Manual para padres

Papá mueve la cabeza. No se sabe si asiente o tiene el principio de Parkinson. En ese momento los niños se percatan de la situación y empieza su turno. Lo primero es descolocar las cosas, para que el orden mental de ubicación se trastoque.

-Queremos ayudarte, papi.

Lo dicen muy serios, arrastrando algún maletín o volcando la única bolsa que tiene objetos sueltos. Uno de ellos, de cristal, se rompe.

-¡Qué bien huele!

Es el perfume que mamá se autoregaló por su cumple, porque papá sólo regala flores. Duran poco y luego se tiran y no ocupan espacio.

Papá recuerda entonces que ha olvidado el linimento para las contracturas y las cápsulas de aleta de tiburón.

-Han retirado el Osopán. Iba muy bien para los huesos.

Al padre mayor le duelen los huesos, y eso que los huesos no duelen, y piensa que tiene osteoporosis, o sea que se va fragilizando a cuenta de las tensiones y los esfuerzos. Ya no disfruta de la siesta y está a punto de suprimir el vino. El desastre aún no es irreversible pero tiene mala cara.

El viaje promete ser movido. Anita se marea y vomita con cierta regularidad. Alejandro golpea ininterrumpidamente el asiento del conductor con sus piececillos, que quedan justo a la altura de las cervicales de papá, una vez realizada la contorsión correspondiente.

-Lo mejor es que traigas el coche a la puerta y lo cargamos todo aquí.

Esa expresión es una trampa. Nunca saques el coche del garaje, si tienes la fortuna de poseer uno, sobre todo en Madrid, donde ya se cotizan como pisos de soltero, y caigas en la tentación de la aparente facilidad con que te tientan. Será mucho más difícil todo: la segunda fila –porque no pienses que vas a encontrar un hueco en la puerta- con el ataque permanente de los otros vehículos, tus enemigos; el transporte humano, la carga de los niños y depósito en sus asientos, los correajes y cierres diseñados por italianos hartos de Chianti; el traslado del equipaje propia o impropiamente dicho, o sea los bultos, las maletas, las bolsas, los paquetes, en fin…de acoplamiento imposible en un coche de tamaño natural, pensado para un carguero o la bodega del transbordador espacial.

Con un poco de suerte no te lesionarás ya de entrada, antes de salir. Con suerte, porque lo normal es que tus lumbares, ahora calentitas, no te avisen de las malas posturas, el sobreesfuerzo y poco a poco vayas sintiendo la necesidad de un relajante muscular de doble hélice. Sucede aproximadamente a la hora y media de viaje, y siempre cuando te bajas del vehículo para una de las paradas de rigor.

-¡Pero si estás doblado!

Lo dice cariñosamente la mamá.

………………………………………..continuará……………………………………

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