estaba socorrido por los genes innúmeros de los ancestros. El descendía, por línea original directa, del Primero. También, por tanto, Spid, aunque resultaba difícil aceptarlo por su rechazo desdeñoso a las ENSEÑANZAS de los círculos translúcidos y al adiestramiento en los rúmenes y en las cárminas. Numir recordaba sus más felices tiempos, asociados a los sabios devenires que brotaban como rayos blancos de las oscuras perversiones, sin herir los ojos ni turbar la ignorancia, que se hacía más penetrante y menos profunda. A Spid, por el contrario, ese nuevo pseudo trabajo que muda interminablemente sus ritmos y sus objetos, y la compañía dulce de la tierna Adita, tercera hija del hermético Ros. Numir presentía en la Nueva Era un mucho más profundo cambio, que haría desaparecer la tradición, y la sensatez y pondría en peligro la pervivencia de su pueblo. Por eso su etám semejaba un círculo añil de locos cuando musitó el texto intercalado de semblanzas e imágenes autogeneradas incontrolables. Habló con la certeza de los inmaduros y la osadía de los ignorantes, pero forzado por la necesaria magnitud del instinto, y supo que las mentes de sus receptores, tras el impacto de lo inesperado, asentían en casi su totalidad. Spid estaba siendo condenado. Nada, excepto su destino, había cambiado en el reino de Numir: ni el vuelo silencioso de las mustelas, ni el frío surtidor de residuos de acuosos, ni los puentes de microzafiros, ni los rostros de aire. Todo, después, seguiría igual, con un aliento menos, el del rebelde heredero; y un crimen más, el de la sesgada libertad, muerta -o viva- incluso para el error. Las nubes de sahúmo ocultaron la inmolación, en el centro mismo de la Gran Sima, que estalló unos instantes después, brevemente, envolviendo en el sudario azufroso, una vacuola que simulaba la tumular esfera, el cuerpo y los arreos simuladores. Desde su atalaya oculta, observando con crispado silencio, Ros el Hermético ultimaba los detalles de la venganza. La sombra frágil de Adita iba desapareciendo a sus plantas, densamente hostil. Por fin, resonó en la hueca cavidad el goteo insistente de las esferas.

Cuentos. (Moisés).

25 mayo 2010

MOISÉS

Moisés descendía lentamente, aún alucinado y semiciego, por las suaves laderas del Horeb; solo en la cumbre el viento cálido había mecido sus largos cabellos, y ahora, en la falda semipelada del monte, nada parecía moverse. Alzó un brazo al rostro -un movimiento reflejo originado en un pinchazo, una punzada hirviente junto a las mejillas-. Cuando retiró la mano, estaba manchada de ceniza roja. “Es el manto arcilla de la cumbre”, se dijo. Aún quemaba. Poco a poco sus pasos recuperaron la sincronía con las órdenes de su cerebro: ya divisaba los campamentos, formados al pie de las sombreadas laderas, unos cientos de metros hacia el valle. Entonces percibió el fuerte olor a piedra calcinada, a rayo cercano; el peso de las tablas alargaba el brazo derecho, y sintió dolor en el cuello. El sol ocultándose destelló entre sus pupilas; creyó verles, identificar tal vez la imagen de la despedida. Quiso saludar, concentrando su mente, como tantas veces; no pudo conseguirlo. Se había detenido, con la mirada fija en el disco dorado que finalmente se hundió tras la línea quebrada del horizonte. Las voces de los suyos, aventadas con desgana por la plácida brisa, llegaban a sus oídos; presintió la tristeza, y la confundió con su misma oscuridad. Todo había sido derrumbado, y él era ya parte de aquellas ruinas inevitables… Sin embargo, tenía las Tablas, tenía el recuerdo… y tenía, ya próximo, el más importante de los motivos: el pueblo que le había elegido como guía… ¿o estaba ya prefijado por “ellos” su caudillaje?. Moisés sintió la incómoda, casi angustiosa intuición de haber sido objeto de manipulación, como un experimento… “De ser así, hubiera sido inevitable” -quiso tranquilizarse. En el concepto de lo ideal integraba lo preciso, el deber ser, como fundamento inexcusable. Ellos estaban cerca de El, y El es únicamente lo que Es. Este sentimiento -cuando se refería a El, transformaba el pensar en sentir, sin pretenderlo- le trajo la paz. A su alrededor las sombras iban abrazando el paisaje; se aletargaban los crecidos cauces, acunados por el arroyo aún despierto del que tomaban el agua los acampados. “Estas sombras también anidan, con más longitud que las nocturnas, y más hondo negror, en nuestros corazones”, musitó ya a la vista de las antorchas festivas… Pero, ¿qué clase de fiesta celebran?. Sin duda preparan un recibimiento especial a su jefe, a pesar de que sobradamente conocen su austeridad. Nuevamente siente el peso de la piedra, iluminada por su frente que destella, y él ahora lo ve, rodeado por la oscuridad: llevaba consigo parte de ellos, algo de su energía; por eso su rostro hierve, sus labios arden, despide su frente rayos de luz fosfórica, como un pedernal en viva fricción; une a su angustia, sin otra causa que la inmensa del desaliento, sin más honda razón que la soledad, sin otra frontera que la resistencia ilimitada de su generosidad, el miedo al fracaso; se sabe portador de una suerte de eternidad y conoce su misión de trasladarla a su pueblo. ¿Por qué él? No es mayor su orgullo que su prudencia. Está más próximo a “ellos”, pero no es su igual… Algo les diferencia incluso al margen del poder; una fuerza distinta, mental, de la que él, Moisés, participa sólo levemente… El infinito circunda sus pensamientos; han caído las estrellas sobre la noche. Moisés recuerda lo que narraban en Egipto: llora la diosa madre por la muerte del Hijo, y sus lágrimas se transformar en perlas estrelladas que alfombran los espacios celestes… Sí: allí está, plena y luciente, la diosa-astro; junto a ella, más allá de las nubes, las mil perlas estáticas, parpadeantes, inmóviles… ¿Todas?. No: perdiéndose en el inmenso caos, un punto luminoso se desplaza cada vez más lejano, hundiendo su proa inverosímil en la noche. Moisés siente un último escalofrío, y, sin parpadear, llora.

Su angustia desaparece un instante después; comprende más allá de la zozobra, y sabe por ello que ha recibido el don. La clarividencia. Volverá más tarde la amarga vanidad que genera la desesperación, siempre vencida, aun entre los estertores del máximo dolor. Más allá de toda reflexión se encuentra la luz dormida de una infinita y mágica verdad. En el constante devenir de su inquietud, podrá desdeñar la seguridad de la certeza, y su íntimo y callado ser. Moisés guía de hombres, no puede permitirse la nostalgia. Los hechos requieren la presteza de un futuro actualizado; caminar deprisa, huyendo tal vez de sí mismo, es ahora su destino… ¿cómo podría elegirlo, o, al menos, modificarlo?. Indagó en sus múltiples realizaciones, en los mil días, en los instantes inacabables… Nunca iba a emplear el albedrío para interferir en los proyectos que daban a su propia vida un sentido superior. Eso lo justificaba: no la humillada esclavitud del hombre, sino la perfecta selección del Creador. ¿A quién temer, si el todopoderoso velaba por la ejecución de sus planes?. Nada ocurriría que no estuviese escrito en su mente infinita. Ellos, sus enviados, formaban parte de ese plan. Moisés recuperaba la serenidad, aún inmerso en el cendal de confusas reflexiones; allí estaba, encajada, en sus cimientos, la piedra angular del edificio; sin embargo, ¿a qué altura y con qué estabilidad se alzaba éste?. No le era dado imaginar que no existiera. “El edificio es más perfecto y sólido que las Pirámides del Faraón; sus columnas sostienen la altura del Firmamento y todos los mares pueden caber en un hueco de sus muros; nuestro edificio es Yahvé Dios”.

Entonces Moisés vio, por vez primera, al dorado y rijoso toro.

Cuentos. (Incubando súcubos).

24 mayo 2010

INCUBANDO SÚCUBOS

Que El Maligno existiera no podía dudarse; hacerlo hubiera significado negar una evidencia dictada por corazón.

Otra cosa, sin embargo, era su aspecto. La imagen atroz, temible, hosca que los dibujos tradicionales, las ilustraciones de ancianos libros, el verbo temblón de los púlpitos indicaban, cedía paso a una muy distinta. Se trataba de un Maligno sereno y atractivo, afable, casi fascinante, cuyo encanto ocultaba, como la piel tornasolada de las serpientes, un letal veneno.

Entre esas dos caracterizaciones arquetípicas existía un insondable vacío, que inútilmente trataban de llenar las escenas y los azares cotidianos. La vida rutinaria podía ser mezquina y sórdida, pero por eso mismo carecía de los atributos que convertían al Maligno en un ente singular. Tan ajeno a la vulgaridad que incluso en esas expresiones demoniacas de los humanos -que les hacían tan repugnantes y odiosos- resultaba difícil siquiera atisbar un reflejo del auténtico Mal.

Este era un concepto absoluto, un término que abarcaba la inmensidad de una aterradora fantasía, rugiente. En la que el cálculo del riesgo no tiene sentido.

Por eso, cuando aquella noche el insomnio me reveló algunas facetas ignotas del diablo, sentí una creciente decepción. Bien estaba perder las ilusiones infantiles que el asombro concedía a seres festivos y entrañables, sobre cuya existencia jamás debimos permitirnos una leve duda: el Ángel de la Guarda -o los ángeles- los Reyes Magos, el hombre del saco, Superman -o sus antecedentes culteranos terrestres antes de que Superman fuese lo que es: un ángel extracósmico- las hadas, los gnomos, las ninfas, los duendes… ¡Qué niño no los ha visto o soñado alguna vez! Antes de que las sombras oculten esas realidades celosamente preservadas por los genios del aire, del agua, del cielo, de la tierra, e incluso las cálidas señoras del fuego. Los mayores achacaban a sabiduría lo que no es sino olvido, y supina ignorancia. Por ello, haciéndose los listos, sonríen desdeñosamente ante esas “fantasías”. Peor para ellos. Sería ridículo asociar la certeza del adulto con cualquier forma de verdad, incluida la de sus “razones” para fabricar otras no menos increíbles fantasías, como la de que los políticos luchan por el bien común, sin ir más lejos.

Pero esas decepciones son producto del mismo sistema que engendra su ilusión; el maniqueismo siempre llega a un momento en el que los senderos se bifurcan -o se nota que lo están desde el origen- y para caminar hay que elegir uno de ellos. El erróneo, por supuesto.

Yo decía, sí, que todas las cosas pueden ser, todavía, peores, y que, no obstante, hasta el último momento, e incluso más allá, es menester guardar la ilusión, preservar una esperanza que puede ser amiga, ya que nadie es dueño el destino, y para comer un ave hay que desplumarla primero.

Pero estas cosas, ordenadas como cajitas de colores en el cerebro, no alteraban el curso ordinario de la mente un tanto peregrina que las albergó. Lo que ni la cabeza ni el corazón podían soportar eran aquellas referencias al mal como a un vecino malencarado. Y, sin embargo, allí estaban, urdidas por la lucidez de la noche: aquellos ruidos perezosos, esos chirriantes arañazos en el silencio quebrado de motores, la cadena de un retrete cercano, esos pasos que crujen… Toda la caterva de fantasmas tangibles puestos de acuerdo para soliviantar un ánimo que se ignora pusilánime, que, incluso, puede ser robusto.

A ello se unían los recuerdos de miradas de sapo, pertenecientes a doctos letrados que juzgan desde sus Olimpos a la chusma; las voces férreas de insolentes poderosos; el odio, la avaricia, la desgana, la envidia, la altanería, la presunción del déspota, la concesión a la galería, la dejación de afectos, la renuncia al ser que va más allá de la comodidad o de la seguridad… Todo eso -me indicaba el insomnio- configura la más fiel imagen del Maligno que idearse pueda, ya que de todo se forma y sin ello nada sería.

A tan bajo pues había caído la potente imagen del diabólico. El gran hombre suplantó en la lenta exasperación del tiempo de la festividad de los dioses por afanes derrotados. Y es que le gusta presumir de vacuidad. El horror a un deforme rostro, a un rabo terminado en flecha rojiza y humeante, al hedor de una mirada de fuego, un interminable falo… es un miedo relativo que esconde quizás en el interior de su repulsa el mucho más profundo temor a la verdad: EL DIABLO SOMOS NOSOTROS.

Una vez asumido esto, sentí un cierto orgullo. No por ser parte -involutaria, y, en lo que a muchas facetas atañe, ajena- de este sostén de lo diabólico, sino por haberme desvelado ese parentesco con los ángeles, que tantas veces intuí.

Cuando Dios arrojó de su seno a los soberbios rebeldes, los castigó con algo mucho más sutil que un infierno de fuegos y vahos extrafuertes. Ni siquiera la lejanía de su rostro divino supuso mayor castigo -una vez que perdieron, al dejar su visión, el sentido real de su belleza- que éste tan refinado y cruel que parece impropio de un ser infinitamente perfecto: Dios castigó a los diablos con el destierro entre los hombres.

Mezclándose con ellos, la mutua compañía iba a engendrar refinadas groserías, paradojas sólo a medias comprendidas por la historia, males permanentes y tan atroces que la misma naturaleza del hombre rechaza, escupiéndolas de sí, afirmando la tristeza que llaman el pecado, ajeno y opuesto a la muerte.

Cuando la voz resonaba diciendo: ¿Acaso de ahí puede salir algo bueno?, el eco devolvía una justificación, en ese hecho abominable. Para la ingente suerte de calamidades y atrocidades que impregnan el mundo, desde entonces.

Todo empezó, pues.

Adán y Eva salieron del Paraíso. En el desierto, la serpiente se convertía en cactus, en lagartija, en arena, en compañía viva de los desterrados. Y, desgracia suma, en Palabra, a través de la cual, como imagen inevitable -aunque deforme- de TODO, aún sigue hablando.

Cuentos. (Kosmik).

24 mayo 2010

KOSMIK

Por vez primera habían llegado las nieves. Durante la noche cayeron mansas y plenas, y el alba poseyó la virginidad de reflejos dorados, grises bajo las ramas que parecían una reverencia aduladora, vestidas de lino y algodón, roquetas del sueño. La naturaleza ofrecía un espectáculo ritual, una consagración de las ceremonias propias de las religiones olvidadas de los elfos y los greetes, incluso con los adornos murmurados del coro, cuya música exhalaba el fascinante universo. Tiempo atrás, esta fascinación hubiese hallado su destino, aquel fin para el que no fuera creado en el silencio de los siglos. Pero ahora era ya demasiado tarde. La nieve descendió interminable, se asentó sobre la vacía estepa, y ocultó a los paisajes sus colores aglutinándolos en el suyo propio. La nieve reventaba de belleza fría, y de triste soledad. Porque durante los siguientes millones de años ninguna mano diminuta, ningún asombro, ninguna risa naciente, ningún niño acompañaría de torpeza maravillosa sus cristales transparentes, ni enturbiaría con las botitas de goma brillante, fabricadoras de pozos quebradizos y de inestables huellas, la senda afortunada del helado y vacío mundo, más allá, por fin, de las palabras.

Cuando despertó, Kosmik no abrió los ojos. Sin embargo, sus pupilas, de color púrpura, percibieron los nuevos objetos que le rodearon, y sus sentidos la atmósfera hostil que emanaba de ellos. Supo que había sido sometido a pruebas o experimentos rudimentarios por cierta sensación de desgana que parecía surgir de sus entrañas. Kosmik no sentía, pese a ello, dolor físico alguno. Los hombres le miraban, con aquel ridículo y persistente pestañeo que dispersaba la armonía y crispaba sus exquisitas neuronas ultragalácticas. Los hombres cubiertos de excrecencias, mostraban un aspecto amenazador, soez y vulgar, a intervalos, con destellos de un deseo primario por la concordia y atisbos de inteligencia o razón superior. Poco o nada de cuantos objetos podía ver a su alrededor tenían para Kosmik un significado que superara los más elementales diseños y las transcripciones de símbolos rudimentarios. Por un instante, el niño pareció sentir -en realidad sólo fue una intuición con alteraciones derivadas de su estado de shock- en su interior un calor afectivo, que emanaba de las pupilas frías y oscuras de los hombres inclinados sobre su cuerpo. Permanecía vestido con el mismo saik que su madre preparó para el viaje y percibía en su pequeño habitáculo- la cápsula que procuraba todos los remedios para emergencias y peligros- los resortes que debía presionar para expeler gas letal, los correspondientes a tubos de hidratación masiva, y, junto al botón invisible de camuflaje y mimetismo, la palanca diminuta de autodestrucción. Para Kosmik la muerte tenía un sólo sentido, que la identificaba con la mejor -o la única, por necesaria- de las soluciones a adoptar con uno mismo o con los demás, en determinadas circunstancias. Por eso, jamás significaría la angustia, sino la libertad. Kosmik, por otro lado, no era ajeno a la tristeza. Y ahora empezaba a sentir los efectos de la soledad, o peor aún, del abandono entre aquellos primitivos especímenes adultos que representaban sin duda a los científicos de aquel mundo elemental que le rodeaba tan lejano a la fascinación del universo que había vivido. Su universo, tan distinto, tan lejano…

Aquellas figuras sin color, de aliento cargado y manos torpes, transitaban a su alrededor, mantenían un ceremonial confuso, un trasiego ineficaz, que a Kosmik se le antojaba directamente relacionado con la ignorancia de ellos respecto a él mismo, a lo que era o podría ser, y que se unía a un cierto miedo que aquella especie parecía mostrar respecto a lo desconocido. Durante los primeros días Kosmik mantuvo sus constantes anímicas en armonía, e incluso realizó excursiones, breves y poco interesadas, cerca de su habitáculo. Cuando salía de su cuerpo, sólo se detectaba una ligera sombra en los espejos y tal vez una nubecilla blanca, transparente, en torno a las luces de neón. Regresaba enseguida, desalentado; sin duda eran androides, robots. Porque no pudo ver entre ellos a ningún niño. Entonces, Kosmik perdió toda esperanza y durante muchas horas recibió en sus recuerdos las palabras de los maestros y los consejos de sus añorados padres. Sus hermanos habrían sido utilizados por los robots, y ahora ya no volverían a encontrarse para gozar en el silencio de los juegos infinitos del cosmos que le daba nombre. Luces como rayos de arena, dorados y densos, acuarios de cometas, figuras de geometría veloz, tiempos asombrados, físico y colores oscilantes y todo ello, a punto siempre de ser por la inteligencia elaborada en millones de siglos, y siempre, al fin, evadiéndose de la total comprensión, con un rictus de ironía interrogante. A eso llaman Dios.

Aquellas gentes emanaban de sus rostros grises una vanidad oscura, y más allá de su piel quebrada y sus tornadizos gestos surgía una crispada seguridad, producto de la certeza que sólo poseen los ignorantes. Kosmik había oído hablar en muchas ocasiones de aquella especie tan similar a la suya, sobre cuyo comportamiento y desarrollo psicomental existían lagunas incluso para los complejos analizadores de ultramundos. La nave en que viajaba estuvo precisamente destinada a corroborar ciertos aspectos de la personalidad del hombre que se negaban a aceptar como reales, pese a la confirmación computerizada. Porque ¿cómo era posible creer en la pervivencia milenaria de una especie superior cuya característica más relevante era la demencia? El ser humano mostraba en su conducta aparente, sobre otras cosas de menos entidad, odio, envidia, rencor, desdén, maldad… Las cualidades armónicas del universo, dote de los seres superiores, escaseaban hasta límites que inducían a la perplejidad: bondad, altruismo, serenidad, gratitud, concordia… Aquello, precisamente, que luego serviría para revestir de forma y aportar volumen a la nueva personalidad de los reencarnados. Kosmik percibía una sensación tan nueva como rechazable, hostil. En su lejano mundo se ignoraba la naturaleza de la angustia, pero él estaba descubriéndola, y era como una explosión interminable de gas y polvo frente a los ojos. Los humanos vivían en la angustia, sin duda, y ello provocaba en sus rostros las muecas de estupor y en las emanaciones de su alma los torbellinos acres de crispadas volutas, como ondas de energía quebrándose y desapareciendo en los abismos. En la Tierra -pensaba Kosmik- todos los cristales eran opacos u oscuros y parecían influir sobre las facultades del alma, porque Kosmik notaba que su gran corazón iba poblándose de mezquindad, al tiempo que el ritmo dejaba la armonía a intervalos cada vez más cortos, de tal suerte que un enrarecido oxígeno galopaba en su pecho con las distónicas crines al borde de un camino confuso. Kosmik supo que debía morir y que el tiempo hasta el fin se contaba por horas. En su mundo, en sus genes, parientes ancestrales de los terrestres, la muerte no era temida, ni tampoco deseada. Pero durante los días que Kosmik habitó entre los hombres, el horror que emanaba de aquellos hacia la muerte se había posado en los ojos sin párpados del pequeño extranjero, y sobre las púrpuras pupilas había nacido una sombra gris. Envuelto en ella, apenas sintió el frío contacto del botón diminuto de la muerte.

Por fin, se encontró en la encrucijada: de un lado la vanagloria, en forma de exabrupto, y del otro, el desdén. Calló casi todo y sólo salieron de sus labios las palabras precisas para mostrar a su interlocutor su propia novedad, al margen de la ofensa y de la crispación.

Pero luego, olvidando la dignidad de las esferas, quiso de nuevo sufrir por no ser vulgar. Y sus arrugas crecieron hacia lo hondo, como las raíces y los recuerdos, cada vez más delgados y numerosos y voraces.

Cine. (Un ciudadano ejemplar) (I)

24 mayo 2010

Bueno, el caso es que desde que me colé por equivocación en ‘La matanza de Tejas’, no había visto lo de la sierra amputando miembros, y la encerrona de la cucharilla, tipo ‘Silencio de los corderos’, acopia más sangre por centímetro cuadrado que cualquier otra escena del mismo tipo, rozando la serie B. La B es con mayúscula porque la peli tiene cosas de cine, no sólo de sadismo y buenismo al estilo del new Hollywood. Hay un negro bueno -que es lo de ahora- y un blanco sufridor, más listo que el hambre -la comparación con la CIA y demás siglas prefiero soslayarla, a la vista de lo poco (inteligente) que hacen con tanto presupuesto- y mucho -o mejor- de crítica a un sistema corrupto y caótico, esta vez el de Justicia. Abogados y fiscales, ya se sabe, hacen pactos con delincuentes para equilibrar el mundo encerrando a otros delincuentes o ahorrando trabajo a los funcionarios. La justicia es lo que menos tiene el sistema, que se llama así porque la diosa heredada tiene los ojos tapados y la nariz también, y en su balanza va pesando los cohechos morales, mucho más dolorosos que los económicos, merced a los cuales vamos tirando. El espectador se pone del lado del justiciero, por obligación, porque se siente solidario con su venganza, y además los malos son malísimos, pero al final triunfa el sistema, el bueno se vuelve malo y el malo triunfa porque de repente el corrupto y el delincuente es el bueno. ¿Iba a tener éxito en la sociedad americana una película en la que un fiscal negro, con familia ideal, no descubriera al más listo de los asesinos? Si para ello tiene que convertirse en asesino, mejor, porque díganme ustedes de qué forma va a triunfar la ley y el orden si no se va matando por ahí, con eso de que el Estado posee el monopolio (jurídico) de la violencia. Recordé lo del Celda 211, sólo que esta vez lo que rodea el aislamiento es tan inverosímil como las carreras de Tom Cruise por los tejados de Sanghai. El guión es flojo, pero apenas hace falta, porque a los protagonistas se les entiende todo. La filmación es tan buena que a veces crees que estás ante una excelente película, que tiene un electrizante comienzo, durísimo, y un final de telefilme de los 70. Lástima.