N. Microrelatos. (Babel, Mozart).

BABEL

Cuando salió de la Torre, el lenguaje le envolvía. “Es un árbol cuyo fruto nace de la mano”, dijo subiendo desde el borde de una rama baja. Saboreó la manzana. Entonces se abrió el cielo y la Tierra entera fue absorbida. Pero él no. Se quedó solo, esperando.

MOZART

Wolfgan entró en la logia. Estaba decidido a concursar, pese al dolor de barriga y la incipiente distonía del otoño.

-La flauta mágica.

El título se le ocurrió de repente, cuando miró la cara del compañero que aguardaba en el escritorio. Anotó. Luego extendió la mano para recibir la obra.

-¡Vaya! -dijo Mozart-. ¡La he olvidado en casa! ¡Mañana la traigo!

-Tienes una semana. Si no, te borro.

Recordó la pizarra de la escuela y a su maestro tirándole de las orejas. Por eso prefería el caperuzo: las orejas de borrico no duelen.

Su padre, embozado, le condujo a una de las salas, y se detuvo canturreando el himno de la legión. Allí, tras las cortinas se había escondido el hombrecillo. Las puntas de sus botines sobresalían.

Reconoció a la dama de negro. O sus zapatos.¡Si alguien descubría que una mujer estaba violando el misterio de la logia!

Oscurecía. La figura se deslizó como una sombra.

-¡La reina de la noche! -susurró. Y en sus oídos el ruiseñor llamaba a la alondra, equivocado.

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