Archive for 30 abril 2010

Poemas. (Mire, como siempre, por la ventana…).

30 abril 2010

Verás,

Miré, como siempre, por la ventana,

Y allí estaba,

Claro.

Como siempre que me digo a mí mismo: tú puedes,

Y allí, lejos, tras los últimos edificios del mundo

Estaba El Escorial.

Un tótem, quizás,

La superstición de mi pobre seguridad

Que busca la fuerza de los astros

Para quemarse.

Y hoy no lo he visto,

No sé si tenía las gafas puestas,

Claro,

He salido con dos zapatos desiguales,

Un pie cojeando, porque las pisadas eran diferentes,

Y sólo he notado cómo me dolía la rodilla.

Nadie se mira los pies,

Ni siquiera yo, que caigo hacia el asfalto

Como una rama torcida del Phoenix: no está torcida,

Es que saluda al mundo.

Bueno.

Y sabía que eran tres las cosas necesarias,

Necesarias para gustar la vida,

Lo sabía hasta hace un segundo,

Pero ya me vence el sueño

Y no puedo decírtelas,

Aunque sé, que por eso

Ya no me vas a publicar en tu galaxia Gutemberg,

Y ya sabes,

Desde el 82, con Las Malvinas

Y el cabreo del padre de Mónica,

Ya no hago autoedición más o menos solapada

Por los nombres de flecha

Que dibujan los parientes del olvido.

Lo que sí sé es que si de verdad

Se han cargado el Amazonas

Y los yanoamas,

Entonces me cago en su puta madre,

Y los maldigo

Porque es el principio del fin

Para este jodido mundo.

Y para qué sirve saber esas tres cosas

O publicarlas,

Si ellos no leen

Y sólo dicen que el capital es libertad

Mientras dan a la manivela pareesclavos

Felices,

Como un coro de opereta bufa,

A la que han llamado con el apellido italiano

De algún castrati.

¿O eso es plural?

Me acuerdo, vagamente, de Zadig,

O de Cándido,

Y veo al viejo Arouette con su pluma de ganso

Haciendo el idem sobre la mesa del café de las letras,

No recuerdo su nombre, Procope, sí…

Pero yo me he apoyado en la misma mesa que Voltaire.

De noche veo la silueta del monasterio

Y la vecina flaca que habla y habla por teléfono

Y el vagazo de la tele

Y el guardia haciendo gala de su nombre

A la puerta del edificio gris albergador de almas sin sueños,

Y sé que es muy difícil, por ejemplo,

Hacerle un poema a Hegel

O al foro,

O al Tribunal Supremo,

Aunque ahora se ponen a hacer sentencias muy creativas

Y a lo mejor, con el tiempo,.

Hasta se hacen griegos.

Tengo sueño

Y no pienso dar una fiesta para leer estas cosas,

Así que aprovechad mi invitación a la hoguera

Juanitos del Arco,

Y gritad con el silencio vuestras voces

A ver si salen de nuevo las galeras

Desde el Puerto

A descubrir América

Ahora que está de moda esta lengua

Tan puñetera.

Creo que lo otro era el anillo,

Ese que interesaba tanto a los monstruos de Tolkien

Y que roban cada segundo las parejas

Para enredarse entre los dedos

Una esponja de metal,

O tal vez era leer el Criticón

Y volverse a la luna

Para cantar el réquiem de Mozart.

Verás,

Miré, como siempre, por la ventana,

Y allí estaba,

Claro.

Como siempre que me digo a mí mismo: tú puedes,

Y allí, lejos, tras los últimos edificios del mundo

Estaba El Escorial.

Un tótem, quizás,

La superstición de mi pobre seguridad

Que busca la fuerza de los astros

Para quemarse.

Y hoy no lo he visto,

No sé si tenía las gafas puestas,

Claro,

He salido con dos zapatos desiguales,

Un pie cojeando, porque las pisadas eran diferentes,

Y sólo he notado cómo me dolía la rodilla.

Nadie se mira los pies,

Ni siquiera yo, que caigo hacia el asfalto

Como una rama torcida del Phoenix: no está torcida,

Es que saluda al mundo.

Bueno.

Y sabía que eran tres las cosas necesarias,

Necesarias para gustar la vida,

Lo sabía hasta hace un segundo,

Pero ya me vence el sueño

Y no puedo decírtelas,

Aunque sé, que por eso

Ya no me vas a publicar en tu galaxia Gutemberg,

Y ya sabes,

Desde el 82, con Las Malvinas

Y el cabreo del padre de Mónica,

Ya no hago autoedición más o menos solapada

Por los nombre de flecha

Que dibujan los parientes del olvido.

Lo que sí sé es que si de verdad

Se han cargado el Amazonas

Y los yanoamas,

Entonces me cago en su puta madre,

Y los maldigo

Porque es el principio del fin

Para este jodido mundo.

Y para qué sirve saber esas tres cosas

O publicarlas,

Si ellos no leen

Y sólo dicen que el capital es libertad

Mientras dan a la manivela pareesclavos

Felices,

Como un coro de opereta bufa,

A la que han llamado con el apellido italiano

De algún castrati.

¿O eso es plural?

Me acuerdo, vagamente, de Zadig,

O de Cándido,

Y veo al viejo Arouette con su pluma de ganso

Haciendo el idem sobre la mesa del café de las letras,

No recuerdo su nombre,

Pero yo me he apoyado en la misma mesa que Voltaire.

De noche veo la silueta del monasterio

Y la vecina flaca que habla y habla por teléfono

Y el vagazo de la tele

Y el guardia haciendo gala de su nombre

A la puerta del edificio gris albergador de almas sin sueños,

Y sé que es muy difícil, por ejemplo,

Hacerle un poema a Hegel

O al foro,

O al Tribunal Supremo,

Aunque ahora se ponen a hacer sentencias muy creativas

Y a lo mejor, con el tiempo,.

Hasta se hacen griegos.

Tengo sueño

Y no pienso dar una fiesta para leer estas cosas,

Así que aprovechad mi invitación a la hoguera

Juanitos del Arco,

Y gritad con el silencio vuestras voces

A ver si salen de nuevo las galeras

Desde el Puerto

A descubrir América

Ahora que está de moda esta lengua

Tan puñetera.

Creo que lo otro era el anillo,

Ese que interesaba tanto a los monstruos de Tolkien

Y que roban cada segundo las parejas

Para enredarse entre los dedos

Una esponja de metal,

O tal vez era leer el Criticón

Y volverse a la luna

Para cantar el réquiem de Mozart.

Nueve lunas.

Mi planeta tiene nueve lunas,

La gente no lo sabe

Porque como sucede con tantas otras cosas,

No se ven.

Son de agua y de metal y de sueños,

Son lunas de las que acunan a los niños

Y llenan de voces el silencio de los amantes,

Son lunas

De cuento,

Cuando el dios de las palabras dice: dame la luna,

Y baja hasta las pupilas de un emperador

Loco.

Mi planeta es de colores, tiene ángeles

Que lo cuidan,

Ángeles descuidados de ojos grandes,

Aburridos de tanto jaleo

Para parir ratones entre montañas,

Pero los tiene,

Son los aliados de la creación,

Un punto y seguido

Que desconoce los otros signos de la gramática.

Y tiene nueve lunas

Que reflejan, además, otras, lejanas,

Con música de esferas como lazos

De regalo.

Mi planeta es de cemento y de polvo,

Como una muralla que vomiten los volcanes,

Y se seque al aire, unos cabellos de Medusa

Agrio el gesto y rotos los dientes,

Pero tiene niños

Algunos hermosos,

Otros de orejas puntiagudas

Y padres groseros,

Y los niños alegran la nostalgia de los dioses

Cansados.

Te lo digo, te digo todo esto

Ahora que duermes,

Bajo el olivo que florece en primavera,

Porque sé que no me escuchas

Y así no podrás decir que miento: Mira arriba,

¿las ves? Son nueve lunas,

una tras otra, en fila india, como los deseos

de Peter Pan, una tras otra tras la luna grande

y gris que pisaron un día, y ellos sí las vieron.

Nausica

El ingenuo

Arrancó con cuidado, mirándole de reojo

Con su ojo lacrimoso

La espina,

Y el león de Nemea,

Muy cabreado desde lo de Heracles

El de operación triunfo en doce episodios,

Se lo comió

Sin dolor

En el astrágalo

O como se llame el calcañar de los leones

Rubios

A la sombra de un olivo milenario

Que en

África, claro,

Tienen nombre de diosa.

Micro-relatos. (Tómbola).

30 abril 2010

TÓMBOLA

El inmenso mostrador parecía flotar como una isla geométrica. Una ligerísima oscilación delataba su anclaje, que no era una columna de piedra. M. eligió una de las fichas en cuyo reverso estaba grabado el premio. “Fenomenología existencial”, leyó. Dejó paso al siguiente de la cola interminable, pero estuvo atento, por curiosidad, a la suerte del otro. “Moralidad evolutiva”, leyó. Así que ya le veía investido por la autoridad de los anglicanos. M. imaginó el resto, aunque no pudo quedarse más tiempo a la vera del comulgante, pues alguien vestido de metal le dijo “circule”, empujándolo con una varita de fresno. Aquella definición resumía para cada cual su fatalismo. A partir de entonces las circunstancias, el tiempo y algún libro sagrado –o sus ministros- se encargarían de hacerlo real. ¿Real? M. sabía que estaba soñando. Se quitó el turbante y entró en la peluquería, regida por una vendedora pelirroja. “Te conozco. Tú eres la de aquella tienda de la suerte”. Ella sonrió, y dijo algo en silencio. Cuando M. estaba ya sentado aguardando vio que los utensilios eran de odontólogo, y que entraban en la consulta seres tópicos. Se atrevió a saltar del sillón cuando de ellos abrió su móvil wap para quedar al mediodía. “Se me pasó el tiempo”, excusó a la pelirroja. Tras el mostrador los ángeles fabricaban sin parar fichas del destino. M. miró la vida, y supo que todo era aparente y que todo existía, así que lo suyo iba a resultar fácil. Extendió la mano para tomar el té de las cinco que le servía una mucama dorada como la polinesia. No vio humo ni oyó las sirenas pero sonrió al escuchar unos jadeos amatorios. Él ya casi los había olvidado.

El narrador. (La visita)

30 abril 2010

LA VISITA

Para usted, don Julio”. El cura tomó la caja de pastas. Sus facciones se ablandaron. El niño se dirigió a la chica rubia. “Era nuestro profesor. Le echamos de menos”. La joven guapa sonrió. También el niño.

Poemas. (Romancillos luneros, 1).

27 abril 2010

Papá, papá, no quiero

que se acabe el verano”.

Azulan los delfines

el corazón de un árbol,

me traen esas palabras

que ya había olvidado.

El tiempo y su tristeza

feliz, han retoñado.

Pero me encuentran viejo,

un viento desventado,

las alas semirotas,

el pico malogrado,

con el paisaje yermo

de yerbas y de ensalmos,

me encuentran todo prosa,

doméstico aledaño

de las vulgares vidas

y del vulgar ocaso.

Y porque no me odie,

te tengo así en mis brazos.

Y para no odiarme

no olvido que te amo,

te quiero en el muñeco

que dejas ahí tirado,

acuno tu mochila

en mi corazón cansado,

me cuento este cuento

de príncipe y villano

y traigo a Cenicienta

y a Fivel de la mano.

Rompiendo las palabras

me rompo como un vaso.

Papá, papá, no quiero

que se acabe el verano.

Enséñame a nadar,

enséñame despacio,

no vayas tan deprisa

que el mar está salado.”

Dos lágrimas se quieren

en un gaznate parco.

La noche las estrellas

-cristal- se va tragando.

Micro-relatos. (Osciloscopio).

27 abril 2010

OSCILOSPIO

M. situó parte de sus celdillas en posición. El resto, innecesario, descansaba. Mil y una formas abarcaron la realidad, y M. supo que era oscilante. A cada paso mudaba como una crisálida, no como los matices del mismo rostro. Se atusó el bigote, y comprobó que ni era el pobre Gregorio, ni siquiera su dueño, F.K. “De todos modos, no me importaría”, se dijo, pensando en una antena de brillos metálicos que le adornase el sobrelabio. Le asustó esa palabra, y la sacudió con el leve escalofrío de un erupto infantil. Alguien le había dicho qué malo era ser como un niño, tan mayor. Pero la nueva perspectiva le hacía indiferente al tiempo, tal y como lo ven los otros. “Nadie sabe así a primera vista la edad de un dado de plomo”. Cuando le dijeron que, a pesar de todo, era inútil cuanto hacía, se relajó. Por un instante estuvo a punto de vencerle la responsabilidad, y creer, en esa mirada hacia fuera, que su respiración era la misma que la de Shiva, o Visnú, o ese dragón que corta los sueños del universo. Sin embargo la noche fría de las almas conservaba intacta su capacidad de opresivas expiaciones. “Debe ser dios”, musitó mientras intentaba corregir unos versículos de cualquier biblia o similar, antes de que inyectaran su contenido en el magma con la especie. “Lo único que faltaba: ahora que se han ido los humanos, tenerlos como herencia”. M. sabía que las sábanas casi húmedas no podían ocultarle de la luz, y que estaba a punto de amanecer. Pero por mucho que se esforzaba no podía encontrar el ataúd-dormitorio donde refugiarse. Casi desesperado –porque el llanto de un niño anunciaba el alba- recordó de repente que aún podía desplegar las cuantiosas celdillas de sus ojos para ver y resolver la vida.

El narrador. (La última).

27 abril 2010

LA ÚLTIMA

Un café excelente…”. Juan Pablo I dejó sobre la mesilla la tacita de Sevres. Ojeó los folios manuscritos. “Será un cambio importante”- suspiró- y tal vez no sea comprendido…”. Tomó de nuevo la tacita. Tintineó la cuchara de plata y su eco dócil agudizó la soledad de la noche. “Un buen sorbo revitaliza y mejora la tensión”. Apagó la luz.

El narrador. (Rutina).

27 abril 2010

Debajo de las luces, pálidas y legañosas como el amanecer de un cowboy solitario –los ilustres vaqueros bienolientes de Hollywood- aparecía el letrero que le daba nombre: RUTINA. La cárcel era un muladar rojizo frente al que se detenían los tic-tac de mi reloj, y era como si se me parara el corazón.

Micro-relatos. (SCATOS 1).

25 abril 2010

SCATOS1

Cuando M. recibió la descarga –o eso le había parecido- ya desfilaban ante sus ojos, en medio de la niebla. Eran varios grupos de figuras imprecisas, que no ocupaban lugar. M se asustó. ¿Le iba a suceder lo mismo? De repente se dio cuenta de que las cosas ya eran distintas…que un antes y un después le separaban de la realidad. Al menos de esa que llamaban así hasta ahora. ¿Ahora? También el tiempo, una dimensión relativa, pulsaba en sus oídos como el tic-tac de un despertador. Ante sus ojos la multitud se abría como los corpúsculos de un cometa. Vio ninfas de negro y de lamé oro, subiendo en ascensores de cristal. ¿Hacia dónde? M. supo que la dirección que tomaran, fuese cual fuese, les alejaba. Pero aquel rayo había definido una nueva era. Sólo para él. Una historia que le distinguía. De repente percibió las figuras, que le rodeaban. Un murmullo estático surgía del medio, como la corriente continua de un generador eléctrico. No necesitaba traducir las palabras, ni estaba interesado en comunicarse. Su misión era otra. La de cada uno, señalada por aquel dedo que se había posado en su frente, como la huella de un pájaro frío. La biblioteca de símbolos le asustó. No tenía ganas de estudiar, ni de aprender, ni de enseñar. Flotando en el vacío, su voluntad aguardaba. Entonces le entregaron su diploma, y pudo colgarlo en la pared de un firmamento que aumentaba el número de las estrellas. Aquellas luminarias iluminaban las pupilas de los seres que habitaban los mundos. M. desbrozó el hipérbaton y construyó con elegancia una traducción simultánea. Los congresistas asentían con cara de póker, mientras Tito Livio dictaba su lección inaugural ab urbe condita.

Poemas. (Cosas que valen la pena…quizás).

25 abril 2010

LOS HIJOS SON LAS ÚNICAS COSAS QUE VALE LA PENA HACER MÁS DE UNA VEZ EN LA VIDA.

QUIZÁS.

Y MIRAR LAS SÁBANAS QUE TEJEN LAS SIRENAS ENTRE LAS OLAS.

Cárcel.

25 abril 2010

Debajo de las luces, pálidas y legañosas como el amanecer de un cowboy solitario –los ilustres vaqueros bienolientes de Hollywood- aparecía el letrero que le daba nombre: RUTINA. La cárcel era un muladar rojizo frente al que se detenían los tic-tac de mi reloj, y era como si se me parara el corazón.