Manual para padres. (Sólo en casa, con Anita). (I)

Solo en casa… ¡Con Anita!

Domingo, 7:15. ha dormido desde las 0.40 del sábado. Se anota como acontecimiento en su cuaderno de Bitácora. Fecha 02/12/00. Intuyo que me aguardan hechos heroicos. Estoy pesado, como la niebla que oculta hoy El Escorial. Aún no humean las calefacciones y los últimos noctámbulos sortean vehículos de insomnes medio ebrios. Un día más ¿un día más Efectúo mis abluciones rituales, ojeo la prensa de ayer, pienso como siempre en mañana. No sé cómo me apaño para ignorar el presente, como si “carpe diem” fuera una prohibición algo así como “cave canem”. Latinajos, claro. En el monográfico de ABC me desaniman los lenguajes del siglo que viene e-commerce, tecno moda, qué se yo. Así que añoraré pronto a los antiguos clásicos semiextintos. ¡Qué será del pobre Virgilio y su Eneida? La niña aprenderá a moverse, a hablar , a precisar, como sus hermanos y más si cabe, porque yo, de magister, poco. La miro, digo a Anita, en su minicuna, me devuelve la mirada, azul como la de Alfonso, en una carita parecida a Laura. Es linda. Toma su primera comida del día, teta a tope. Se queda satisfecha, plácidamente instalada. Ha echado tres aires y dos regüeldos. Se anotan. Después del cólico de gases del otro día, estamos controlando a tope el sistema. Ayer hubo que cambiarle hasta la medalla de neonato. En fin, demos gracias y estemos contentos, mejor es que una obstrucción intestinal. Pero ahora he de prepararme, porque a la madre se le ha ocurrido que tiene que estirar las piernas, Dios mío, qué cosas, y me deja, nos deja solos, claro, yo he puesto la cara de autosuficiencia y aquí estoy, dispuesto a todo, capaz de todo, los últimos de Filipinas, a mi la Legión. Espero que no me pase como con la Bolsa, que por valiente y por seguir a los expertos he perdido hasta la camisa. La niña está tranquila, sonríe a su modo, con los ojos. Me sentaré a su lado, en el sofá, así mi presencia hará que se mantenga confiada. Abro el libro, “El Tunel”, de Sábato. Ya sé que no es la lectura más apropiada, pero me pillaba a mano, no quiero alejarme mucho de la fuente de conflictos. Suena el pí de la alarma: sale la mamá. Me siento. Duerme. Castel, el pintor, está por aquí con su maraña de manías al borde del túnel, me entra la modorrilla postprandial después del Nescafé. Anita me reclama. La saco de la cunita, la coloco sobre mi hombro , eructa. La echo en la cuna. Protesta. Vuelta a empezar. Ahora se me acurruca, bailo con ella al ritmo de Julito Iglesias, el multinacional de Benidorm. Creo que es la única pareja que está a gusto conmigo. Ensayo unos pasos de baile al estilo Gene Kelly -Fred Astaire me queda algo mayor- y tan contentos. Nadie nos critica, eso que hacen los demás sin fijarse en ellos mismos. Nos sentamos en el sofá, a sestear ¡Que felicidad! De repente , sin previo aviso, como es su costumbre, la sirena. Un agudo aviso de emergencia “Espera, que te preparo el biberón”. Imposible. No espera, le urge mi atención inmediata. Cacofónico, reiterativo, la tomo en brazos, un barullo pucheroso que demanda comida. Con ella encima caliento el agua, echo las cinco medidas rasas, suena el teléfono. Suena el móvil. Agito el agua, cierro el biberón, agito de nuevo, no he cerrado bien, se sale, lo enrosco otra vez, sigue saliéndose, suena el teléfono, suena el móvil, llaman a la puerta, llora la niña, grita la niña. El berrinche, llega la sirena de emergencia esta vez en su momento de mayor estridencia. Voy, voy, grito. Se han calmado los timbres, ha huido el visitante, pruebo la temperatura del bibi: leche fría. ¡El calientabiberones está desconectado! Lo enchufo, muevo a tope el mando, introduzco en el agua el recipiente, corro hacia la cuna. ¡Un pequeño ser morado me observa, con las fauces abiertas, la campanilla agitada, los ojos en un mar de lágrimas, el gesto reprobatorio, una explicita acusación de torpeza y descuido en su grito de guerra! A estas alturas los vecinos deben estar alarmados, o alertas, o expectantes. Alfonso habrá llamado al 112, emergencias dígame. Otros comentarán que los del 13ª dejan sola a la niña. En la próxima Junta votaré que no a todo. Saco a la nena, la meneo, le enseño el mundo hostil y nublado por el ventanal del noroeste. Le enseño el Bernabeu. Arrecia en su crítica. ¿Será del Barsa? Como con ella en la cocina. Siento algo húmedo en mi mano, debajo de su espaldita, la saco: sí, empapada, regreso al cuarto, la tumbo. ¡Dios mío! Esto es una declaración de principios: o me atiendes ipso facto o Normandía, Troya, los últimos de Filipinas, el crac del 29… pero tengo que mudarla. La desnudo, y no quiero transcribir el proceso con detalle: se agarra a cada manguita del body como un náufrago al último bote salvavidas, luego me engancha los pelillos del pecho y tira y tira, desconocedora del aprecio que les tengo, cuando se los ha apropiado comienza a introducírselos en la boca, junto con el puñito completo, lo extraigo, voy a por la lupa, saco los pelazos uno a uno, parece que se ha entretenido algo escupiéndolos, o saboreándolos… ¿será caníval? Supongo que la Nidina o el Nutriben leche de lactante no tendrá nada de vaca loca, puaf. Reanuda el llanto, decido envolverla en una toalla, dos toallas, restos de vestidos, la rebozo como una croqueta y me la llevo a la cocina. Saco el biberón de su lecho caliente, prueba: quema. Es demasiado. Mal de ojo, conspiración, vudú, alguien que me odia. Ensayo los métodos tradicionales de enfriado, y decido enchufárselo cuando la niña está al borde de la apnea berrianchil y yo con el colapso. Es un biberón a prueba de gases, Antipo, reflectante, doble airbag y CD. Funciona. Se ha calmado. Instantáneamente. ¿Será un chip? Mueve las piernecillas, recuerdo que la tengo desnudita, aproximado el radiador auxiliar, lo conecto con el pie derecho, acerco la silla con el izquierdo, me siento. ¡Bien! Tras sesenta y tantos siglos de la llamada civilización, heme aquí triunfante. Tal vez deberíamos ser hermafroditas o disponer de mamas concluyentes, y no sólo para hacer pesas. Desvarío. Tengo el ojo derecho con el tic, empieza la migraña. Pero mi nena cierra los suyos, feliz, deglute sin pausa, saborea la insípida leche filo materna con el interés que habrán detectado ya los laboratorios. Sueño, para ser un dios, con un auténtico Jabugo y cosas así. De pronto, los hombres. Otra vez. Recuerdo “la ventana indiscreta”. Alguien debe estar observándome, para fastidiar. Luego miraré concienzudamente, con los prismáticos, los edificios de enfrente. En cuanto pueda levantarme, o sea, cuando termine la niña, la visto, la acuesto después de expulsar los gasecitos, y se duerma, cerraré los visillos para salvaguardar mi intimidad. Detengo mi pensamiento. Vuelve la desesperanza. ¿Sucederá eso alguna vez en el tiempo, en las próximas horas?. Solo en casa con Anita, y ni siquiera es la hora del culebrón.

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